CINE

Con ´Medianoche en París´, Woody Allen vuelve a la cima

Luego de filmar varias películas en Londres y una en Barcelona, con una mezcla de errancia y exilio europeo, Woody Allen vuelve al parís de 'Todos dicen te quiero' y le dedica su película más taquillera
Con ´Medianoche en París´, Woody Allen vuelve a la cima
Woody Allen
viernes, 08 de julio de 2011 · 12:24:00 p.m.

Crítica del filme
Hemingway y el cine

Luego de filmar varias películas en Londres y una en Barcelona, con una mezcla de errancia y exilio europeo, Woody Allen vuelve al parís de "Todos dicen te quiero" y le dedica su película más taquillera y una de las mejores de su carrera.

Hasta que el reloj algo ceniciento y obsesivamente puntual de Woody Allen marcó las doce, las clasificaciones de sus películas solían ser muy tajantes: las comedias (Los secretos de Harry, Bananas) y los dramas (Interiores, Otra mujer); las realistas (Hannah y sus hermanas, Crímenes y pecados) y las fantásticas (El dormilón y Comedia de una noche de verano). Pero existe, además, una división menos implícita y más sutil: un período de decadencia a partir de La maldición del escorpión de jade (2001) y una edad de oro claramente inaugurada con Amor y muerte, la última noche de Boris Grushenko (1975) y clausurada, siendo un poco generosos, con Ladrones de medio pelo (2000), pasando por el Oscar a mejor película por Annie Hall que no fue a recibir por quedarse tocando el clarinete, y la consagración como mejor alumno de Bergman con la estupenda Manhattan.

Eso, hasta que dieron las doce. Además de su condición de inolvidable, Medianoche en París obliga a replantear todas estas clasificaciones. Esta es una de las mejores películas de toda la carrera de Woody Allen, a la altura de Match Point pero con una diferencia fundamental: si la película que se obsesionaba con la omnipotencia del azar era una especie de anexo en su filmografía, un film que, en cierta forma, no parecía de Woody Allen y más bien entraba por la ventana de su obra; Medianoche en París es su mejor trabajo en los últimos tiempos que, además, resulta totalmente suyo; la película de la puerta principal y la alfombra roja que, dicho sea de paso, inauguró el último Festival de Cannes. Es decir, mientras Match Point mostraba un verdadero salto de calidad a partir de algo totalmente distinto a lo que venía haciendo (a excepción, quizás, de Misterioso asesinato en Manhattan), Medianoche en París es una chef d’oeuvre que, por el contrario, confirma, a veces, y resignifica, casi siempre, sus trabajos anteriores e interiores, por no decir su vida. Tanto es así que uno de los posibles antecedentes de este film tal vez sea la peor película filmada, hasta el momento, por Woody Allen: Melinda y Melinda, en la que se ponía en juego el gesto de mostrar una misma vida como drama y como comedia. Dicho en otras palabras, era necesario pasar por eso para que llegara esto.

En esa especie de guía Michelin a partir de la cual se reinventó en los últimos años, luego de una pequeña muerte en vida que lo puso en el ojo de la tormenta de la crítica y que amenazó con quitarle su lugar de culto, hubo películas en las cuales Allen, al mejor estilo Manhattan, pintaba una ciudad a partir de una historia: Londres en Match Point, Barcelona en Vicky Cristina Barcelona y ahora siempre tendremos París: la torre Eiffel, el Sena, Saint-Germain-des-Prés, el jazz, los ateliers, el cartel de la rue de Lille donde vivía Lacan, los pasajes que fascinaban a Baudelaire, el pensador de Rodin, los Champs-Élysées, la noche y la lluvia; todos los mitos de la ciudad de las luces brillan en este film.

Pero, en realidad, Medianoche en París perfecciona (aun) muchas de sus películas emblemáticas: es una vuelta de tuerca al bovarismo de La rosa púrpura de El Cairo, es una versión mejorada de esos brillantes experimentos que fueron Zelig y Sombras y nieblas. Para realizarla fue necesario que Woody Allen alcanzara ciertos logros en sus últimas películas, entre los cuales se destaca, sobre todo, algo que nunca había conseguido antes: no necesitarse a sí mismo como actor (Larry David en Si la cosa funciona, Antony Hopkins en Conocerás al hombre de tus sueños y, ahora, un superlativo Owen Wilson) sin que eso signifique para nada abandonarse a sí mismo como personaje, sin que eso signifique desligarse de su espejo –con fantasmas y neurosis incluidos– como principal fuente de inspiración.

