MÚSICA

Vitillo Ábalos, el último de los hermanos Ábalos, cumplió 90 años

El último bastión de los hermanos Ábalos es un verdadero referente del arte nativo.

Vitillo Ábalos, el último de los hermanos Ábalos, cumplió 90 años

Vitillo Ábalos

BUENOS AIRES.-  El último bastión de los hermanos Ábalos es un verdadero referente del arte nativo.

Vitillo Abalos: de tradiciones y nostalgias
Sería un delirio pensar que un ser humano pueda festejar 180 cumpleaños; o que cante en el Vaticano para dos Papas distintos. Vitillo Abalos nació el 30 de abril de 1922, pero lo anotaron una semana después, el 8 de mayo. O sea que acaba de cumplir 90 años y si quisiera, hoy podría festejarlos por segunda vez. Lo de cantar para dos Papas es cierto y quedará para ese enorme anecdotario que acopia este difusor del arte nativo.

Desde los secretos del buen locro que preparaba su madre hasta un amanecer en Japón, todo puede entrar en esos recuerdos que despliega en una charla el único integrante que queda en esta tierra de Los Hermanos Abalos, quinteto que estuvo en actividad durante 60 años, y gracias al que tantos argentinos aprendieron a bailar folklore. Lo llamativo es que Vitillo no sólo vive de recuerdos. Podría "trabajar" de ser leyenda viva de las tradiciones argentinas. Sin embargo, a los 90, hace su programa en Radio Nacional El patio de Vitillo Abalos, dos veces por semana; grabó escenas para un videoclip de Roger Waters; participa en los conciertos de Raly Barrionuevo, o de otros músicos de las más nuevas camadas; se toma un avión a Santiago del Estero para el gran festejo de cumpleaños que le prepararon; se jacta de su buena vista, aprobada la última vez que renovó el registro de conducir.

Vitillo está en el living de su departamento, a dos cuadras del Congreso Nacional, pero viaja a través de sus anécdotas. "Estábamos en Japón y antes de seguir viaje nos llevaron a un lugar muy lindo. Estábamos en un cerro desde donde se veía el mar. Nunca vi una cosa tan impactante: Tata Dios iba pintando despacito. Y es tan humilde que no firma. Porque usted va a un museo y ve firmas grandes en dibujos chiquitos."

Vitillo nació en Santiago del Estero. Allí fue donde aprendió a bailar con la compañía de Andrés Chazarreta. En 1939, se instaló con toda su familia en Buenos Aires, donde empezaron a hacer la historia que ya es conocida: las primeras peñas a partir de 1941, la creación del conjunto, el estudio de arte nativo, los espectáculos, varias canciones que alimentaron el cancionero popular, los viajes por el mundo.

"Cuando yo tenía 12 años, Andrés Chazarreta, que era amigo de la familia de mi mamá, le dijo a ella: «Prestame a tu chango para que se incorpore al conjunto». Y fuimos al patio de su casa con «Machaquito» [su hermano menor], donde nos enseñaron a bailar cuarenta danzas. Pero más que memorizar la coreografía nos enseñó a amar nuestras tradiciones. Esa fue una base para los sesenta años que vinieron después. De Santiago trajimos el piano, la guitarra, el bombo legüero. Al ser Buenos Aires muy cosmopolita, no había información del arte popular argentino, que merecía ser difundido. En el país no había televisión por cable, computadora ni celular. Por un lado, eso favoreció a la formación artística de los Hermanos Abalos. Santiago no estaba contaminado. Lo mismo pasaba con el resto del país.

-¿Contaminado?
-No sé si es la palabra correcta. Lo que quiero decir es que en Santiago era todo muy tradicional. Acá la propaganda del extranjero penetró fuerte a través de las películas y el jazz. A nosotros Buenos Aires nos dio una impresión fuerte. Mis primeras amistades me invitaron a River Plate. Me llevé el susto de mi vida. Piense que nunca había visto 35.000 personas juntas en medio de los apretujones. Creo que en ese momento Santiago tendría unas 25.000 o 27.000. Eran otras costumbres las que traíamos. Por ejemplo, en mi casa, la palabra de mis padres se aceptaba, no se discutía.

