ERNESTO BISCEGLIA PARA EL INTRANSIGENTE

No hemos aprendido nada

En esta Argentina “atada con alambre” se ha perdido el espíritu con que los inmigrantes fundaron la clase media argentina, pujante y arrolladora, aspirante y luchadora

  • Domingo, 06/09/2009 | 05:15 hs

El 4 de setiembre de 1812, el Primer Triunvirato firmó el decreto por el cual dictaba promover la inmigración extranjera en esta región “por todos los medios posibles”. Durante el gobierno del General Perón se firmaría el Decreto Nº 21430, que estableció esa fecha como el Día del Inmigrante, efeméride sobre la cual prácticamente nadie recuerda ni conoce nada...

En estos tiempos previos al recordatorio del Bicentenario, dos aspectos nos diferencian de aquella primera celebración: ya no somos ni por asomo el gran país que expuso Buenos Aires para el Centenario, y tampoco vuela en el aire un espíritu de festejo, sobre todo porque desde el gobierno esto no se alienta.

En cuanto a la fecha estrictamente, hay que decir que lastima el espíritu observar como la riqueza de un país ha sido dilapidada, pero no predicamos de la riqueza material sino humana. Nunca podremos volver a ser aquello porque la mediocridad se ha apoderado de todos los estadios sociales y así hemos reducido la cultura argentina al punto que bien podemos definirla con el verso de esa canción que dice: “lo atamos con alambre”.

Todo está en esta Argentina “atado con alambre”, porque se ha perdido el espíritu con que los inmigrantes fundaron la clase media argentina, pujante y arrolladora, aspirante y luchadora, pero sobre todo con un fuerte apego al trabajo y a la honestidad de procedimientos.

Ya Alberdi había notado que este país “cómodo para albergar a 50 millones de habitantes” con tan sólo un millón no tenía destino. Lo mismo había observado Sarmiento que volvió impresionado por lo que los colonos ingleses habían hecho en las llanuras del Mississipi. Claro, para desilusión suya de los barcos no bajaron los circunspectos y cultos ingleses sino el rezago europeo.

Sin embargo, y esto es lo maravilloso, esos millones de hombres, mujeres y niños embrutecidos y hambrientos le dieron un impulso al desarrollo argentino que hizo de este país una de las primeras naciones del orbe a principios del siglo XX.

Tuvo razón Sarmiento en que el mal argentino estaba en la sangre y que había que mezclarla; ése fue el gran mérito de la política inmigratoria desplegada por la Generación del ’80. El gaucho, el criollo, el mestizo y aún los resabios de indios que quedaban se fundieron con todo tipo de sangre europea y el resultado fue extraordinario.

Trajeron sus oficios, sus comidas pero sobre todo esa acendrada cultura del trabajo, y la aspiración por mejorar su situación cambió la faz del país. Sus brazos hicieron brotar el trigo en los latifundios pampeanos, llenaron de civilización las inmensidades desérticas con sus colonias, en las ciudades cambiaron la fachada de las casas y las ornamentaron con riqueza renacentista. Y fue tan grande el amor que le tomaron a esta tierra que se fundieron con ella dejando sus huesos para siempre.

Los italianos formaron el grueso de ese ejército de inmigrantes, un 52% de los tres millones que se quedaron de un total de seis que llegaron. Le siguieron españoles, franceses, polacos, rusos y judíos. Los árabes tuvieron una integración posterior y les costó más por su idioma y su religión, pero esa situación los obligó a iniciarse en el cuentapropismo y llegaron con sus negocios hasta los pueblos más remotos donde establecieron los almacenes de ramos generales. Una herencia de esos tiempos son las esquinas de las plazas en los pueblos donde todavía existe el almacén del “turco”.

Ya entonces éramos controvertidos y xenófobos, el italiano fue el “tano”, el español el “gallego” y los judíos y eslavos el “ruso”; nos habían cambiado el país pero cuando comenzaron a hacer sentir su presencia se dictó la Ley de Residencia para controlarlos y expulsarlos expeditivamente de ser necesario.

Los hechos le dieron nuevamente la razón a Alberdi cuando dijo “un hombre trabajador es el catecismo más edificante”. Crearon las cámaras de comercio y la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, fundaron el primer banco argentino, el Banco de Italia y Río de la Plata que sobrevivió al siglo, trajeron su cultura y la integraron al sistema educativo argentino enriqueciéndolo notablemente. Transformaron la música y tanto amaron a este país y su bandera que la mayoría de nuestras marchas patrióticas son de autores italianos, en letra o música.

Apareció el orfebre y el relojero, y los arquitectos italianos le dieron ese encanto renacentista que tienen nuestras iglesias. Los españoles se hicieron del campo en todo el sentido de la palabra, porque llegaron para atender las vacas del patrón y terminaron comprándole sus campos. Algunos se casaron con los hijos/hijas de sus patrones y ascendieron socialmente, incluso hasta la presidencia de la nación, como es el caso de Hipólito Yrigoyen cuyo padre se casara con la hija de su patrón Alem, de origen y trayectoria federal.

