Por Ernesto Bisceglia para El Intransigente

El Servicio Militar Obligatorio, una obligación cívica

El análisis de nuestro columnista de siempre, sobre la polémica discusión sobre el Servicio Militar. Para reflexionar este domingo.

Se ha escuchado en estos días en los medios de prensa algunas voces que opinan lo saludable que sería reimplantar el Servicio Militar Obligatorio, cosa que para otro sector ha sonado lo mismo que una invocación a los demonios. Sin embargo, habría que recordar que el ejercicio en la vida de las armas para los ciudadanos argentinos forma parte de nuestra cultura más acendrada; y para abonar esta afirmación echaré mano de la memoria histórica, esa que hemos desechado.

En tiempos en que la Constitución se blande para aquí y para allá como una especie de biblia cívica que consagra derechos elementales, fundamentales, imprescriptibles, inalienables y todos esos calificativos que gustan de usarse, muy poco se escucha hablar de los deberes elementales, fundamentales, imprescriptibles, y demás que también le corresponden a todo ciudadano argentino. Entre esos deberes está el que prescribe el Artículo 21 de la Carta Magna que reza en su primera parte: “Todo ciudadano argentino está obligado a armarse en defensa de la Patria y de esta Constitución, conforme a las leyes que el al efecto dicte el Congreso y a los decretos del Ejecutivo nacional”.

Este artículo aún vigente y lozano ya estaba en la Constitución de 1853 que buscaba organizar milicias nacionales; recién en 1901 a instancias del entonces Ministro de Guerra, el General Pedro Pablo Ricchieri mediante el Estatuto Militar Orgánico (Ley Nº 3.948) se estableció el Servicio Militar Obligatorio. La idea era formar ciudadanos que estuvieran aptos en el manejo de las armas para defender la Nación, y para eso se fundaron en todo el país clubes de Tiro Federal en cuyo ingreso un cartel decía: “Aquí se aprende a defender a la Patria”. El tiro era incluso una materia en el ciclo medio, y aquellos estudiantes que aprobaban las “condiciones de tiro” tenían la opción de revistar como Oficiales de Reserva y hacer un Servicio Militar de sólo tres meses. En el secundario se utilizaba el fusil Mauser para esta práctica.

Los abuelos nos hablaban con orgullo de cuando iban a practicar al polígono del Club Gimnasia y Tiro en Salta, y nunca hablaron de nadie que haya matado a otro por saber utilizar un arma. En las casas había armas y allí estaban como un bien de familia más. Recuerdo a mi abuelo antes de morir que obsequió su carabina a su hijo mayor y le dijo “todo hombre debe tener un buen caballo (era hombre de campo), una buena mujer y una buena arma”, (no vamos a discutir porqué primero estaba el caballo…). Esto lo incentivaba el propio Estado, el mismo que ahora recoge todas las armas posibles para destruirlas.

Recientemente en un reportaje a un militar norteamericano (confieso no recordar bien, pero el ejemplo es exacto), la periodista objetó que enseñar a manejar armas era preparar asesinos, a lo cual le respondió: “Usted está preparada para ser prostituta, pero sin embargo no lo es”. La transmisión en ese punto se interrumpió.
 
El Servicio Militar Obligatorio estuvo en vigencia durante 93 años, y fue para muchos una experiencia que les cambió la vida. En primer lugar hay que señalar el beneficio estadístico que reportaba la revisación médica anual de todos los ciudadanos varones; se detectaban enfermedades y se las prevenía mediante la vacunación. Se podía tener un índice de la alfabetización y otros sobre enfermedades venéreas, etc. Los muchachos aprendían qué eran los valores cívicos, el respeto a los Símbolos Patrios y alguna formación espiritual que daban los capellanes. Miles ingresaban al cuartel en estado de analfabetismo y estudiaban en las escuelas primarias que allí tenían, cuando no, otros hasta salían con un oficio que les permitía trabajar. Los había también que se “enganchaban”, es decir, pasaban a una de las Escuelas de Suboficiales (Lemos-Sargento Cabral) y hallaban así una carrera que les daba casa y familia. Los de condición más humilde tenían por primera vez cuatro comidas al día, ropa limpia, una cama con frazadas, un baño diario con agua caliente y aprendían a usar utensilios que para muchos son cosa diaria pero para ellos no. Se aprendía a cuidar las cosas propias y ajenas, y a estar bien arreglado, con aspecto varonil, a respetar el orden y la autoridad; todo esto sin contar el vivir la emoción grande que un ciudadano de ley pueda experimentar: Jurar la Bandera Nacional el 20 de Junio.
 
