La novela que capta cada vez más audiencia muestra la relación entre el poder de las mujeres y el de los hombres, victimizando a ellas.
La novela que capta cada vez más audiencia muestra la relación entre el poder de las mujeres y el de los hombres, victimizando a ellas y castigando, de algún modo, a los hombres.
Todas ellas poseen caras bonitas, altas, delgadas, reducidas cinturas, esculturales caderas y pechos voluptuosos.
Ellos, en cambio, son oco atractivos, gordos o flacos, mal vestidos, pero con mucho dinero y desempeñando un papel de machos dominantes, casi propietarios de las vidas de esas mujeres. A ellas las representan como seres tontos, comprables, utilizables y ambiciosos, provenientes de familias pobres casi todas.
Ellos son los narcotraficantes triunfadores, propietarios de lujosas mansiones y cuyo dinero es utilizado para obtener cualquier cosa, incluso esas mujeres hermosas cuando así lo disponen.
Primero, con la serie Sin tetas no hay paraíso, se logró desde el título, un efecto chocante para la conservadora sociedad de las naciones conservadoras y que basa sus principios morales en la religión católica.
Pero esta segunda versión de nombre más recatado, Sin senos no hay paraíso, muestra también a niñas desesperadas por conseguir un cuerpo perfecto para agradar a los poderosos capos.
La serie nos presentan la imagen de hermosas mujeres, en su mayoría pobres, relegadas a objetos sexuales de potentados del narcotráfico y el crimen organizado.
Exaltan una imagen de ignorancia, incapacidad y ambición de riqueza, dispuestas a jugar el papel que les determinen o compren sus hombres, hoy más que nunca se les relega al papel de mercancías.
Analistas coinciden en señalar que esas producciones colombianas sólo demuestran la falta de valores que prevalecen en la sociedad, además de reforzar y reproducir los estereotipos de cuerpos de jóvenes dispuestas a satisfacer el placer masculino a toda costa.
Lo cierto es que la novela tiene éxito, marca un discurso moralizante en algunos aspectos, y termina mostrando a las mujeres como víctimas de los narcotraficantes que siempre terminan mal: o muertos o accidentados, mientras ellas "pobres mujeres usadas", progresan y alcanzan el éxito.