Pocos pensaban en un retroceso político e institucional de la Argentina; en una caída, decadencia, crisis y descalificación de políticos, instituciones y valores
Ha pasado mucho tiempo, pronto cien años (1913), cuando José Ingenieros publicó “El hombre mediocre”. Pocos pensaban en un retroceso político e institucional de la Argentina; en una caída, decadencia, crisis y descalificación de políticos, instituciones y valores que hoy vivimos con angustia, desasosiego y esperanzas conculcadas.
José Ingenieros fue médico, filósofo y escritor argentino. Nació en Palermo (Italia) el 24 de abril de 1877 y murió en Buenos Aires el 31 de octubre de 1925. Se le deben numerosos trabajos en el campo de la psiquiatría y la criminología; fue un importante referente intelectual de su tiempo en los campos de la filosofía y la psicología y un gran divulgador de los más grandes pensadores argentinos. Estudió Medicina, carrera en la cual tuvo como maestro a José María Ramos Mejía. A la hora de especializarse Ingenieros eligió la psiquiatría y la criminología y se centró fundamentalmente en el estudio de las patologías mentales. Su tesis, La simulación de la Locura -premiada por la Academia de Medicina de París y ganadora de la Medalla de Oro de la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires- fue su carta de presentación como científico descollante. Enseguida obtuvo un importante puesto en la Cátedra de Neurología de Ramos Mejía y también pasó a desempeñarse en el Servicio de Observación de Alienados de la Policía de la Capital. Tenía entonces 23 años y ya era un destacado psiquiatra, sociólogo y criminalista. Sus trabajos en el ámbito de la psicología -disciplina de la que fue un gran impulsor- comenzaron en 1904, cuando ganó por concurso la suplencia de la Cátedra de Psicología Experimental en la Facultad de Filosofía y Letras. En 1908 fundó la Sociedad de Psicología y dio término a su obra Principios de Psicología que sería el primer sistema completo de enseñanza de esa materia en el país. Ingenieros tuvo una gran oportunidad de llevar a la práctica sus saberes científicos cuando se hizo cargo del Instituto de Criminología de la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires. En ese mismo momento ya se había disparado su faceta sociológica, que tendría un hito en 1913 con la publicación de La sociología argentina y que culminaría cuando, terminando ya la década del 10, vieron la luz los dos tomos de La evolución de las ideas argentinas. Ciento cuarenta y cuatro obras escritas por los más grandes pensadores argentinos formaron la colección La cultura argentina, esta serie fue editada por Ingenieros, que más o menos al mismo tiempo fundó la Revista de Filosofía, un periódico bimestral guía del pensamiento argentino de la época durante diez años. Además de su obra clínica y sociológica, Ingenieros fue el responsable de la expresión filosófica más sistemática e importante de toda Latinoamérica, sosteniendo una posición que adhería al positivismo de principios de siglo. Siendo aun muy joven se alejó de la vida universitaria. Cuando José Ingenieros murió, en 1925, era uno de los intelectuales de mayor peso en la cultura argentina y latinoamericana.
Hemos seleccionado de su obra “El hombre mediocre” el capítulo VII denominado “La mediocracia” y tal vez, en forma poco respetuosa e irreverente, hemos parafraseado el texto con la intención de aligerarlo de arcaísmos y de preciosismos lingüísticos que en su época eran condición sine qua non para expresarse y publicar académicamente y por otra parte hablaban de la enjundia y de la elevada condición intelectual del escritor científico.
Los idealismos se exaltan cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan.
Primero es ansia de libertad y lucha por la independencia, más tarde sobreviene la crisis de consolidación institucional. Por momentos, parece que se pronuncian palabras definitivas; plasman los estadistas sus planes visionarios y el pueblo pone su corazón en la balanza de su destino.
Pero los pueblos tienen largas intercadencias; por más altos que sean los ideales éstos no trabajan con ritmo continuo en permanente evolución y progreso. Hay horas de entusiasmo y fervor y las hay de apatía, con vigilias y sueños, días y noches, primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la continuidad del tiempo.
