POR LEONARDO STREJILEVICH

Trabajo y Justicia social

De acuerdo con Giambattista Vico y sus seguidores, la historia se repite, no avanza en forma lineal, sino que lo hace en forma de espiral.

Domingo, 17/01/2010 | 10:30 hs

Existe una teoría sobre el acontecer histórico que remite a la recurrencia de la historia. En “Principios de ciencia nueva II” (1744), Giambattista Vico estableció el principio del “corsi e ricorsi” de la historia. De acuerdo con Vico y sus seguidores, la historia se repite, no avanza en forma lineal, sino que lo hace en forma de espiral. Se reitera y vuelve a repetir situaciones aparentemente superadas, pero vistas desde otro ángulo. Lo que implicaría que la historia lleva implícita en si misma su propia decadencia y que los seres humanos no aprendemos de las experiencias pasadas. Estamos, como Sísifo, condenados a repetir la historia una y otra vez. La teoría de Vico, el “corsi e ricorsi” de la historia, se puede aplicar a la Argentina?

La primera pregunta que me formulo es acerca del significado del trabajo humano. Tanto la concepción del economista escocés Adam Smith (1723 – 1790) como la del alemán Karl Marx (1818 – 1883) entendían que el trabajo sólo y en exclusiva era fuente de producción y que en definitiva el trabajo del hombre se mide por lo que produce. Marx agrega la noción de plusvalía. Recién aparece en 1891 la Encíclica de León XIII “Rerum Novarum” donde se establece la doctrina católica sobre el trabajo y el orden social.; se habla del salario justo, de que existan sindicatos…También Pío XI se pronuncia sobre cuestiones sociales cuarenta años después con la encíclica “Quadragesimo Anno”. Recordemos también al Pablo VI de 1967 con la encíclica “Populorum Progressio”. El gran golpe revolucionario lo da Juan Pablo II cuando publica su primer encíclica en 1981 “Laborem Exercens” y la “Centesimo Anno” de 1991 y expresa al mundo, entre otras cosas; que “el socialismo ha cumplido un papel histórico muy importante. Si no hubiese existido como alternativa, los desbordes feroces del capitalismo habrían sido peores”. Distingue y define dos tipos de trabajo: el trabajo objetivo, que es el mismo considerado por el capitalismo como por el marxismo (el hombre produce y unido a la máquina produce mucho más) y el trabajo subjetivo que implica el reconocimiento de que el trabajo produce cambios y transformaciones en la persona que trabaja; el trabajo humaniza al que lo ejecuta. No basta saber si el trabajador gana lo necesario sino que también hay que saber si ese trabajo lo favorece interiormente como persona, le agrada y quiere lo que hace. La vertiente del trabajo subjetivo no es valorada por ninguna de las concepciones materialistas, ni la liberal ni la marxista. La noción del trabajo subjetivo pone al hombre en el centro de la cuestión y no considera al trabajador como una simple mercancía. Según el texto bíblico el hombre es expulsado del Paraíso recibiendo la orden de trabajar; era condenado a trabajar. El Génesis es drástico y señala el trabajo como castigo “ganarás el pan con el sudor de tu frente” pero también se ponen límites proclamando el descanso semanal del trabajador y el descanso de los animales y de la misma tierra; el Antiguo Testamento es un patrimonio común de judíos y cristianos, sólo que los cristianos progresaron por el camino de los Evangelios y el judaísmo por el del Talmud y otras tradiciones (Laguna/Aguinis). El judaísmo y el cristianismo han influido notoriamente en la concepción legal del mundo, el orden y la justicia social como no lograron ninguna otra de las religiones.

Se tenía que realizar la esperanza milenaria de los judíos, inventores de la justicia social, que habían logrado en Jerusalén en la época de esplendor, de alta idealidad y grandeza que los habitantes de las orillas del Jordán, de los montes de Moab y Galaad, de Galilea convivieran con los templos cristianos y las salmodias de las mezquitas. Se pensó que con la guerra libertadora terminaba el martirio de la vejación, el escarnecimiento y la diáspora. Los judíos se incorporaron en mayor medida que otras comunidades a los movimientos que reclamaban justicia social y también a una activa defensa de la ecología. El destino de Israel era la realización de la justicia social que antes no se concebía sin Jehová, los profetas y el Templo y que ahora, transcurridos muchos siglos, necesitaba una democracia fuerte que proclamara el derecho a la vida material y del espíritu.

