La Edad Media se coloca como un tiempo intermedio entre el esplendor de la Antigüedad clásica grecorromana identificada por su excelsitud en el arte y la cultura y la renovación cultural que significó el Renacimiento y su expresión filosófica expresada en la corriente del Humanismo.
El periodo medieval carga con el preconcepto de haber sido una época oscura, sumida en el retroceso intelectual y cultural, el aletargamiento social y económico, asociada al feudalismo en sus rasgos más oscurantistas. Un tiempo signado por la ignorancia, la superstición, la violencia y las epidemias apocalípticas, pero sin embargo, este tiempo fue muy rico en expresiones culturales.
Las abadías se convirtieron en el eslabón que unió aquella antigüedad clásica con el mundo moderno: traducciones de códices, excavaciones, estudios, arquitectura y pensadores del tal fuste que perduran hasta hoy, incluso más allá de las hogueras de la Inquisición como el notable Giordano Bruno.
Aquella sociedad feudal se caracterizó por ser estamental, es decir, fue un tipo de organización social basada en la desigualdad de condiciones, con un sistema jurídico-político manejado por los señores y reyezuelos y legitimada por la tradición y la teología católica: “el hombre y el mundo son para Dios”, por lo tanto, toda miseria y dominación debían soportarse en orden a la salvación eterna, lo que hoy podríamos traducir que había que sufrir porque Dios así lo había determinado, aunque es muy simplista este recorte.
En ese marco los individuos permanecían adscriptos a los diferentes estamentos (categorías) ordenadas jerárquicamente con sus limitaciones políticas, sociales y jurídicas. Así, un estamento se definía por un “común estilo de vida o análoga función social”. Eran agrupaciones cerradas a las que se accedía en principio por el nacimiento.
El estamento se diferencia de las castas en que en éstas es imposible la movilidad social; en el estamento en cambio un individuo puede promocionarse a otro nivel según sus “méritos extraordinarios”, vg., el “ennoblecimiento”, cuando el rey o señor por los servicios militares prestados le reconocía un mayor rango, o bien, por la compra mediante una suma de dinero. Otras posibilidades eran el matrimonio y el servicio militar y la vida religiosa.
De allí que la moral religiosa medieval fuera tan relajada porque muchos profesaban a sabiendas de que era la única posibilidad de estudio y ascenso social, justificadas por la “vocación” o llamada divina. El privilegio La diferencia fundamental entre los tres estados estamentales clásicos (Nobleza – Militares y Clero – Vulgo) estuvo dada en los privilegios que determinaban una desigual condición de las personas, tanto jurídica como socialmente.
Los individuos que pertenecían al estamento superior se casaban entre ellos para cuidar las herencias y títulos nobiliarios, por ejemplo. Los oficios “mecánicos” el comercio, el artesanado, etc., no eran compatibles con la calidad de los nobles. De esta forma de ser participaba también la familia de los nobles entre los cuales el hijo mayor heredaba título y propiedades (mayorazgo) y el inmediato (segundón) tenía por destino el clero en una posición adecuada al rango de su familia y a las donaciones que hubieran hecho a la Iglesia.
Si moría el mayor, el segundo dejaba los hábitos para ocuparse de la vida familiar (Ramiro II el monje, por ejemplo). Ya que estamos, digamos que las mujeres debían casarse con el mayor de una familia mientras que las menores tenían por destino un convento. Como se ve, la Iglesia Católica monopolizaba a la sociedad, la cultura y “bajaba la línea” de la ideología a seguir.
La “Crisis del siglo XIV” desbarató este esquema y dio nacimiento a la burguesía y con ella al capitalismo; tiempo de migraciones, peregrinaciones y aparición de pintorescos personajes: mercaderes, estudiantes, y “goliardos” (del bajo latín gens Goliae, propiamente «gente del demonio», con el que se conocían a los clérigos de vida irregular).
Siglos más tarde, esta forma estamental de la sociedad se repitió con el absolutismo cuya máxima expresión fueron los Luises de Francia que usufructuaron del poder trasquilando a la población. Aquel esquema con matices propios se repitió hasta Luis XVI a quien la Revolución Francesa le cortó la cabeza. Argentina, país del extremo sur de la América, próximo a cumplir 200 años…
No es posible establecer en qué momento del siglo XX el sistema socio-político argentino mudó de proyecto. De aquella ansiada República que pensaron los hombres de 1810 (aunque Belgrano pregonara una monarquía parlamentaria), hallámonos en las formas y los modos del más arcaico feudalismo medieval, para colmo, ni siquiera nos queda ese lustre de cultura universal.