Vitillo es el penúltimo de los cinco Hermanos Abalos: "Machingo", Adolfo, Roberto, Vitillo y "Machaco", por orden de cigüeña, como les gustaba decir a ellos. Hace unos diez años, el que firma estas líneas fue a Mar del Plata a entrevistar a Adolfo Abalos. Cuando este recordado pianista abrió la puerta de su casa, lo primero que dijo fue: "No sabe lo que ha pasado. ¡Ha venido a visitarme mi hermano Vitillo!" Era una verdadera sorpresa y una alegría para ese hombre de ochenta y pico que hablaba con la candidez de un niño.

Vitillo escucha la anécdota del cronista y se ríe. ¿Acaso siempre fue así la relación entre los hermanos? "Bueno, créame que nunca nos hemos levantado la mano cuando éramos chicos ni los menores probando fuerza con los mayores ni éstos abusando de su fuerza de kilos. Creo que eso hizo base para un buen entendimiento como grupo, para una buena convivencia. No hemos inventado nada. Pero cada uno le imprimió su personalidad. Nosotros analizamos y estudiamos a Andrés Chazarreta, Manuel Gómez Carrillo, Julián y Benicio Díaz, don Pedro Contreras y Acosta Villafañe. Lo que no había eran grabaciones como las nuestras, ya en 1942, con las danzas. O un librito que las enseñara. Hicimos giras por todo el país. A mí me gustaría estar arrancando ahora, en 2012, los cinco jovencitos."

-Pero se lo ve muy activo junto con músicos muy jóvenes.
-Para mí, lo importante es que estén informados. No creo que haya un nuevo folklore; a una persona le puede agradar el arte popular argentino, pero si no se prepara, pierde el tiempo y confunde a la gente. A mí me han dicho: «No me gusta el folklore, Abalos». Pero me nombran a gente que a mí tampoco me agrada. O sea: lo que no agrada es la mala interpretación. Hay algunos que quieren ser originales sin condiciones musicales. No es fácil saber por qué unos quedan y otros no. Piense en los conjuntos que aparecieron y desaparecieron en los últimos diez años. ¿Por qué? A mi entender: porque no se prepararon. Creo que las últimas generaciones no deben alterar aquello con lo que fuimos respetuosos los anteriores.

-¿Y qué opinión tiene acerca de las nuevas expresiones en la danza?
-No las niego ni las rechazo. Si uno censura, la gente se va a escuchar otra cosa. Antes se bailaba por la alegría de la danza misma. Ahora los veo bailar y están pendientes de si el público los mira. Son actores. Y veo, también, que hace largos años que enseñan muy mal a bailar la zamba. Ahora enseñan que las chicas deben conquistarlos a ellos, y ellos, a las chicas. La zamba es una danza preciosa y se tiene que bailar por la danza misma. No es obligación que se pongan caritas.

-Los Hermanos Abalos fueron difusores de tradición. ¿Se siente, en ese aspecto, un poco solo ahora que sus hermanos ya no están?
-Ni lo dude. Sabemos que la vida es así. Los extraño enormemente. Y a veces me pasa de sentirlos, como si tuviera un ojo en la nuca. Ahí me quedo quietito y pego una respirada que me llega hasta el talón. De golpe aparecen. Agradezco ser un muchacho de 90 años con salud.

IDENTIDAD ARGENTINA
"Hay una materia que sigue ausente, una que podría ser identidad argentina. Hay que argentinizar al habitante argentino", dice Vitillo. Y quiere llevar una propuesta de contenidos al Ministerio de Educación de la Nación, para que se apliquen en escuelas primarias y en colegios secundarios. "Yo a la niña y al muchacho estudiantes los imagino como una esponja que se va hidratando de conocimiento. Tiene que saber dónde ha nacido y cómo se llama. En cuanto pueda, voy a pedir audiencia en el Ministerio", concluye el legendario músico.