En ciertos períodos la nación se adormece hacia dentro del país. El organismo vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan a los ideales, tornándose dominadores y agresivos. A veces, ningún clamor del pueblo se percibe y no resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. Es el clima de la mediocridad. Entra en la penumbra el culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes, la exaltación de ideales, el desinterés, la abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y de la dignidad. Todo lo vulgar encuentra fervorosos adeptos en los que representan los intereses militantes; sus más encumbrados portavoces resultan esclavos en su clima. Platón, sin quererlo, al decir de la democracia: "es el peor de los buenos gobiernos, pero es el mejor entre los malos", definió la mediocracia.
Se ha acentuado la decadencia moral de las clases gobernantes. Una facción de vividores detenta los engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno a cuantos desdeñan tener complicidad en sus empresas. Se forman castas advenedizas, sindicatos de todo tipo, facciones en el parlamento; gavillas que se titulan partidos políticos; se busca la encrucijada más impune para expoliar a la sociedad.
Políticos sin vergüenza hubo en todos los tiempos y bajo todos los regímenes; pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales. En momentos de caos y crisis callan los ilustrados; los enriquecidos prefieren escuchar a los más viles embaucadores; el ignorante se cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al elocuente y el ignorante al digno, la escala del mérito desaparece en una oprobiosa nivelación de villanía. Esto es la mediocracia. Los que nada saben creen decir lo que piensan, aunque cada uno sólo acierta a repetir dogmas o auspiciar voracidades. Esa chatura moral es más grave que la aclimatación de la tiranía; nadie puede volar donde todos se arrastran. Se llama urbanidad a la hipocresía, distinción al amaneramiento, cultura a la timidez, tolerancia a la complicidad; la mentira proporciona estas denominaciones equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí mismos y de la patria, deshonrando en ella a sus padres y a sus hijos, carcomiendo la dignidad común.
Las mediocracias suelen marchar por senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materiales, o el torpe afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu colectivo todo rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias, cualquier ideal parece sospechoso. Los filósofos, los sabios y los artistas están de más; la pesadez de la atmósfera estorba a sus alas, y dejan de volar. Su presencia mortifica a los traficantes, a todos los que trabajan por lucro, a los esclavos del ahorro o de la avaricia. Las cosas del espíritu son despreciadas; no siéndole propicio el clima, sus cultores son contados; no llegan a inquietar a las mediocracias; están proscritos dentro del país, que mata a fuego lento sus ideales, sin necesitar desterrarlos. Cada hombre queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.
Siempre hay mediocres; son perennes. Lo que varía es su prestigio y su influencia. Se muestran humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada y cuando hay oportunidad y se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, convergen en grupos, se arrebañan en partidos. El sabio es igualado al analfabeto, el rebelde al lacayo, el poeta al prestamista. La mediocridad se condensa, conviértese en sistema, es incontrastable. Encúmbranse los hombres rudos y fuertes, pues no florecen genios: las creaciones no abundan y no dedicamos a vivir de glorias pasadas; las facciones dispútanse los manejos administrativos, compitiendo en manosear todos los ensueños. Todo se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase cualquier protesta dando participación en los festines; se proclaman las mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente el arte; se miente la justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la anuencia de todos; cada hombre pone precio a su complicidad, un precio razonable. Los gobernantes no crean tal estado de cosas pero estimulan y lo representan. Cuando las naciones están en baja, alguna facción se apodera de los recursos. Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios por legiones aunque la sociedad no los necesita: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia. La mediocracia es una confabulación de los ceros contra las unidades. Los políticos sin ideal marcan el cero absoluto en el termómetro de la historia. Una apatía conservadora caracteriza a esos períodos; entibiase la ansiedad de las cosas elevadas, prosperando a su contra el afán de los suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban resultan ejemplares; los que realizan, predican y cantan alguna parte de un ideal están ausentes y nada tienen que hacer.
Hay que nivelarse para abajo o sucumbir. Las mediocracias negaron siempre las virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno a Sócrates, el leño a Cristo, el puñal a César, el destierro a Dante, la cárcel a Galileo, el fuego a Bruno; y mientras escarnecían a esos hombres ejemplares, aplastándolos con su saña o armando contra ellos algún brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre a gobernantes imbéciles o ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. A un precio: que éstas garantizaran a las clases hartas la tranquilidad necesaria para usufructuar sus privilegios.