También había cosas malas para señalar, diría que la primera era que estaba mal instrumentado, sobre todo en el tiempo, porque luego del período de instrucción de tres meses quedaba un largo año por delante que era perdido para el que salía del secundario, y aquellos que a medio cursar una carrera universitaria por no poder extender la prórroga debían incorporarse a veces terminaban dejando la carrera. Esos meses posteriores aburguesaban a la tropa y los soldados terminaban limpiando jardines privados, llevando chicos a la escuela o haciendo las compras de algún jefe en el mercado. Los cuadros, tal vez por aburrimiento, se divertían “bailando” a los soldados, exigiéndolos hasta el límite de su físico, lo cual en muchos casos trajo serias consecuencias. Los que tenían un oficio –carpinteros, pintores, electricistas-, eran utilizados para arreglar las casas de los militares. Ciertos axiomas tenían fuerza de sentencia: “El soldadito debe ser una pelotita de nervios y un p… nervioso”; o “El soldadito no piensa, ejecuta”, sin mencionar el más conocido: “Todo lo que se mueve se saluda y lo que no se pinta hasta el metro de altura de blanco”, con lo cual había que estar todo el tiempo en movimiento. De allí surgió el apelativo de “colimba”, porque el “soldadito corre, limpia y barre”.
Pero con todo, se puede decir en aquellos años el Servicio Militar cumplió con el espíritu que impulsó su creación, modernizar el Ejército y formar una reserva que estuviera presta para la defensa de la Nación. Recordemos nada más las jornadas de abril de 1982 cuando declarada la guerra con Gran Bretaña millares de argentinos se presentaron a los cuarteles a ofrecerse como voluntarios, era toda gente que tenía conocimientos militares y esa actitud denunciaba que aunque vituperemos a las Fuerzas Armadas, el sentido de pertenencia es mucho más fuerte.
 
Es imposible dejar de desconocer el enorme saldo positivo que tuvo para el país el que generaciones de argentinos salieran de los cuarteles (a los cuales entraban en las postrimerías de la adolescencia), formados como hombres capaces de ser útiles a su Patria.

Es una simpleza decir que hay que volver al Servicio Militar para controlar la drogadicción, el alcoholismo y la violencia juvenil. Hace falta mucho más que unos meses de cuartel, pero sí es verdad que sería una gran ayuda para la juventud que encontraría un marco de contención, de disciplina y de respeto, sobre todo de conciencia de autoridad. Aprenderían lo que son los límites y las carencias, el espíritu de cuerpo, donde todos deben luchar juntos para alcanzar un objetivo común, en fin, tantas otras cosas que allí dentro se aprendían.

El Servicio Militar no era para cualquiera, no era para el que quería sino para el que podía hacerlo, porque revistar en la milicia quería decir que el hombre era corporal, mental y espiritualmente sano, “Apto A”, como decía el sello del DNI; o sea, un ciudadano útil, sin vicios.
El episodio ocurrido en el cuartel de Zapala, en Neuquén que le costó la vida al soldado Carrasco debido a malos tratos llevó al presidente Menem a suspender el Servicio Militar, porque la Ley sigue vigente y puede ser puesto en práctica en tiempos de guerra, crisis o emergencia nacional.

La magnitud de la crisis social que es una verdadera emergencia nacional amerita que al menos lo pensemos.

Ernesto Bisceglia

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