POR LEONARDO STREJILEVICH

Día Mundial de la Alimentación: Pobreza, hambre, desolación

Fue instaurado con el fin de concientizar sobre el problema alimentario mundial y fortalecer la solidaridad en la lucha contra el hambre, pobreza y desnutrición

Viernes, 16/10/2009 | 12:33 hs


DÍA MUNDIAL DE LA ALIMENTACIÓN

- 16 de octubre -

POBREZA, HAMBRE, DESOLACIÓN


por

LEONARDO STREJILEVICH


El Día Mundial de la Alimentación fue instaurado hace 30 años por Naciones Unidas con el fin de concientizar a las poblaciones sobre el problema alimentario mundial y fortalecer la solidaridad en la lucha contra el hambre, la desnutrición y la pobreza. Sin embargo parece que poco se ha hecho en esta como en otras materias. La muerte por hambre es una desmesurada injusticia y absolutamente una inmoralidad. Los corazones humanos sensibles, ante tamaño genocidio, están desolados e impotentes.

Sólo de la desnutrición aguda en niños (existen otras como la desnutrición crónica a toda edad: niños, viejos, mujeres embarazadas…) alcanza a 55 millones en estos momentos en el mundo y mueren nueve niños cada minuto. Existen alimentos preparados o fórmulas nutricionales terapéuticas pero sólo alcanzan y llegan a cubrir al 9 % de los 19 millones de niños amenazados por la desnutrición aguda en el mundo.

El contexto socioeconómico de esta realidad es la falta de actividad laboral de millones de personas en edad y con capacidad de trabajar con la resultante de la falta de ingresos; falta de acceso a la educación en general y especialmente a la educación sanitaria; elevada incidencia de enfermedades endémicas que se montan sobre la desnutrición y matan; concentración de la riqueza y poca y despareja distribución de las rentas nacionales estatales y privadas; elevado costo de los alimentos (hasta los alimentos primarios e indispensables pagan IVA en la Argentina).

La Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), una rama de las Naciones Unidas nacida en 1945 que hoy agrupa a un centenar de naciones y que dedica sus esfuerzos al incremento de la producción agrícola y su sustentabilidad, ha denunciado reiteradamente esta situación.

Durante los últimos años, se ha procurado reducir el hambre y la desnutrición con programas dirigidos a la agricultura, ayudas alimentarias y crecimiento económico del mundo emergente, algo que sin duda ha venido ocurriendo. Sin embargo, en la actualidad, con una población de 6600 millones y 963 millones afectados por la desnutrición, el problema apenas se ha reducido al 14,5 por ciento.

El crecimiento demográfico de la segunda mitad del siglo XX fue muy importante y desfavoreció la accesibilidad a los alimentos además de las causas más recientes que hemos comentado más arriba. Durante 130 años, entre 1800 y 1930, la población creció de 1000 a 2000 millones, mientras que entre 1930 y 2000, en sólo 70 años, creció en 4000 millones de personas. El incremento del precio de los alimentos de los últimos años ha venido a alterar negativamente las tendencias, aumentando así el número de desnutridos.


Todavía no se puede apreciar el aporte de la expansión agrícola, que logra impulso con la genética, mediante las especies genéticamente modificadas y los híbridos, por la siembra directa, los modernos plaguicidas, los fertilizantes sintéticos, la agricultura de precisión y otras tecnologías.

La Argentina ha exagerado sus estimaciones y anuncios en el sentido de que su producción de alimentos primarios puede alimentar a 300 millones de personas; el aporte nacional puede alimentar, entre consumidores nacionales y exportaciones, a unos 100 millones, es decir, poco más del doble de nuestra población.


El mundo observa perplejo las decisiones argentinas en materia de cultivos, de expansión agrícola y en política agroexportadora y se muestra sorprendido ante la claudicación de una gran nación exportadora en un contexto global tan preocupante.

Nadie entiende como en la Argentina ocurren ocho muertes diarias en niños por desnutrición; ello ocurre particularmente en cordones de indigencia en la periferia de los centros urbanos y en áreas rurales donde reinan el minifundio, el analfabetismo, las enfermedades sociales y en general escasos conocimientos aplicables al trabajo.

Es deber irrenunciable desatar las energías productivas y expandir la producción y por otro lado, asistir con ayuda alimentaria y educación a los núcleos y bolsones de pobres e indigentes, incluyéndolos en programas alimentarios concretos e incentivar el desarrollo precisamente en los lugares de mayor incidencia de la desnutrición.

La pobreza, como todos afirmamos saber, es la situación que dificulta satisfacer necesidades elementales de las personas: la alimentación, el derecho a la vivienda digna, la salud. Si mil millones de personas viven en el mundo con sólo un dólar, se comprenderá que el déficit alcanza proporciones abrumadoras y somete a casi la sexta parte de la humanidad a la inanición.

La presencia de la pobreza y el hambre horroriza a cualquier conciencia normal pero pocos se ocupan activamente de aportar soluciones concretas y militar en la superación de los cuadros aberrantes de desigualdad social a que da lugar.

No puede ser que en la Argentina haya 6 millones de personas que no pueden comer decentemente. Ser pobre es ser percibido como si se perteneciera a una categoría inferior, que no importa y que, en todo caso, inspira compasión. La desacreditación del pobre como persona puede crear el terreno para demonizarlo, y para incitar a la intolerancia y a la violencia. La pobreza no es neutra, mata y enferma; hay más de 20.000 madres en América latina que murieron el año pasado durante el embarazo o el parto, que debieran estar vivas. Perecieron por falta de cobertura médica adecuada, desnutrición, condiciones misérrimas. Treinta de cada 1000 niños no llegaron a los 5 años de edad, por enfermedades de la pobreza, entre ellas el hambre. Hay nueve millones de niños desnutridos, y otros nueve en riesgo de desnutrición.

Hasta cuando vamos a seguir utilizando mecanismos fáciles para deshacernos de las culpas que puede generar la pobreza y usar la coartada de razonarla como un tema individual de cada pobre y como una consecuencia de su desidia, indolencia, falta de ganas, poca iniciativa.

No fueron sus elecciones, los pobres no eligieron ser pobres; las cifras indican terminantemente que no han tenido acceso real a la salud ni han completado estudios ni trabajo. Uno de cada cuatro jóvenes en nuestro país, los más estigmatizados, están fuera del sistema educativo y del mercado de trabajo. Entre ellos están los 500.000 jóvenes en esa condición que se mencionan continuamente en el Gran Buenos Aires.

Dice con razón Carlos Fuentes: "Algo se ha agotado en América latina, los pretextos para justificar la pobreza".






Dr. Leonardo Strejilevich
para


* Médico
Neurogerontología – Neurogeriatría
Master en Gerontología Social
Universidad Autónoma de Madrid
República ARGENTINA
E-mail: leonardostrejilevich@hotmail.com





Comentarios (1)

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Antonio Perez Abella | 16/10/2009 | 22:59 |
No era que los transgenicos iban a salvar el hambre del mundo?... Habria que ver si es cierto porque aca en Salta cada vez hay mas transgenicos y el hambre aumenta. Saludos.

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