Quizás ocurrió el día en que X se sentó en el llamado “Sillón de Rivadavia” e intentó perpetuarse en el poder. Advirtió que la República no le sería útil puesto que en ese sistema todos tienen derecho a expresarse y llegado el caso ¡a cambiarlo por otro! Además, en la República el pueblo estudia, crece y eso le da movilidad social lo cual perjudica los privilegios porque en cualquier momento un “cualquiera” puede disputarle el trono.
¡Encima piensan! Había que volver al feudalismo, construir un castillo y repartir parcelas alrededor. Lo llamaron esquema de gobierno y las parcelas se titularon asistencialismo. El rey (presidente-gobernador) debía contar con un ejército propio que no serían los militares de carrera a quienes ya habían destruido; como en aquellas épocas, esa milicia debía ser mercenaria.
Acudieron a los sindicatos. Pero toda corte está poblada de nobles cuya característica principal siempre fue la de ser adinerados; así formaron gabinetes y cámaras de legisladores con amigos-parientes empresarios (o los primeros terminaron siéndolo) dispuestos a jugarse la vida por el señor cuando un enemigo quisiera avanzar sobre el feudo. A cambio, su graciosa majestad les otorgaba todo tipo de prebendas.
En este sistema el hijo mayor también hereda las mercedes de su papi (lugar en las listas). Mas, corte sin cortesanas no tiene gracia, y convocaron a sus amigas más fieles para que les sufragaran sus necesidades administrativas (y de las otras). Algunas llegaron a manejar importantes espacios de decisión. Bien decía Bulgeroni (Leer Los Dueños de la Argentina I de Majul), “el camino del gerente o del funcionario se hace por la secretaria”. ¿Cómo acceder al universo del señor feudal?
Por méritos políticos (“méritos extraordinarios”: levantando la mano, haciendo lobby, siéndole fiel hasta en la iniquidad -¿se acuerda del senador Alasino?-), o bien comprando el título honorífico (“quiero ser diputado y pongo tanto por el cargo”). Como en la antigüedad, todavía existe el Alto Clero y el Bajo Clero, perteneciendo a ésta última clase los sacrificados párrocos que se rompen diariamente entre el polvo y las necesidades de sus fieles.
Admiro a Giordano Bruno y no deseo terminar como él, por lo que sobre este particular me abstendré de mayores comentarios dejándolos en todo caso librados al criterio del lector. Queda la masa, el vulgo, que labora (no labura) el campo diariamente en escuelas, oficinas, talleres, y toda otra clase de “artegianato” y paga su tributo para que los señores de las clases altas vivan como viven.
Mientras en el estado llano prolifera la ignorancia y la superstición (veánse los clasificados abarrotados de magos, adivinos y quiromantes que prometen soluciones “por unas fumadas” y hacen fortunas). Es como aquella, una sociedad violenta donde la inseguridad ha ganado desmesuradamente las calles y como si algo faltara también tenemos epidemias apocalípticas (Gripe A).
Lástima, que en este esquema tan medieval -muy linealmente descrito porque esto da para hilar mucho más fino pero por respeto al lector y al espacio no se puede abundar más- no haya lugar para la ilustración. Nuestro Medievo argentino no recoge ni traduce para los venideros la cultura argentina del Centenario, no hay traductores, ni iluminadores, pocos historiadores quedan, las academias palatinas (universidades) sufren la insuficiencia académica de quienes aspiran a estudiar en ellas, la discusión de los grandes temas nacionales está ausente en este Bicentenario-medieval, porque no es una política de estado. Peor aún, en esto nos hemos ido a los tiempos más brutales del Imperio Romano estableciendo sí como política de estado el “Panem et Circenses”.
El reyezuelo de turno (y ya vienen pasando varios) no ha advertido la enseñanza de la historia. No se puede abusar del poder en beneficio de unos pocos.
Ellos piensan como señores feudales y el vulgo (pueblo) cree en la República. No vaya a ser cosa que de tanto tensar la paciencia se produzca otra Revolución a la francesa.. y entonces rueden cabezas. Sólo que esta vez el filo de la cuchilla será el borde de las boletas.-
Que pase un buen domingo.
Ernesto Bisceglia