Terminada la guerra mundial de 1914 hubo esperanza e ímpetu renovador. Se creía que serían barridas para siempre las viejas monarquías y que se construirían nuevas democracias con contenido ético y transformaciones sociales que impedirían la repetición de esta catástrofe. Todos creyeron que la guerra era una conflagración universal de hombres, de cosas y de ideas. La guerra era pensada como libertadora y liberadora no obstante haber dejado destruidas las ciudades, yermos los campos, talados los montes y enlutados miles de hogares; se transformaría el régimen económico opresivo que no garantizaba ni el pan ni la libertad, se dignificaría el trabajo; se produciría la redención de los hombres y regiría un nuevo orden espiritual.

Terminada esa guerra, Europa había perdido ocho millones de sus mejores obreros, sin contar los inválidos; sufrió una disminución de su capacidad productiva equivalente al mantenimiento de ochenta millones de personas; los pueblos hablaban de un orden nuevo para reconstruir el mundo y las utopías comenzaban a ponerse en contacto con la realidad.

Entre tanto, nacía y crecía el fascismo (fascio = haz, manojo, gavilla) como monopolio que absorbió las actividades del hombre considerándolo como un simple medio al servicio de los fines del Estado identificado con el partido único; exigía el sometimiento incondicional y sólo buscaba la perpetuación en el poder. Se implantó un régimen de terror al tiempo que se destruían las instituciones de carácter social y comunitaria; los terratenientes, los capitanes de la industria y los comerciantes abrieron sus arcas y facilitaron el triunfo de la dictadura infame.

En Alemania, país de gran cultura, se produce la victoria nazista sostenida por el rencor de un pueblo vencido y humillado por el Tratado de Versalles; Hitler se hizo intérprete de ese rencor proclamando la fuerza de la raza aria y el odio a los judíos y se afirmó en el ejército creando una formidable máquina de guerra.

Las dictaduras comenzaron a extenderse y a triunfar construyendo un régimen totalitario que divinizaba al Estado desconociendo deliberadamente que el Estado es una sociedad jurídica y políticamente organizada; es una asociación con caracteres y fines más limitados que la sociedad; el Estado es posterior a la sociedad que es un organismo colectivo con vida propia.

El Führer Hitler preparaba una nueva guerra que incluía la explotación de los trabajadores europeos conducidos a Alemania como esclavos más la tortura de millones de hombres en los campos de concentración y la muerte en las cámaras de gases letales. No se concibe un régimen democrático donde no haya libertad de pensamiento, libertad de expresión, varios partidos políticos, ciudadanos independientes y respeto por los adversarios y la división de poderes.

El proceso sombrío de la falta de justicia social es una constante cíclica en el acontecer social; un hecho individual solo no determina un acontecimiento social y un hombre por más grande que crea ser no cambia el curso de la historia.

La Declaración de los derechos del Hombre significó el reconocimiento del valor absoluto de la persona humana, afirmó los derechos naturales e imprescriptibles. El artículo 1° de la Declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano adoptado por la Asamblea Constituyente del 20 al 26 de agosto de 1789 y aceptado por el Rey el 5 de octubre del mismo año decía: “Los hombres nacen y viven libres e iguales en derechos”. Había un deseo y una voluntad política de sustituir el privilegio por el derecho y en ese orden se imponía la necesidad de hacer reformas sociales.

En la Argentina el golpe de Estado de 1930 fue manifiestamente corporativista y pretendió agrupar a los ciudadanos en categorías, gremios, grupos profesionales, corporaciones de intereses y partidarios de la representación corporativista; llegaron a prohibir el estudio de determinadas doctrinas en las universidades porque no estaban de acuerdo con la ideología de los que mandaban; que sería de nosotros si no estudiáramos a Aristóteles porque justificaba la esclavitud, a Maquiavelo porque toleraba todo al Príncipe, a Hobbes y Espinoza que identificaban el derecho con la fuerza …habría que gritar “Muera la inteligencia” y avasallemos la Universidad, maltratemos a los jóvenes y vejemos a las mujeres. La intolerancia, es la extensión hacia fuera del dominio exclusivo ejercido dentro de nosotros por la fe dogmática (Guyau).