EL LOCRO LIGHT DE SU MAMÁ
En algunos de los locales peñeros que tuvieron los Abalos se pudieron saborear locros según la receta de la mamá de los muchachos. "Una vez me preguntaron por qué ese locro no caía mal y otros sí", recuerda Vitillo Abalos. "Porque mi mamá hacía, por un lado, la verdura y, por otro, lo pesado, como la carne y las patitas de chancho y esas cosas. Cuando esto último se cocinaba, había que dejarlo un par de horas para que toda la grasa se levantara y eso se pudiera tirar. Después recién se mezclaban las dos ollas. Así usted comía un locrito light que no le alteraba el gusto y caía bien."

Por Mauro Apicella
Fuente: La Nación 


Vitillo cantó los 90

Cuando sea grande me voy a acordar de esta noche”, celebraba Vitillo Abalos el martes, pleno de vivencias y picardías compartidas, en el homenaje y festejo de sus 90 años que organizó la Secretaría de Cultura de la Nación en el Teatro del Globo. Justo donde Los Hermanos Abalos iniciaron, en el ’39, su camino profesional, Vitillo se rodeó de familia y amigos, y los de las butacas (llenas) lo vieron bailar con su señora Elvirita, abrazar el bombo legüero o sonreír, desandando melodías e imágenes de la querencia.

“Hoy cantaba con Marian Farías Gómez y en un momento, como si tuviera un ojo en la nuca, los veo a los muchachos… Siempre me dan esa sorpresa. Marian me miraba como diciendo: ¿por qué no cantás? Hoy ha sido una fiesta para mi alma, para mi espíritu”, confiaba Vitillo. Y esa fiesta es el repertorio atemporal de los Abalos: Vitillo canta Zamba de los yuyos y Santiagueño soy; danza con Elvirita en Agitando pañuelos y Bailando con el bombisto, y desde el bombo percibe vibraciones y silencios cuando Hilda Herrera toca al piano La 46 y Por la cuesta del totoral.

“Vitillo es un representante neto de la criollidad”, define José María Castiñeira de Dios, y ese tono es santiagueño cuando Marian Farías Gómez reinventa Chacarera del rancho. Así, Vitillo llama a su sobrina Nancy Abalos, y su hija canta Zambita pa’ enamorar y Chacarera del sufrido. A un costado, el conductor Marcelo Simón zapatea y su colega Stella Maris Tovarich anuncia a Franco Luciani, el de la armónica, que con Mavi Díaz hará la zamba Nostalgias santiagueñas, junto al Ballet del IUNA.

Otro tono trae Juan Carlos Saravia, con anécdotas y menciones a Los Chalchaleros. “Bailábamos en las escuelas con los discos de los hermanos Abalos”, dice Saravia. Y cuando le hace segunda voz a Vitillo en Chakay Manta, ve la ovación de Andrés Ciro, ubicado al fondo de la sala. Después, Suna Rocha canta La de los angelitos.

Para el final, llegan Carabajales. “Los Abalos se presentaban por orden de cigüeña; nosotros, por orden de conejos”, chancea Cuti, anunciando a sus sobrinos: Kali, Blas, Musha, Roberto, Walter y Peteco. Y tocan la Zamba de mi pago: “Pero a Santiago, tan solo muriendo olvidaré” rezan, y ya con La carbonera la gente chacarerea en los pasillos. Tras Añoranzas y el “que los cumplas feliz”, la familia Abalos se saca fotos, se abraza con Vitillo. “La gente joven, y no tan joven -dirá después-, busca a gritos la identidad nuestra. Hay que argentinizar al habitante argentino”. Y de la mano de Elvirita, se va rumbo a nuevos días de enseñanza de folclore. Para ellos, las danzas no se terminan nunca.

Por Patricio Féminis
Fuente: Clarín

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