En épocas de chismes y de comentarios bajo la mesa, la autoridad es fácil de ejercitar: las cortes se pueblan de serviles, de retóricos que parlotean, de aspirantes a algún empleo, de payasos indolentes. Las mediocracias apuntálanse en los apetitos de los que ansían vivir de ellas y en el miedo de los que temen perder la pitanza. La indignidad civil es ley en esos climas. Todo hombre declina su personalidad, salvo que sea un auténtico servidor público, al convertirse en funcionario: no lleva visible la cadena al pie, como el esclavo, pero la arrastra ocultamente, amarrada en su intestino. Ciudadanos de una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada oficial. Cuando todo se sacrifica a ésta, sobreponiendo los apetitos a las aspiraciones, el sentido moral se degrada y la decadencia se aproxima. En vano se busca remedios en la glorificación del pasado. Una patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo y homogénea disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la grandeza, en el pudor de la humillación y en el deseo de la gloria. Cuando falta esa comunidad de esperanzas, no hay patria, no puede haberla: hay que tener ensueños comunes, anhelar juntos grandes cosas y sentirse decididos a realizarlas, con la seguridad de que al marchar todos en pos de un ideal, ninguno se quedará en mitad del camino contando el contenido de su bolsa o su bolsillo. La patria está implícita en la solidaridad sentimental de un pueblo y no en la confabulación de los politiqueros que medran a su sombra.
No basta acumular riquezas para crear una patria: se necesitan ideales de cultura para que en él haya una patria. Se rebaja el valor de este concepto cuando se lo aplica a países que carecen de unidad moral, más parecidos a factorías de logreros autóctonos o exóticos que a legiones de soñadores cuyo ideal parezca un arco tendido hacia un objetivo de dignificación común.
La patria tiene intermitencias: su unidad moral desaparece en ciertas épocas de relajamiento, cuando se eclipsa todo afán de cultura y se enseñorean viles apetitos de mando y de enriquecimiento. El remedio contra esa crisis de chatura no está en el fetichismo del pasado, sino en la siembra del porvenir, concurriendo a crear un nuevo ambiente moral propicio a toda culminación de la virtud, del ingenio y del carácter.
Cuando no hay patria no puede haber sentimiento colectivo de nacionalidad. Mientras un país no es patria, sus habitantes no constituyen una nación. Los tránsfugas de la moral, ajenos a la sociedad en que viven; los esclavos y los siervos tienen, apenas, un país natal. Sólo el hombre digno y libre puede tener una patria. Cuando los intereses venales se sobreponen al ideal, la patria es explotada como una industria. La nación se abisma; los ciudadanos vuelven a la condición de habitantes; la patria a la de país.
Cuando las miserias morales asolan a un país, culpa es de todos los que por falta de cultura y de ideal no han sabido amarlo como patria: de todos los que vivieron de ella sin trabajar para ella.
La degeneración del sistema parlamentario y todas las formas adocenadas de parlamentarismo evita el control de las decisiones del ejecutivo. Antes, presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y arte de aplicarla; la política puede degradarse y convertirse en profesión. En los pueblos sin ideales, los espíritus subalternos medran con torpes intrigas de antecámara. Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde todos tragan. Lo que antes era signo de infamia o cobardía, tórnase título de astucia; lo que otrora mataba, ahora vivifica, como si hubiera una aclimatación al ridículo; sombras envilecidas se levantan y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez de ser vergonzante y pudorosa. Las jornadas electorales conviértense en burdos enjuagues de mercenarios o en pugilatos de aventureros. Su justificación está a cargo de electores inocentes, que van a la parodia como a una fiesta. Hombres ilustres pueden ser víctimas del voto: los partidos adornan sus listas con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad de parapetarse tras el blasón intelectual de algunos selectos. Cada facción forma un estado mayor que disculpa y justifica su pretensión de gobernar al país, encubriendo osadas piraterías con el pretexto de sostener intereses de partidos. Las excepciones no son toleradas en homenaje a las virtudes.