La producción insuficiente, la vida cara, el hambre, estimulan el espíritu de revuelta de los pueblos y aumentan la xenofobia, cosa que no es nueva ya que en nuestro país se aplicó la ley de residencia y se practicó la deportación de centenares de personas; en la legislación de Indias, la ley 9ª. mandaba “limpiar la tierra de extranjeros, en obsequio al sostenimiento de la fe católica”.

Hasta el año 1903 no se había dictado ninguna ley del trabajo en el Parlamento de Argentina y se opinaba que toda conflictividad estaba solucionada a través de las prescripciones del Código Civil de Vélez Sársfield (en 1864, se nombró a Vélez para proyectar la codificación civil y su proyecto fue convertido en ley el 1° de enero de 1871); si había huelgas obreras éstas se resolvían en parte por la ley inconstitucional de extrañamiento de extranjeros.

El siglo XVIII exaltó al individuo y promovió una reacción en contra del despotismo político y religioso; el siglo XIX afirmó la solidaridad demostrando que el libre juego de los factores económicos no bastaban para la realización efectiva de la justicia social. El derecho y la ley escrita son las herramientas para transformar y mejorar la condición de los hombres; el derecho forma parte de la superestructura de las sociedades y frecuentemente cristaliza las transformaciones sociales de base económica o de estructura; en cada período de descomposición social, una fuerza disolvente irrumpe en el derecho y lo mutila. El derecho y después la ley escrita reconoció a los pobres que tuvieron que luchar para tener espacio político, algo de poder y fuerza y hacerse visibles para que sus intereses vitales sean respetados. Tímidamente, en la Constitución del 91 y en la del 93, el artículo 21 dice: “La sociedad debe subsistencia a todos los ciudadanos desgraciados, sea procurándoles trabajo, sea asegurándoles los medios de subsistencia a aquellos que no pueden trabajar”; ya en 1817 el Reglamento Provisorio establecía que el Estado tiene “la obligación de aliviar la miseria y la desgracia de los ciudadanos”. Un viejo código español afirma que la justicia debe lucir igual para todos, como el mismo sol…

El honor de haber construido en la Argentina los comienzos inconmovibles de la justicia social y la legislación del trabajo se debe a Alfredo L. Palacios, primer Diputado socialista electo en toda América en 1904, (10 de agosto de 1880 – 20 de abril de 1965). Los trabajadores se asocian. Desde la antigüedad los trabajadores sintieron la necesidad de agruparse y asociarse. En Egipto, en tiempos de Ramsés II (s. XIV a. J.C.) los trabajadores se unían transitoriamente y se declaraban en huelga. Los albañiles de Tebas, empleados en la construcción del templo de Mut, proclaman la huelga por la exigüidad del salario y la hambruna generalizada exponiendo sus quejas al gobernador de la ciudad. En Grecia existieron las etairias, asociación de obreros identificados políticamente y los eranos, asociación fraternal y de socorros mutuos. Alejandría, fue la capital intelectual e industrial del mundo antiguo con gran desarrollo de la ciencia y de la técnica; existían gran cantidad de trabajadores agitados por los mismos problemas de hoy en día y disciplinados en corporaciones, asociaciones de resistencia y donde preparaban y ejecutaban huelgas planificadas de manera orgánica. Cuando Roma evoluciona de la vida sencilla, pastoril y agrícola a las manufacturas con el uso de la técnica y las herramientas pregona la división del trabajo y aparecen los gremios o corporaciones. Plutarco en su libro Las vidas paralelas habla de la distribución y agrupamiento por oficios: alfareros (el más antiguo de todos), flautistas, orfebres, maestros de obras, tintoreros, zapateros, curtidores, latoneros… Más tarde, la Ley de las XII Tablas obtenida por la lucha de los plebeyos, fuente del derecho público y privado, reconoció la existencia de los colegios industriales que eran una suerte de asociaciones fraternales. Bajo la República se permitieron las asociaciones de trabajadores prohibiendo las reuniones nocturnas y las clandestinas invocando la tranquilidad pública. César y Augusto suprimen gran parte de los Colegios debido a su carácter político y desde entonces se requiere la autorización del poder público para la instalación de nuevas corporaciones La persecución aviva la fe y acrecienta el entusiasmo y los obreros siguen agrupándose pese al impedimento de las leyes restrictivas. Alejandro Severo concede a las corporaciones de oficios existencia oficial, nombra defensores y jueces especiales. Bajo la República y aun bajo el Imperio se admitió a los esclavos en algunos colegios de artesanos. Pese a todo la labor servil lo invadía todo hasta que se produce la decadencia del trabajo servil en Roma y aparece el colonato que dará origen al siervo de la Edad Media.