Los trajeron y los abandonaron a su suerte, pero ellos tenían conciencia de grupo, de solidaridad y de progreso, así es que se reunieron en las Sociedades de Socorro Mutuos, italianas, españolas y sirio libanesas. Allí se congregaban a recordar sus fechas patrias y a despuntar la nostalgia por la tierra que muchos nunca más volvieron a ver, y era donde concurrían los recién llegados que encontraban abrigo y trabajo. Fueron el origen de las actuales obras sociales.

Tanto más podríamos decir, la idiosincrasia argentina está impregnada de elementos europeos, desde nuestros apellidos hasta las comidas. En pocos sitios del mundo se dio fusión tan completa y variada.

Sin embargo, aún no hemos podido “parir la Nación”, diría el profesor Raúl Arias (Presidente del Grupo Bicentenario), no hemos podido encontrar el hilo de ese “Ser Nacional” que nos aúne verdaderamente detrás de un gran proyecto nacional. La responsabilidad radica en nuestra apatía y en que hemos perdido el espíritu de aquellos que hicieron la nación.

Paradójicamente, esos inmigrantes se sentían más unidos a un proyecto nacional común que nosotros, sus descendientes. Ellos sí sentían “amor a la Patria”, aunque fuera de adopción y la pensaban con visión de futuro. Pero quizás, por sobre todo, el elemento más importante que tuvieron y el más sentido que hemos perdido haya sido su honestidad. Honestidad para trabajar, honestidad para educar, una religiosidad profunda y aunque parezca insignificante, también un perenne sentido del humor que los hacía ver la vida de una manera positiva.

Por eso es lamentable que un país formado por la inmigración no tenga una cátedra universitaria que estudie en profundidad este magnífico fenómeno social. Mucho se ha hecho con recuperar datos en el viejo Hotel de Inmigrantes, hoy museo, pero lamentablemente las Sociedades que otrora se llenaban de música, comidas y bailes, hoy languidecen cada vez más solitarias.

Mal podemos pretender un estudio de la inmigración cuando el gobierno no tiene siquiera una política para celebrar el Bicentenario que debiera ser la exaltación del resumen de esto que debiéramos ser. Y digo debiéramos porque muy poco nos queda de todo esto que un día nos hizo grandes.

Por eso digo, después de casi doscientos años, no hemos aprendido nada.



Comentarios (6)

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Martín Miguel Güemes Arruabarrena | 10/09/2009 | 08:38 |
El País pensado por Alberdi, construido por Mitre, proyectado por Sarmiento y concretado por Roca, antes tuvo que matar indios y gauchos. La geopolítica británica y la geocultura porteña, así lo exigían. Habían dejado atrás, el sueño suramericano. Por el cual lucharon San Martín, Belgrano y Güemes. La construcción de un estado - nación continental (los Estados Unidos de la América del Sur), fue enterrado junto con los libertadores. Este es el punto esencial, a pensar en el Bicentenario.
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| 07/09/2009 | 21:20 |
me parece que se esta olvidando de eso que también forma parte de esta historia o por lo menos de la mía y la de muchos que no hemos tenido la suerte de ser descendiente de ningún europeo. se exterminaron culturas enteras y los que quedaron vivos fueron mano de obra esclava de los ingenios propiedad de algún pujante europeo y claro tampoco hay una catedra en ningun colegio que enseñe esta parte de la historia, nuestra historia
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negro | 07/09/2009 | 21:16 |
Lindo el analisis, pero Sarmiento no queria mezclar la sangre, simplemente queria eleminar la sangre del indio y el gaucho si hasta en sus escritos se lee esto.Me parece que le falta otra pata de la historia, los que verdaderamnet sentian el amor por la patria o mejor por la tierra, tanto que sus culturas fueron eliminadas una a una para quedarse con sus tierras, las culturas originarias
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| 07/09/2009 | 18:02 |
que sigan viniendo bolivianos que mejor nos va a ir, lo que menos tienen es amor a esta patria q les da de comer.
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ALDO BINI | 07/09/2009 | 17:51 |
QUERIDO ERNESTO: Verdadero, emotivo y resaltador resumen de nuestros ancestros, de sus vivencias. Pero como conozco de tus habilidades historiadoras y de escritor, en mi entender faltaria completar una pata a la historia para algún día cerrarla como válida y sin objeciones como aún tiene (lease xenofovos) y es que paso con esa desencia, pura o cruzada con locales....??? Ya charlaremos junto a un cafe y nos daremos las razones. Un abrazo
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MIGUEL | 06/09/2009 | 18:04 |
SOMOS UN PAIS DECADENTE. GRACIAS A UNA GENERACION DE POLITICOS CORRUPTOS.ISABEL, LOS MENEN, DE LA RUA, DUHALDE, K, ECT Y ANTES LA LACRA NEOLIBERAL. ANTES ERAMOS LOS 10 PAISES MAS AVANZADOS DEL MUNDO. HOY SOMOS NADA. EN SUDAMERICA YA NO S PASARON COLOMBIA, VENEZUELA,CHILE, PERU. SOMOS EL HAZMEREIR DE SUDAMERICA, SINO QUE LO DIGA CRISTINA LA BROMA DE CHAVEZ SOBRE LOS AVIONCITOS ARGENTINOS. TE ENTERASTE CRISTINA QUE YA NO TENEMOS FUERZA AEREA. PATETICO.
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