La cada vez más nutrida pléyade de personajes exóticos que se exhibe en las pantallas de televisión induce a pensar que alguno de los puntos del sistema comunicacional está fallando, porque de otro modo estas expresiones rayanas en la más literal degradación del ser humano no tendrían la popularidad que han alcanzado.
Otrora se ensayaban bromas para con las matronas que despuntaban a la hora de la siesta el vicio de ver telenovelas, que al fin no hacían otra que representar, a veces con algún toque de fantasía, situaciones de la vida real. Con argumentos reiterativos como el hijo no reconocido por el patrón criado por la empleada, el amorío de la mucama con el patroncito, alguna que otra infidelidad cuyo pronto descubrimiento provocaba la taquicardia de las señoras/jovencitas, o bien, el remanido tema de amores contrariados o padecimientos emocionales que hacían enjugar lágrimas a la teleaudiencia femenina. Los hombres, típicos machos argentinos, jamás admitían seguir la secuencia lacrimatoria, aunque sabido es que desgranaron tardes completas en el mismo menester.
Puesta esta imagen sobre el escenario de la actualidad televisiva, cierta añoranza se apodera de aquellos que recordamos “nuestra” televisión de los ’80 y parte incluso de los ’90. Al lado de las procacidades que se muestran despojadas de todo pudor, Porcel y Olmedo se asemejan a Hansel y Gretel.
Hay, sin embargo, un componente mucho más temible que subyace en el plano subliminal de los formatos actuales, es la exposición descarnada de la miseria humana. Siendo que el hombre –en sentido genérico- es el único animal capaz de degradarse a sí mismo, esta caída al abismo de las perversiones se ha convertido en el argumento más rentable por el alto rating que obtienen.
Estos altos porcentajes de audiencia denuncian que la sociedad padece una seria enfermedad moral porque de otro modo es imposible pensar que seres normales encuentren solaz y esparcimiento en la desgracia ajena. En términos de eras, quiere decir que hemos regresado a los tiempos presociales en que toda rareza, deformación física, minusvalía mental o fenómeno corporal era exhibido públicamente para escarnio de esos pobres entes y algarabía de las muchedumbres. ¡Y nos atrevemos a decirles antiguos!
Tal vez, hasta hace un tiempo, fuera posible admitir personajes extravagantes que parodiaban peleas y se propinaban insultos mientras otros hacían gala de su homosexualidad o apología de la prostitución como forma de salto social y hasta económico. Sin ánimo alguno de discriminar pues convencido estoy de que cada cual debe ser feliz con lo que sea, existe, no obstante, un límite para la exposición de la intimidad, es lo que las abuelas llamaban decoro personal, un cierto respeto por la propia persona.
Ahora resulta que de pronto las pantallas exhiben a un sujeto que travestido transita los canales haciendo el ridículo y como su aparición “mide muy bien”, lo pasean por los canales cual “rara avis” mofándose de sus limitaciones mentales, de otro modo no se concibe esto, y proponiéndolo como una figura consagrada. Le crean alrededor un mundo de supuesto glamour y hasta lo producen, sabiendo bien que cuando la medición baje será abandonado –desechado sería el término más correcto- sin que a nadie le importe cómo termine su vida. Incluso al mismo público.
Propongo el ejemplo por considerarlo paradigmático de la deshumanización a la que hemos llegado. Más allá de su figura extravagante, es una persona sin ninguna diferencia respecto de las que lo usan y las que se divierten a su costa.
Soy incapaz de advertir en qué punto de la caída libre estamos ya situados, pero la televisión es un claro parámetro de la desacralización de valores que hemos alcanzado; es la moderna arena romana donde se pasean desde liliputienses hasta seres con anomalías físicas, mentales y corporales, aunque los veamos incluso lindos en su apariencia. Esto es, aparentan ser normales.
La programación televisiva no es un capricho de los ejecutivos de un canal sino resultado de lo que pide la audiencia. Si consumiéramos más educación y cultura por caso, la programación se orientaría hacia ese campo, pero ya ni siquiera la política alcanza tanta preferencia (y eso que hay algunos ya parejos con el Abominable Hombre de las Nieves).
Cuando la pantalla expone estos contenidos tan sórdidos y nos sentamos a mirarlos, en realidad, estamos contemplando nuestra propia miseria.