Así como Cortázar proponía en muchos de sus relatos anclados en París misteriosos pasajes espacio temporales, Woody Allen usa el escenario de esta ciudad mítica para proponer un viaje en el tiempo que, al mismo tiempo, significa un verdadero tour por su educación sentimental: Gil Pender es un escritor estadounidense melancólico y algo inseguro que realiza una especie de luna de miel anticipada junto a su fiancée y sus futuros suegros. Pero una noche en que ella decide ir a bailar con un pedante, él experimenta un punto de fuga al vivir en carne propia su propia edad dorada: los años veinte de una ciudad que es su lugar en el mundo. Así conoce en una fiesta tan inesperada como inolvidable a su firmamento de escritores: F. Scott Fitzgerald y Zelda, Hemingway, T.S. Eliot, Gertrude Stein y también pintores como Gauguin, Salvador Dalí –personaje pintado para Adrien Brody– y Picasso. El primer impulso –tras pellizcarse, preguntar y convencerse– es compartir el flamante tesoro con su novia, pero la magia suele ser un aprendizaje individual. Entonces se enamora de una amante de Modigliani que amenaza con retenerlo en su nuevo mundo, y con ella retrocede hacia la propia edad dorada de quienes viven en la edad dorada del escritor: París en 1890.

Medianoche en París tiene registro y profundidad, psicología y un ritmo alucinante, además de infinitos condimentos como la aparición de Carla Bruni haciendo de una sólida guía turística. La aguja de las doce que lentamente marca la culminación del proyecto cinematográfico de Woody Allen. Ni comedia ni drama, ni decadencia del imperio ni edad dorada: la tercera posición entre el idealismo romántico y la realidad más rasa. Una precisa y necesaria combinación de fantasía y realidad a partir de la cual Woody Allen demuestra que puede filmar la vida misma. Y todo lo demás.

Por Juan Pablo Bertazza
Fuente: Radar
Más información: www.pagina12.com.ar



CRÍTICA

Hay algo especial a la hora de la medianoche, en aquel instante arbitrariamente señalado para determinar el fin de un día y el comienzo de otro; en ese detalle sobradamente indescriptible que contiene tanto mística como magia. Tal vez por ello, Medianoche en París, flamante película de Woody Allen, siga a un joven escritor, Gil (Owen Wilson), y a su novia, Inez (Rachel Mc Adams), en una visita a la bellísima capital francesa, cuyo contexto horario sea el ligado al advenimiento de criaturas sobrenaturales: el apogeo de la oscuridad. Allí, el protagonista viajará todas las noches años atrás en el tiempo para obtener asesoramiento y la amistad de los genios literarios de la época. Esta muestra cinematográfica de Allen, cada vez más cerca de su propia redefinición como artista, sigue en su inagotable factoría del continuum, ofreciéndole al mundo la notable producción de una película por año.

Después de Vicky Cristina Barcelona, los colores de este filme están ligados en forma
directa con los efectivamente utilizados en territorio catalán. Esa paleta de color beige
y marrón logra una belleza en su interpretación de una París notable, prosiguiendo, además, con su trip internacional luego de, también, la Londres retratada con Match Point o la mencionada Barcelona de Scarlett Johansson, Penélope Cruz y Javier Bardem. A su modo, el de Medianoche en París es el guión más original que ha escrito desde entonces. Se ve, por momentos, y ahí radica la dialéctica de su obra, como uno de sus cuentos clásicos –mezcla de las The funny ones, caso La Mirada de los Otros, Ladrones de Medio Pelo o, mismo, el episodio de Historia de Nueva York, Oedipus Wreck, con el exquisitismo estético de las últimas-, sostenido en esa falta de lógica formal que lo caracteriza, llena de enrosques absurdos y chistes afines.

Las actuaciones, en su mayoría, son correctas, sin embargo hay alguien que sobresale notoriamente, y ese es Adrien Brody, en su magnífico papel como Salvador Dalí. Por su parte, Owen Wilson cumple pero intenta, aquí, parecerse demasiado y actuar como el mismísimo Woody Allen. Como punto alto, vale mencionar que las imitaciones de todas las grandes figuras históricas –Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Henri Matisse, entre muchos otros- se ven exactamente igual que en la vida real. Esta es una película que, de seguro, no defraudará a cualquier espectador o aficionado al gran Allen. Es cierto que no se aproxima explícitamente hacia alguno de sus largometrajes en particular, pero está, sí, un paso adelante de, por ejemplo, El sueño de Cassandra, Conocerás al hombre de tus sueños e incluso a Scoop y a la muy recomendable, hace poco estrenada en territorio argentino, con el protagónico de otra bestia del stand-up comedy: Larry David, Que la cosa funcione. Sin embargo, si el deseo es el de disfrutar al Woody Allen crítico del psicoanálisis y la psiquiatría, al superador nato de Ingmar Bergman, al destructor de ciertas muecas sociológicas, habrá que recurrir a Annie Hall, Hannah y sus hermanas, Crímenes y Pecados, etc.

