Sí, en Salta como en casi todo el país el peronismo agoniza y quizás esté ya en una etapa terminal aunque no podamos darnos cuenta porque el discurso político continúa insistiendo en enarbolarlo como bandera, en el fondo esto sólo tiene fines útiles de sentido económico y político, en ese mismo orden.
Es una paradoja porque Salta, en lo político es ancestralmente peronista, diría más, genéticamente peronista; los miles de ciudadanos que sostienen a este partido desde hace décadas nunca vieron a Perón o su obra, la gran mayoría no conoce siquiera en profundidad la actuación histórica de este movimiento, algo sobre lo que resulta fundamental profundizar porque es imposible comprender la Argentina contemporánea sin el peronismo.
El esquema que gobierna en nombre y cuenta del peronismo se reduce cada vez más a una pantalla en la que se proyectan imágenes, banderas, escudos con la marcha de fondo, cuando precisamente esto es lo que le falta: fondo. Es un andamiaje urdido para engatusar a la gran masa en la cual reverbera todavía un auténtico sentimiento peronista. En los barrios, en el interior provinciano los militantes se emocionan cuando se habla de Evita, del General, cantan la marcha a voz en cuello como si fuera un segundo Himno Nacional. Quien no ha palpado esta realidad no podrá evaluar lo que estoy diciendo, pero es así. El pueblo sigue siendo visceralmente peronista, pero la dirigencia no.
Saliendo del discurso enunciativo, recorramos el campo del análisis objetivo. En 1945 se operó en el país la primera gran revolución social, política y económica con una intensidad que alcanzó rango constitucional, pero la experiencia fue muy breve, no llegó a sostenerse ni siquiera dos períodos cuando desde las sombras las corporaciones que formaron y dirigieron el país desde 1810 “devolvieron las cosas a su lugar”, por decirlo así. Aún peor, la Revolución Libertadora abrió heridas que todavía hoy no podemos cerrar.
El peronismo como movimiento planteó una organización que movilizaba a la sociedad, éste fue su gran mérito, pero ¿cuál fue la razón por la cual se enquistó tan hondamente en todos los sectores? Fue su mística. La mística peronista que hacía que un argentino se reconociera con otro en igualdad de derechos y oportunidades, más allá de lo demagógico que tuviera aquel discurso que también es innegable. Pero esa fue la primera vez en la historia argentina que la sociedad en su gran mayoría se encontró vertebrada por un sentimiento político de indudable cuño nacional. Ni siquiera el radicalismo yrigoyenista lo había podido lograr; de hecho, después de 1930 bastaron quince años para que Perón tomara esas mismas banderas y haciéndola suyas junto con un sustrato tomado de la Doctrina Social de la Iglesia construyera su propio discurso. El peronismo en cambio lleva más de medio siglo arbitrando la política argentina.
El mundo cambió, la Guerra Fría terminó y con ella la lucha ideológica entre las izquierdas y las derechas que fueron superadas por la corriente neoliberal con los resultados que todos conocemos.
Otra paradoja fue que un gobierno peronista comenzó el desguace del propio peronismo. Pero no hay que echarle la culpa a un presidente, a un gobierno o a un ministro; aquello fue solo el derivado de una estrategia de alcance mucho más amplio para poder aplicar un programa que partió a la sociedad en dos: los ganadores y los perdedores.
La clave de ese proceso fue deslegitimar la política asociándola con la corrupción y el negociado para que las bases ideológicas que sustentaban a los partidos políticos precisamente, cayeran y así se perdió la mística y por lógica la militancia. El partido político dejó de ser de los militantes y vacío de contenido ideológico se convirtió en una empresa no más distinta de cualquiera otra. El dirigente dejó de ser tal para convertirse en un empresario de la política como lo demuestra el hecho de que para acceder a un cargo electivo “hay que ponerse”, lo que en lenguaje netamente económico sería “comprar acciones” de una empresa.
