No sé quien dijo alguna vez que “La verdad ofende, por ello, es de sabio medir el éxito y la honestidad de un periódico al número de sus enemigos”.
Es interesante ver de qué manera el poder cambia a los hombres, por eso qué acertado es aquel dicho que sentencia “no los cambia sino que los muestra como son”. Algunos cambian hasta la forma de caminar y sus gestos, pero uno de los cambios más notables es el de sus rostros que se vuelven adustos y hasta solemnes, como si el endurecimiento facial fuera una condición para la función pública. Algunos llegan a tener hasta “cara de piedra” directamente; será porque es la única manera de poder mirarnos después de lo que hacen.
El poder les afecta dos sentidos, el sentido común, porque de otro modo no se comprenden algunos desatinos que emanan de sus mentes y el sentido del humor porque confunden la broma con el agravio sin detenerse a pensar que son los seres irracionales los únicos que no saben reír. Y la primera demostración de inteligencia de un ser humano es su capacidad para reírse de sí mismo.
Esta cuestión del poder y el humor es tan antigua como la historia; podríamos irnos a la antigüedad y ya encontraríamos ejemplos y montañas de cabezas que han rodado por el simple hecho de ironizar sobre el poder o la persona de quien lo ejerce. Ni qué decir de algún sector del catolicismo que en algún tiempo llegó a pensar que la risa era cosa del demonio, cuando no hay mayor humorista que el propio Dios. Caso contrario, aquello de “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” no sería real; si podemos reír, ergo, Dios también lo hace. (Por las dudas, vayan a quejarse a Humberto Eco)
La historia oficial de los conflictos entre humor político y poder comienza con el fraile Francisco de Paula Castañeda que editaba aquellos periódicos de títulos grandilocuentes como “El Despertador Teofilantrópico Místico Político que le valió terminar desterrado. No se amilanó ni siquiera con sus propios superiores que defendían los privilegios del alto clero y publicó periódicos como “El Lobera”, “La Verdad Desnuda” y “La Guardia Vendida por el Centinela”, éste último en alusión a la actitud complaciente del nuevo administrador apostólico de la diócesis; y nuevamente fue a dar con sus huesos en el destierro. Otros diarios de ese tono fueron “El Torito” y “La Avispa”, “El Talismán” y el “Gigante Amapolas”.
“Haga trabajar a sus diputados... ¡No los vote!”
Urquiza tenía una imprenta volante (atendida por el italiano Carlos Penuti, el mismo que pintó el cuadro “Vista de la ciudad de Salta hacia fines de 1854” que se expone en el Museo del Cabildo Histórico); Bartolomé Mitre y Domingo Sarmiento ejercieron el periodismo de oposición y cuando fueron presidentes no dudaron en cerrar los diarios que los caricaturizaban.
En 1863 salió “El Mosquito”, periódico dominical “satírico-burlesco” que contribuyó a desentrañar un momento delicado de la historia institucional del país. Se despidió del público en 1893 con una caricatura en la que se veía a Luis Sáenz Peña cocinado a fuego lento por la oposición. José Hernández mayormente conocido por su obra “Martín Fierro” ejerció también el periodismo de corte satírico participando en “El Bicho Colorado”. De esta época son también “Don Quijote” (1884-1903) y la tradicional “Caras y Caretas” (1898-1939) que sobresalía entre otras publicaciones del mismo estilo como “El Cid Campeador” (1894-1895) y “La Bomba” (1895-1898).
"Las inundaciones no se producen porque los ríos crecen, sino porque el país se hunde."
Un hito entre las revistas de humor político fue “Tía Vicenta”, la creación de Juan Carlos Colombres, más conocido por su seudónimo de “Landrú”, cerrada por Onganía el 17 de julio de 1966 en una muestra cabal de intolerancia y falta de sentido del humor, rasgo distintivo de los totalitarismos.
Cuatro años más tarde renacía el periodismo de humor con “Hortensia” en la provincia de Córdoba, fundada por Cognini y que resultó el semillero de dibujantes de la talla de Roberto Fontanarrosa y Crist, y de una mujer que ejercitó este género Marlene Pohle.
Un año más tarde aparecía en Buenos Aires “Satiricón” que hacía befa de la dictadura militar y decía lo que todos temían o no podían decir, a la vez que denunciaba lo que el gobierno intentaba ocultar. Tal fue el éxito de esta publicación que en el interior del país los quiosqueros hacían listas de espera de quienes querían comprarla. En setiembre de 1974, una decisión miserable (como ella) de María Estela Martínez de Perón la clausuró –dicen- por consejo de José López Rega. Sus propietarios, Oscar Blotta y Andrés Cascioli –recientemente fallecido- crearon entonces por separado las revistas “Mengano” y “Chaupinela”, ambas clausuradas por la Junta Militar en abril de 1976.
“Todos prometen, nadie cumple; vote a nadie"
Cuando el Mundial Argentina 1978 daba sus primeros pitazos nacía la célebre Revista HUM® Registrado, “Humor” en el lenguaje del hombre de la calle que se nutrió de un pensamiento teñido de “bohemia izquierdista” si se me permite el término, porque no eran aquellos artículos que destilaran violencia ni muchos menos resentimiento, y eso que quienes escribían allí estaban entonces proscriptos, exiliados o habían pasado por detenciones arbitrarias. En esas páginas se podía encontrar lo que “todos querían saber y nadie se animaba a preguntar”, en un verdadero despliegue de ingenio e inteligencia. Célebres fueron las tiras de Tabaré o la sátira médica “La Clínica del Dr. Cureta” llevada luego al cine encarnada por Gianni Lunadei.
HUM® Registrado padeció las denuncias y censuras de los militares y de la Iglesia porque, hay que decirlo, no se privaban de nada y en su tapa se daban el lujo de ridiculizar caricaturizados como simios a los miembros de la Junta Militar o ironizar al Cardenal Primado bajo el título de “La República Cosida” haciendo alusión a la censura.
Constituyó un caso inédito en la historia del periodismo satírico argentino y de la gráfica argentina, de 100.000 ejemplares llegó a vender 350.000 en la época de Malvinas. Llovían los juicios y los abogados debieron apelar a la figura del “animus iocandi” para defender la publicación; es decir, que se ironizaba para divertir y no para ofender. No obstante su éxito, una edición fue secuestrada íntegra por la Junta Militar y no salió a la calle.
Scalabrini Ortiz decía que los argentinos somos tímidos, por eso sólo sonreímos frente al chiste político, pero es la forma que tiene el pueblo de hacer justicia y oposición.
Al poder nunca le gustó el humor y fueron largos los tiempos en que el humor político estuvo proscripto pero sobrevivió desde el panfleto, el libelo clandestino o el graffiti como una forma de desahogarse frente al atropello de los gobiernos.
“La política no se diferencia de la alpargata, da lo mismo la Izquierda que la Derecha”
Pero no vamos tan lejos, una prueba de que esta mala relación entre el humor y el poder sigue vigente es la sección “El chiste del día” de este mismo diario. Cuando

comenzó a publicarla inmediatamente se posicionó al tope de las noticias más leídas y supimos entonces que las humoradas que a los lectores hacen reír a diario, en los pasillos del gobierno produjeron ceños fruncidos y calificativos a la madre de vaya a saber quién. Tal vez, porque a los salteños les pasa con esa columna lo mismo que ocurría con los argentinos con las publicaciones antes mencionadas.
Quizás sea que quienes ejercen el poder en cualquier lado que fuere se toman muy en serio aquello que alguien escribió con humor y en desprolijo aerosol: “La “verdad” no es lo que importa… sino tener razón”.