Desde el exuberante montaje de las escenas de apertura se destaca una Francia intensamente pintoresca, funcionando como una suerte de carta de amor a la Ciudadde las Luces. Medianoche en París es, entonces, una comedia romántica de marcados tintes surrealistas con ingeniosos gags cómicos, determinando, en consecuencia, una historia creativa con una hermosa imagen de la urbe. La pregunta que surge, después de contrastar a su creador con el resto de sus contemporáneos, y es que siempre hacen falta popes para marcar el pulso de las cosas, es si quedan cómicos geniales en el cine actual. Pues, quizá, resulte que Woody Allen sea el último. En efecto, hay que disfrutarlo bajo cualquier circunstancia, hasta que por fin acabe de una vez por todas con la cultura, terminando, con ello, inclusive, con uno de sus máximos creadores y desconstructores: él mismo. Y es que, por más descabellado que aparente, Woody puede hacer y deshacer lo que quiera en París, Nueva York, Barcelona, Londres o Buenos Aires, porque lo sabe absolutamente todo, a la misma altura que las figuras míticas que recupera y hace alusión en Medianoche en París.

Por Hernán Panessi
Fuente: Debate
Más información: www.revistadebate.com.ar



HEMINGWAY Y EL CINE, UNA RELACIÓN CON ALTIBAJOS

Ernest Hemingway mantuvo frecuentes contactos con el mundo del cine, pero nunca escribió especialmente para él, a diferencia de sus colegas Francis Scott Fitzgerald, William Faulkner o John Steinbeck. Sin embargo, el Premio Nobel de Literatura de 1954, cuya figura aparece retratada en clave risueñamente irónica por el excelente Corey Stoll en Medianoche en París, no tuvo inconvenientes en ceder los derechos de cuentos y novelas (a buen precio) para su adaptación a la pantalla. Adaptaciones que, en general, ni eran muy fieles a los originales ni merecían su aprobación (de Las nieves del Kilimanjaro, por ejemplo, dijo que sólo le gustaban Ava Gardner y la hiena).

Especialmente recordado en estos días en que se cumple medio siglo de su suicidio, Hemingway no ha sido muy frecuentado por el cine en los últimos años, a diferencia de la televisión, que ha intentado nuevas adaptaciones de sus novelas, y de los cortometrajistas que suelen encontrar inspiración en sus relatos breves. Uno de ellos -Los asesinos, de 1927- sigue ejerciendo especial fascinación. Hasta Tarkovsky lo eligió en 1958 para cumplir con un ejercicio como estudiante en Moscú: fue el primer corto del creador ruso. Ubiytsy, tal su título, parece ser el más fiel al original (puede hallarse en Internet), al punto que Homero Alsina Thevenet, el gran crítico uruguayo, imaginaba que hasta el propio Hemingway lo habría aprobado. Hollywood ya había adaptado el mismo cuento en dos ocasiones. En una, dirigida por Robert Siodmak en 1946, con un Burt Lancaster debutante y una Ava Gardner en su primer papel de relieve, del relato original queda poco más que el punto de partida; lo demás, pura invención. La segunda, dirigida por Don Siegel, con Lee Marvin, John Cassavetes y Ronald Reagan, sigue en parte esa primera versión.

Sin dudas hay otros films más estrechamente ligados al nombre de Hemingway. Un vistazo a su filmografía impone mencionar Adiós a las armas, rodada en 1932 por Frank Borzage, con Gary Cooper y Helen Hayes, y en 1957 por Charles Vidor, con Jennifer Jones y Rock Hudson; Las nieves del Kilimanjaro (Henry King, 1952), con Gregory Peck, Susan Hayward y Ava Gardner;Tener o no tener, que mereció varias versiones, entre las que se destaca la de Howard Hawks (1944), con Humphrey Bogart y Lauren Bacall; Y ahora brilla el sol (Henry King, 1957), con Tyrone Power, Ava Gardner y Erroll Flynn; El viejo y el mar (John Sturges, 1958), con Spencer Tracy. Y en especial Por quién doblan las campanas (Sam Wood, 1943) que, más allá de las variaciones impuestas al original y de sus convencionalismos, fue muy bien recibida por el público, tal vez por el atractivo de su pareja protagónica, Gary Cooper e Ingrid Bergman.

Por Fernando López
Fuente: La Nación
Más información: www.lanacion.com.ar
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