El empresario busca hacer más dinero para hacer más grande su empresa, así el político necesitó enriquecerse para conquistar más poder y se armó esta rueda que vemos girar cuyo movimiento continúa siendo alentado por el trabajo de los millones de “militantes y votantes” que aún creen seguir siéndolo. Esto nos explicaría en parte porqué seguimos votando a los mismos personajes; sencillamente porque son los que más “acciones” han comprado. El cómo han hecho ese dinero es un tema para discutir aparte, pero que en el imaginario colectivo está bien presente. Basta recordar aquel absurdo sinceramiento de Luis Barrionuevo: “tenemos que dejar de robar por dos años”.
Una vez firmado el deceso del peronismo militante, ese mayoritario espectro de la sociedad se desmovilizó y se debilitó. Y una sociedad desmovilizada y debilitada exige menos al Estado, con lo cual éste perdió calidad.
Basta comparar el estado del trabajador argentino en los años ’60 y tal vez ’70 con el de hoy, y la distancia es abismal. Aquella clase asalariada tenía un altísimo nivel de sindicalización, no existía el trabajo en negro y contaba con altos niveles de seguridad social donde el trabajador encontraba una verdadera contención. Las obras sociales daban planes de ahorro, créditos; hoy ni siquiera cubren cuotas más o menos razonables de salud, sino, no habría necesidad de coseguros, por ejemplo. Y hablamos de obras sociales provinciales incluso. Veamos en Salta el IPS nomás.
La transformación de la dirigencia en una elite económico-política hizo que pierda la capacidad de representación colectiva. El grueso de los afiliados a los partidos mayoritarios, sobre todo en el peronismo no se siente representado por sus dirigentes a pesar de votarlos reiteradamente, más en un acto mecánico y de fidelidad partidaria o doctrinaria que por un convencimiento en la capacidad del candidato, así se perdió la idea de destino común y se cayó en el disciplinamiento y en el financiamiento de las necesidades que es el mayor de los negocios de esta nueva empresa político-partidaria. Hoy ya no se le reclama al Estado (partido gobernante) planes sociales ni créditos sino un bolsón de comida, una chapa o un colchón.
Lo más grave es que al perder la mística de los partidos, en este caso del peronismo, se ha debilitado al Estado mismo con la inmediata y grave consecuencia del debilitamiento de la salud, la educación, la seguridad y también la justicia social que era la bandera más cara al sentimiento peronista. No pueden –a pesar de que descaradamente lo hacen- hablar de justicia social cuando es un dato de la realidad el enriquecimiento a mansalva de los dirigentes frente al deterioro de la calidad de vida de los ciudadanos y de sus propios afiliados.
El definitiva, el Estado ha sido convertido en una colonia que responde a una receta extranjera, manejado por testaferros –cipayos diría Jauretche en buen argentino- que juegan la partida que les imponen. Abajo, queda la gran masa, que con su esfuerzo y sacrificio diario alimenta la avaricia de poder y de dinero de un grupo pequeño, porque es un grupo pequeño, de dirigentes que levantan los dedos en “V”, cantan una marcha que no sienten, mencionan a Perón y Eva Perón, abrazan y besan chicos en los barrios como quien pone un sello todos los días en una oficina pública. El gobierno para ellos se ha convertido en un trabajo que para colmo ni siquiera realizan bien.
La tercera paradoja es que el peronismo ha sido copado por su más enconado enemigo: la oligarquía. La dirigencia peronista y quienes en su nombren gobiernan constituyen el más acabado cuadro de oligarcas, y si hundimos más profundo el bisturí, encontraremos también de aquellos que Eva Perón denunciaba en su diatriba más violenta: “vendepatrias”. El grupo gobernante es un meridiano ejemplo del “gobierno de los pocos”, a lo que agregaría, para los “cada vez más pocos”. ¿Quieren un ejemplo? Hasta la interna partidaria abierta no ha sido más que una pulseada entre “esos pocos” en la hicieron participar a toda la ciudadanía. ¿Quiénes fueron los candidatos? Los mismos “pocos” que ahora volverán a chocar cuernos en setiembre, los mismos “pocos” que ya lo hicieron antes y los mismos “pocos” que lo harán en la primavera del 2010, Bicentenario mediante.
Mientras tanto, en los pueblos, en las villas, aún en esas paradas que llaman actos políticos, los verdaderos peronistas siguen emocionándose con los sones de la marcha y la figura de Perón.