Aparte de las excepciones, que existen en todas partes, la masa de "elegidos del pueblo" es subalterna, son personas tardas en sus acciones, molestos e inoportunos, vanidosos, deshonestos y serviles. Los primeros derrochan su fortuna por ascender al Parlamento. Ricos terratenientes o poderosos industriales pagan a peso de oro los votos coleccionados por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus alcancías para comprarse el único diploma accesible a su mentalidad amorfa; hombres enriquecidos aspiran a ser tutores de pueblos, sin más capital que su constancia y sus millones.
Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse a especulaciones lucrativas. Venden su voto a empresas que muerden las arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el erario, cobrando sus discursos a tanto por minuto; pagan con destinos y dádivas oficiales a sus electores, comercian su influencia para obtener concesiones en favor de su clientela. Su gestión política suele ser tranquila: un hombre de negocios está siempre con la mayoría, apoya a todos los gobiernos.
Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, o instrumentos ciegos, no osan discutir la jefatura del uno o las consignas de la otra. No se les pide talento, elocuencia o probidad: basta con la certeza de su lealtad. Viven de luz ajena, satélites sin color y sin pensamientos, uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre a batir palmas cuando él habla y a ponerse de pie llegada la hora de una votación.
En ciertas democracias novicias, que parecen llamarse repúblicas, los Congresos hormiguean de mansos protegidos de las oligarquías dominantes. Medran sumisos, serviles e incondicionales, miran para todos lados esperando una guiñada o una seña. Si alguno se aparta está perdido; los que se rebelan están proscritos sin apelación.
Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los poderes envilecidos. Los partidos -o el Gobierno en su nombre- operan una selección entre sus miembros, a expensas del mérito o en favor de la intriga y la conveniencia. Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que tengan su misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia.
Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica parecen balbuceos infantiles frente a las vueltacaras ( = tránsfugas) de los políticos mediocres. El desprecio de los hombres probos no los amedrentan jamás. Confía en que el bajo nivel del representante apruebe la insensatez del representado.
Por eso ciertos hombres inservibles se adaptan maravillosamente; el pueblo se prosterna ante los fetiches más huecos y los rellena con su alambicada tontería.
Los cómplices, grandes o pequeños, aspiran a convertirse en funcionarios. La burocracia es una convergencia de voracidades en acecho. Desde que se inventaron los derechos del hombre todo imbécil los sabe de memoria para explotarlos, como si la igualdad ante la ley implicara una equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir a expensas del Estado rebaja la dignidad.
El funcionario crece en las modernas burocracias. Otrora, cuando fue necesario delegar parte de sus funciones, los monarcas elegían a hombres de mérito, experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos a la casta feudal; los grandes cargos lo vinculaban a la causa del señor. Junto a ésa, formábanse pequeñas burocracias locales. Creciendo las instituciones de gobierno el funcionarismo creció, llegando a ser una clase, una rama nueva de las oligarquías dominantes. Para impedir que fuese altiva, la reglamentaron, quitándole toda iniciativa y ahogándola en la rutina. A su afán de mando se opuso una sumisión exagerada. La pequeña burocracia no varía; la grande, que es su llave, cambia con cada gobierno.
El mérito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con ella se asciende por caminos equívocos. La característica del zafio es creerse apto para todo, como si la buena intención salvara la incompetencia.
Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la servidumbre y la adulación. Existen desde que hubo poderosos y favoritos.
Hay miserables afanes de popularidad, más denigrantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo de las turbas, puede mentírseles con alabanzas disfrazadas de ideal; halagar a los ignorantes y merecer su aplauso, hablándoles sin cesar de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento a la propia dignidad.
De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y dice la verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni se subvierta, transmitiéndola al porvenir; es la virtud cívica. Nunca un genio ha sido encumbrado por una mediocracia.
Llegan contra ella, a pesar suyo, a desmantelarla, cuando se prepara un porvenir.
El hombre probo y con talento crea instituciones y el bárbaro las viola: los mediocres las respetan, impotentes para forjar o destruir. En el país suelen haber equívocas jerarquías militares, opacos títulos universitarios y almidonada improvisación de alcurnias advenedizas que forman la mediocridad dominante. Siempre que desciende la temperatura espiritual de un pueblo o de una clase social, encuentran propicio clima los obtusos y los seniles. Las mediocracias buscan sus arquetipos en la penumbra. Temen la originalidad y la juventud; adoran a los que nunca podrán volar o tienen ya las alas enmohecidas.