Las grandes empresas militares de aquella época en tiempos de César, Augusto, Tito eran fuentes inagotables de esclavitud, a partir del siglo III ya no se realizan y el Imperio debilitado esparce a los prisioneros de las guerras en los campos como colonos y no como esclavos. En el siglo IV la población rural se componía de esclavos, libertos y hombres libres; entre estos últimos estaban los colonos sujetos por la ley a la tierra que cultivaban, eran membra terroe según el Código Justiniano pero gozaban de muchos de los derechos del hombre libre; tenían una situación intermedia entre la esclavitud y la libertad. Esto fue un progreso social que constituyó el principio de la servidumbre de la Edad Media. Después del siglo IV aparece el siervo que puede formar una familia y que no podía ser vendido sin el inmueble del que formaba parte; el siervo ya es dueño de su trabajo y sólo está obligado al canon. Con el feudalismo se produce la disolución del mundo antiguo pero con el feudo aparece el primer grupo de la nueva organización social. Se pasa a la vida sedentaria con una base contractual; surge una nueva constitución de la propiedad con el predominio de la tierra; la forma de la economía fue la servidumbre en las tareas rurales pero en la industria hay producción casera y de artesanos. Las ciudades mantenían relaciones de cambio con las zonas agrícolas; la vida mercantil e industrial se expande fuera de la residencia de los barones y se centraliza en las ciudades donde surge la burguesía apoyada por los reyes con el propósito de abatir a los señores.

La corporación estaba formada por artesanos del mismo oficio y de la misma ciudad, tenían el monopolio de fabricación y venta en un mercado restringido y eran dirigidas por artesanos elegidos. El artesano trabajaba con sus propias herramientas, compraba la materia prima y vendía el producto; eran una especie de sindicato patronal que no pudo resistir al progreso industrial. La constitución feudal de los campos y el régimen corporativo se oponían a la transformación del capital dinero en capital industrial; la sociedad derriba los obstáculos existentes y comienza a desarrollarse el capital comercial y el capital usurario que abren la era capitalista en el siglo XIV y antes de empezar el siglo XVIII ya estamos en el período manufacturero pero, al mismo tiempo, era necesario que los trabajadores no estuvieran subordinados a otra persona, que no pudiesen utilizar por sí mismos su fuerza de trabajo ni pudieran vivir sin utilizarla. Era necesario que grandes masas de seres humanos, despojadas de sus medios de subsistencia tradicionales, se vieran obligadas a vender su fuerza de trabajo.

El capitalismo buscaba producción de mercancías y de ganancias, para ello, era indispensable que los productos fabricados posean un valor superior (plusvalía) a los elementos que lo formaron, es decir, medios de producción y fuerza de trabajo. Para el capitalista la ”supervalía” desconoce el trabajo necesario o excedente del obrero, gasto de la fuerza de trabajo.

La monarquía contribuyó a la ruptura de las trabas feudales creando las “manufacturas reales” con grandes talleres; en 1791 fue suprimido por ley el régimen corporativo.

