ERNESTO BISCEGLIA PARA EL INTRANSIGENTE

Cuando la Palabra nos condena

Es imposible negar que la Civilización Occidental acusa serios problemas que ponen en no menos serio riesgo su viabilidad.

  • Domingo, 16/08/2009 | 04:10 hs

Es imposible negar que la Civilización Occidental acusa serios problemas que ponen en no menos serio riesgo su viabilidad. De hecho, los síntomas fríamente analizados darían a pensar que nos hallamos frente a una crisis terminal, entendiendo claro, el término “crisis” en su acepción de “cambio”. Quizás en este marco conceptual el mayor problema consista en dilucidar qué tipo de cambio se avecina.

La posmodenidad propuso más que una época de cambios una verdadera y rotunda Época de cambios que avasalló con todos los valores heredados de la modernidad: patria, familia, religión, autoridad, sociedad civil, etcétera.

El ansia desesperada de buscar un modelo de absoluta libertad terminó apresando en las garras de la contradicción y la paradoja al mundo occidental. Cuanto más se reclama libertad más prisiones se abren para el hombre posmoderno que vive en el vacío existencial y ha caído en la angustia vital. Esto nos explica la cada vez más alta tasa de suicidios de adolescentes y en el colmo de la gravedad ya de niños también.

La destrucción del sistema cultural de Occidente dio por tierra con patrimonios que son exclusivos del ser humanos, de modo que renunciar a ellos significa es caer en el vacío de la contingencia social y espiritual. Uno de los patrimonios más caros al ser humano que ha sufrido esta degradación y del cual queremos ocuparnos hoy es el lenguaje.

La Palabra define y distingue al ser humano de las demás especies vivientes. Es tal vez la mayor coparticipación de la esencia divina que se manifiesta en las personas. Dios creó mediante la Palabra que fue la expresión –“fiat”- de la voluntad de hacer. Somos capaces también nosotros de crear mediante la palabra, de hecho, a través de ella designamos a las cosas y manifestamos nuestras ideas interiores. También podemos destruir mediante la palabra cuando nos expresamos negativamente sobre alguien o algo.

El “Logos” es vivencia extraordinaria que precede al ser y lo trasciende; es la manifestación de la excelsitud de las categorías que componen ese acervo inconmensurable de posibilidades creadoras que posee cada uno. Lo expresa con claridad ontológica y sabor literario el Prólogo del Evangelio de San Juan: “Al principio era el Logos” (Jn, 1-1) y señala esa potencialidad que se sella en el acto de la creación cuando dice “y todas las cosas fueron hechas por Él”. Sin entrar en la dimensión filosófica ni mucho menos teológica del sentido del “Logos”, hoy asistimos a la destrucción de esa capacidad excluyentemente humana.

La víctima más afectada de la posmodernidad es la Palabra porque el hombre va degradando su lenguaje de la manera más inconsciente y desatinada. La versatilidad que ofrece una lengua para expresar lo que se siente y quiere es cada vez más limitada, sobre todo en un lenguaje tan rico y extraordinario como el castellano.

Esta degradación del verbo no es otra cosa que la expresión fáctica de la degradación espiritual del sujeto posmoderno. El individuo que pierde la dimensión de los valores necesariamente pierde correlativamente la capacidad para expresarlos. Por ejemplo, lo que antes era bello ahora es ridículo. La belleza de la ortografía ha sido reemplazada por la simple posibilidad de entender lo que se dice sin el cuidado de las formas, vgr.: “huevo” o “uevo” da igual, si al fin sabemos de qué estamos hablando, del producto gallináceo. Esto, como decimos, ya expresa un síntoma de degradación.

Pero el problema asume ribetes más preocupantes cuando además de la simplificación –si así podemos llamarla- del idioma, además se suma la distorsión del mismo.

En esto ha contribuido de manera determinante el uso de las nuevas tecnologías. El e-mail, por caso, ha destruido la hermosa construcción de forma y verbo que antes convenía a una carta. Ha aligerado la carga semántica de una redacción florida en recursos para simplificarla al extremo más rústico y hasta elemental.

Ni qué decir de msm (mensaje de texto) de los celulares. La dinámica de la comunicación ha ido primero abreviando las palabras para luego sencillamente reemplazarla por monosílabos y ni siquiera eso, simples agrupaciones de letras y números que infieren una nueva manera de codificar el mensaje.

Y aquí está el problema, en la decodificación del mismo; porque siendo todo código una organización de signos y símbolos derivada de un acuerdo, hay que quienes comienzan a quedar afuera de esos microsistemas lingüísticos al no participar de ese acuerdo. El caso más común somos los padres que recibimos a veces mensajes de NUESTROS PROPIOS HIJOS y nos quedamos pensando qué quisieron decirnos. Voces (así podrían llamarse) como “TKM” uno interpreta como “te quiero mucho”, o bien podría querer expresar “te queremos muerto”, qué se yo. Una expresión del tipo “Sak2”, uno no sabe si es un arma de origen soviético al tipo AK47, o una fórmula química, o bien, el angelito ha querido expresar que están todos locos. Podríamos consignar tantos otros ejemplos pero éstos ilustran bien qué queremos decir.

El chat, nueva forma de relacionamiento humano por la rapidez que implica y que la gran mayoría no sabe escribir a máquina impone utilizar cada vez más esta nueva codificación lingüística. Como se “chatea” entre amigos o conocidos, éstos forman una “comunidad de chat” que va asumiendo sus propios códigos de comunicación. Los de más allá hacen lo mismo y los terceros también. De modo entonces que sin quererlo, se van formando grupos cada vez más aislados lingüísticamente.

No es absurdo pensar que llegará un momento en que éstos no comprenderán qué están queriendo decir aquellos, ni ambos lo que desean expresar los de más allá, con lo cual estamos transitando ya el camino de la confusión de lenguas.

Imagino que no serán pocos, padres o docentes que ya han tenido esta experiencia. Tanto en el aula como en la propia casa se suceden momentos en que los párvulos no comprenden que los adultos estamos diciendo porque primero, el vocabulario es cada vez más limitado y luego, la continua abreviación de palabras y transformación de las mismas, sumados a los neologismos y palabras extranjeras que van incorporando, resultan en incompatibilidades verbales de las cuales será un día imposible volver.

La Escritura enseña que un día los hombres intentaron alcanzar a Dios y dispusieron construir una torre para llegar a Él; “de repente, Dios hizo que hablaran lenguas diferentes (…) Esto causó a los grupos que hablaban los mismos idiomas juntarse y moverse a otras partes del mundo. Ellos se olvidaron que estaban construyendo la torre” (Génesis 11; 1-9).

Sin ánimo de ser apocalíptico, en nuestra realidad encontramos numerosos ejemplos de soberbia e intentos de alcanzar a Dios (la clonación como intento de crear otro hombre), así también no pocos indicios de que todo se tambalea. La destrucción del lenguaje en los términos que decimos bien puede ser una advertencia de que hay que cambiar el rumbo.



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Comentarios (2)

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nestor molinati | 17/08/2009 | 13:17 |
ah el inmenso placer del idioma!! Bueno lo suyo profesor.-
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Eduardo | 16/08/2009 | 08:51 |
Querido Profesor: Aunque estoy casi totalmente de acuerdo con Ud. (salvo en eso de mezclar la religion con el lenguaje), creo que todo avanza, mal o bien..sino aun estariamos escribiendo caracteres cuneiformes. Por otro lado, el problema solo ataca a los chicos. Cuando crecen vuelven al lenguaje normal auqnue talvez sin el entrenamiento de usarlo.
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