"Urtubey ha ensayado su magisterio de aventajado alumno del romerismo, primero, y del kirchnerismo después". Nelson Muloni analiza la situación preelectoral
"Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos", decía Jorge Luis Borges y Juan Manuel Urtubey, el gobernador de las promesas y la apostasía, podría ser muy bien el objeto de ese nutrido pensamiento borgeano. Tanto cambio incumplido, mutó al gobierno en una baratura inmoral, devenida en espejo de su rencor.
Nada desnudó tanto el desvencijo moral de la política actual, como la campaña que derivará en los comicios de este domingo en donde el kirchnerismo agotará el folletín de avasallamiento y autoritarismo como nunca antes se ha conocido en el país en etapa democrática alguna.
En Salta, Urtubey ha ensayado su magisterio de aventajado alumno del romerismo, primero, y del kirchnerismo después. Cualquier otra opción podría ser considerada sin rubores por este mandatario que, como en "El retrato de Dorian Gray", de Oscar Wilde, embellece frente a su propia imagen en la tela, que es la que exhibe, día tras día, los rasgos de la impudicia, la perversión, la inmoralidad hasta que el cuadro, finalmente, adquiere el rasgo impoluto, y el personaje, la putrefacción de la imagen.
Y esta campaña es una mancha más en el rostro de un gobierno que, como el de Capitanich en el Chaco o el propio Kirchner, en el resto del país, son los más altos exponentes de lo peor de la política argentina. Porque este joven Urtubey que sembraba maravillas del menemismo y aborrecía, con el mismo empeño, al matrimonio que después sería presidencial, tuvo el mejor (o el peor, según se vea) maestro: su hacedor, Juan Carlos Romero.
Pero Urtubey, hoy está visto, quiso ser él mismo, embanderando el aire salteño con un neokirchnerismo que no terminaba de ser, siquiera, una entidad ni una idea. Y el antiguo maestro trocó en el peor de los enemigos del actual mandamás gobernante. Y así como Romero esquilmó esperanzas, éste vino a liquidar sueños.
Romero pasó, así, a ser el receptor de las iras reivindicatorias del cambio. Pero, como decía Borges, "hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos", y Urtubey terminó aventajando a su enemigo y padre. Fue el parricida típico, Edipo Rey con las manchas de Dorian Gray en el rostro.
Tan parecido quedó que se llevó consigo a un hato de deslealtades que ostenta, justamente, un pragmatismo con lógica feroz: "Si no hacemos esto, quedamos fuera del banquete", sería la síntesis cínica que expuso uno de ellos en las inmediaciones de un edificio gubernamental recién construido.
No le va en saga a Urtubey, la oposición local, convertida en tienditas de campaña tristes, estúpidas y tan aborrecibles como la del oficialismo. Lo más notable (que se nota, no que sea valioso) quizás sea, en el mismo esquema del retrato wildeano, el siempre candidato y albacea testamentario de cuanto cargo político y/o dictatorial ande dando vueltas por ahí: Ricardo Gómez Diez, hoy postulante de un vergonzoso (y vergonzante) acuerdo en el que no cree ni la mentora del mismo, Elisa Carrió ("Menos en Salta, vamos a andar bien en todo el país", dijo hace un par de días).
Gómez Diez tuvo un enemigo declarado ya en 1995: Jorge Oscar Folloni, el hoy postulante del Partido Renovador. Ese año, Folloni enfrentó a Juan Carlos Romero y perdió las elecciones a gobernador por apenas tres mil votos. Culpó de "alta traición" a Gómez Diez que le había retaceado el soporte partidario en las instancias finales de la campaña. Hoy, Gómez Diez toma la misma amarga medicina: los radicales le escatiman el apoyo y su derrota tendrá como basamento argumental esa supuesta falta de compromiso.
La diferencia con el '95, es que Gómez Diez pertenecía entonces al mismo partido que el traicionado Folloni. Ambos, inclusive, fueron antes socios/cómplices procesistas Los radicales de hoy, en cambio, no soportan a Gómez Diez ni estuvieron de acuerdo con ese manchancho electoral que lo lleva como candidato con la complicidad de un tilingo conservador reaparecido y un abogado, desertor de la moral humana, que amenaza con inventar causas penales a sus enemigos. Los radicales no lo traicionan, defienden su derecho y sus convicciones. El retrato de Dorian Gray se le hizo realidad a Gómez Diez, antes de lo que esperaba.
Por supuesto que hay más, muchos más, enrolados en esta epopeya siniestra de la inmoralidad política: además de Urtubey, la pléyade romeriana devenida urtubeycista o Gómez Diez, con el deshilachado poncho de sus amores inmobiliarios a cuestas, también están los renovadores como Julio De Vita, que fue el primer factor de apoyo a las mentiras de Urtubey hasta hace no menos de dos meses atrás; la decepcionante Nora Giménez, que, en una demostración de inservible ingenuidad política, dos días antes de las elecciones se dio cuenta de la turbiedad del gobierno al que perteneció sin sonrojarse y al que defendió a capa y espada, o los kirchnerianos del Partido de la Victoria que de unos cuantos que eran quedarán en "¿cuántos somos?".
Todos ellos (y más) parados frente al retrato de los que fueron, nomás, sus propios enemigos y a los que se parecen cada día más. Parados, en fin, frente a ellos mismos...
Por Nelson Muloni
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