Adventicias jaurías de mediocres rumian un credo, fingen un ideal, enarbolan fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. Eso basta para disputar a codo limpio el acaparamiento de las prebendas gubernamentales. Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma infalible. En cierto momento la ilusión ciega a muchos, acallando toda veraz disidencia. La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro: nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en la vergüenza común.
Muchos viven durante años en acecho; escúdanse en rencores políticos o en prestigios mundanos. Otros yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del poder, aspirando a cometerlos en beneficio propio. En la mala racha, los facciosos siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación al ayuno disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno, mansos bajo el torniquete. El grupo y los simpatizantes los inflan con solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una hebra de la telaraña tendida para captar el gobierno.
Un programa abstracto es perfecto: parece idealista y no lastima las ideas que cree tener cada cómplice. De cada cien, noventa y nueve mienten lo mismo: la grandeza del país, los sagrados principios democráticos, los intereses del pueblo, los derechos del ciudadano, la moralidad administrativa. Todo ello, si no es desvergüenza consuetudinaria, resulta de una tontería enternecedora: simula decir mucho y no significa nada. El miedo a las ideas concretas ocúltase bajo el antifaz de las vaguedades cívicas.
En ciertas horas las turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No podría serlo;
en las mediocracias desaparece. Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades espirituales inconfundibles con los partidos. No basta ser multitud para ser pueblo. El pueblo encarna la conciencia misma de los destinos futuros de una nación. Aparece en los países que un ideal convierte en naciones y reside en la convergencia moral de los que sienten la patria más alta. La austera sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de las apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices,nublándose de humos y cubiertos de fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es confesarse inferior a él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en vehículos y aviones lujosos, sueñan con recepciones allende los océanos. Ofrecen ambos flancos a la risueña ironía de los burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que recuerda las cortes y señorías de opereta. Sospechan que existen ideales y se fingen ser sus sostenedores; incurren en los más conformes a la moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, pero la mutilan, la atenúan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos que disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos; salta a la vista a pesar suyo y es su castigo. En su disfraz de idealismo; son deleznables los vagos principios que aplican a compás de oportunistas conveniencias. Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores que cuando no gobiernan. El mal que hacen los tiranos es un enemigo visible; la inercia de los poltrones, en cambio, implica un misterioso abandono de la función por el órgano, la acefalía, la muerte de la autoridad por inaccesible a los remedios.
La corruptela moral de las mediocracias es anteponer el valimiento al mérito. Hasta ahora parece no haber existido una democracia efectiva y plena.
Muchas de las castas aristocráticas no son mejores; en ellas hay, también, crisis de mediocridad y tórnanse mediocracias. Así como las tituladas democracias pueden no ser tales, las pretendidas aristocracias no pueden serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo que en las Tabernas.
Las aristocracias tradicionales conciben la sociedad como un botín reservado a una casta, que usufructúa sus beneficios sin estar compuesta por los mejores hombres de su tiempo. La degeneración mediocrática, es un "culto de la incompetencia", no depende del régimen político, sino del clima moral de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas; nunca por reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios beneficiarios. En vano son ensayadas por los tontos o simuladas por los bribones: las leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una resultante concreta de la moral.
Todo renacimiento después de un largo proceso de decadencia se anuncia por el respeto de las diferencias, por su culto. La mediocridad calla, es impotente y hostil.
La "aristocracia intelectual", fue la quimera de Renán. En la aristocracia del mérito corresponde tanta parte a la virtud y al carácter como a la misma inteligencia; de otro modo sería incompleta y su esfuerzo ineficaz. El privilegio debería medirse por la eficacia de las aptitudes y se perdería con ellas; el credo en política podría sustentarse con una mezcla de idealismo fundado en la experiencia y con alta dosis de probidad.
Médico Neurogerontología – Neurogeriatría Master en Gerontología Social Universidad Autónoma de Madrid República ARGENTINA E-mail: leonardostrejilevich@hotmail.com