GRECIA

"Lo más duro es elegir a quién rescatar", confesó el argentino que salva refugiados en el mar Egeo

“No soy un héroe; después de cada rescate, me encierro solo y lloro como un nene”, contó Migueiz
"Lo más duro es elegir a quién rescatar", confesó el argentino que salva refugiados en el mar Egeo
Corazón abierto
viernes, 06 de noviembre de 2015 · 07:46:00 a.m.

GRECIA.-  La imagen del guardavidas argentino rescatando a un bebé refugiado recorrió el mundo esta semana. Se trata de Nicolás Migueiz Montán, de 34 años, quien viajó a la isla de Lesbos para colaborar con las tareas de rescate organizadas por la ONG Proactiva Open Arms por la crisis inmigratoria que se vive en las costas del mar Egeo. 

A solo 9 kilómetros de Lesbos está la costa de Turquía, donde miles de refugiados que abandonaron sus países se juegan la vida que les queda por subirse a una embarcación que los cruce a Europa. En una entrevista a Clarín, Nicolás confiesa que se para en el punto más alto de la isla y desde ahí los va viendo avanzar. A veces, los ve llegar a la costa, a veces ve el alivio de haber sobrevivido dos veces –a la guerra y al mar– en sus rostros pero otras, lo que el horizonte lejano le devuelve es la imagen de la desesperación. Es en esos casos cuando se mete al mar a tratar de salvarlos.

 

De acuerdo con Nicolás, las mafias turcas les cobran a los refugiados entre 1.500 y 2.000 euros para cruzarlos a Grecia. "Pensemos que para los que tienen papeles y pueden tomar un ferry, es un viaje de 15 euros. Nos hemos encontrado con personas encadenadas en las embarcaciones. Después entendimos que los traficantes los encadenan adentro para que no se vean y nadie los pare. Además, los traficantes los suben y a los pocos metros se tiran al mar, los rescata otro y obligan a los refugiados a seguir solos. Por eso terminan manejando personas que nunca manejaron antes, los motores se rompen y muchas embarcaciones quedan a la deriva. Encima, para ganar más plata, suben a 50 personas en botes para 20. Como no soportan el peso, se empiezan a llenar de agua. El otro día, una mujer venía con su bebé atado con film en la panza. El bote se llenó de agua y el bebé llegó ahogado".

Al ser indagado sobre cuál fue el momento más duro que le tocó enfrentar, reveló que la semana pasada naufragó un barco de madera podrida con 300 personas. "Cuando llegamos, estaban todos en el mar, ahogándose. Para mí lo más duro fue tener que elegir a quién salvar y a quién no. Subíamos primero a los bebés, a los chicos y a las mujeres. Pero no podíamos ir a donde había familias enteras agarrados de algo, porque cuando te ven, por la desesperación, buscan agarrarse de algo que flote. Y el único punto de flotación ahí sos vos."

Según su propio relato, en una de las salidas con Fiorella Crotti, la otra argentina del equipo de voluntarios, salvaron a un hombre. Pero cuando lo dejaron en la costa, los refugiados empezaron a tirarle piedras. Entendió después, cuando vio que el hombre tenía una mochila repleta de joyas y de dinero y armas. Están ahí para salvar vidas, las de quien sea.

De acuerdo con Nicolás, incluso los refugiados deben elegir. "El otro día había mala mar y una ola hizo caer a un chico al agua. El resto de la familia no pudo tirarse a buscarlo porque saben que si se tiran nadie los espera y mueren todos. El día del peor naufragio, les pedíamos con señas a las mujeres que acaricien a los chicos, porque estaban en shock. Imaginate, había mamás que acababan de perder a sus hijos y uno pidiéndoles que acaricien a los hijos de otro".

La conmoción propia se guarda para después, Migueiz afirma que a pesar de estar rodeado de cadáveres en el momento trata de no sentir nada. "A la noche me encerré en la habitación y lloré como un bebé", reveló.

Nicolás no sigue en contacto con quienes rescata porque siente que no podría hacerlo y elige pensar que "esos bebés a los que saqué y traté de reanimar están vivos".

De acuerdo con estimaciones, se trata de la peor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Sirios, afganos, eritreos, nigerianos, somalíes, iraquíes huyen de sus países. Sólo a Lesbos llegan 1.000 refugiados por día. No hay un registro certero de cuántos mueren en el mar: cuando un barco naufraga y una familia entera se hunde, no hay quien reclame la pérdida. Muchos mueren en aguas abiertas, otros se ahogan cuando están a punto de llegar: la desesperación los hace tirarse al mar.

"En el mar, trato de no hacer contacto visual con ellos. Pero recuerdo que en el naufragio había un señor muy obeso en el mar. Tratamos de subirlo tres veces y no pudimos, hasta que tuvimos que decidir dejarlo. Al otro día nos dicen que alguien nos quería agradecer. Era ese señor. Yo me quería morir: nos agradecía a nosotros pero lo había hecho él, se salvó porque no se rindió. Pensemos que los traficantes les dan chalecos que no flotan", contó.

La humildad ante todo: "Nunca podría decir que yo soy un héroe. El otro día había un grupo de afganos que habían caminado un mes y medio por las montañas. Un mes y medio caminando, para después llegar y jugarse la vida en el mar ¿sabés lo que es eso? Yo después vuelvo a mi casa y mi vida sigue. Ellos, si se salvan, van a un campo de refugiados. Es muy difícil pero prefiero concentrarme en lo positivo: cuando podemos salvar a alguien tal vez tengan una oportunidad más para reconstruir su futuro", cerró.(Redacción El Intransigente)  

 

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