La producción manufacturera origina la división del trabajo, se modifican el diseño de las herramientas para que sean formas fijas especiales para cada aplicación útil en particular creando las condiciones de las maquinarias que consisten en una combinación de instrumentos simples. Las máquinas inician la gran revolución industrial de fines del siglo XVIII con el objetivo de abaratar el costo de las mercancías y acortar la jornada laboral. Las máquinas movidas por la electricidad o los combustibles son grandes, perfectas, soberbias y están alineadas en las fábricas para que un ejército de obreros dóciles, infatigables, dispuestos a realizar esfuerzos sin cesar con un entrenado automatismo corporal en que el ritmo orgánico del trabajador se ve obligado a adaptarse al ritmo mecánico de la máquina (“Tiempos modernos” de Chales Chaplin, “La clase obrera va al paraíso”; film de Elio Petri con Gian María Volonté y Mariangela Melato). Siempre hubieron reacciones contra las asociaciones profesionales en nombre de la libertad de trabajo intentando el abandono del trabajador débil sometido y a merced de un patrón fuerte. De ahí la necesidad de reconocer y afianzar la personalidad colectiva de los trabajadores, del desarrollo creciente de la conciencia de clase, la derogación de leyes coercitivas que ponían vallas a las asociaciones de trabajadores, la fuerza de los trabajadores en su lucha por el derecho, la instalación de nuevas formas de organización como el sindicato que responde a la producción capitalista de la gran industria.

Los sindicatos, las trade-unions (inglés = unión de oficios o asociación profesional o asociación de asalariados) significan la asociación de un cierto número de personas que tienen que defender intereses comunes y que se hacen representar por uno o varios síndicos encargados de tratar y obrar en su nombre y cuyo objeto principal es el de mejorar las condiciones económicas y la salud laboral de sus asociados.

Adam Smith había dicho que los patrones han efectuado siempre, y en todos los lugares un convenio tácito, uniforme y constante para no elevar los salarios; en 1816, en Inglaterra, los patrones se reunían públicamente para determinar la reducción de los salarios. Desde hace por lo menos dos siglos se conformaron sindicatos industriales, comerciales, profesionales y patronales y concentraciones monopólicas como los trusts, cartells rings, pools, utilizando las técnicas del undersselling o dumping propendiendo al dominio absoluto del mercado consumidor imponiendo el precio, la calidad y la cantidad de artículos acumulando el mayor número de trabajadores bajo una dirección patronal. Para producir artificialmente el encarecimiento, entre otros ejemplos, los trusts argentinos llegaron al extremo de quemar la caña de azúcar en Tucumán o derramar el vino en las acequias de Mendoza. Para contrarrestar estos avances, los trabajadores argentinos por el año 1915 se organizan en la F.O.R.A (Federación Obrera Regional Argentina fundada en 1901); entre tantas cosas esta organización dijo: “Considerando el congreso que la ley es siempre adoptada en favor de los capitalistas y la pueden eludir, resuelve que los obreros deben esperar todo de su conciencia y unión, rechazando el recurrir a los poderes públicos para obtener cualquier mejora"; los trusts del petróleo, el azúcar, la harina, la cal, la carne… dominaban el escenario y empobrecían a las mayorías.

Las cosas vienen de lejos, en la Argentina colonial, don Cornelio Saavedra desempeñaba el cargo de síndico procurador del Cabildo y afirmaba que por la presencia de los gremios “no se originaban más que pleitos entre los artesanos de distintas castas; la corporación lejos de ser útil y necesaria debe considerarse perjudicial al beneficio público, porque enerva los derechos de los hombres, aumenta la miseria de los pobres, pone trabas a la industria, es contrario a la población y causa muchos otros inconvenientes” y concluye pidiendo al Cabildo que se oponga a la constitución de todo gremio; el Cabildo hizo suya la recomendación del síndico y el Virrey promulgó la ordenanza en este sentido.

Pocos años antes de la emancipación de las colonias, los trabajadores carecían en absoluto de conciencia de clase y carecían de organizaciones que los agruparan. Los indios habían sido repartidos como botín por los conquistadores; se daban los pueblos a título de encomienda como un derecho concedido por merced real a los beneméritos de las Indias para percibir y cobrar por sí los tributos de los aborígenes que se le encomendaren por su vida y la de un heredero conforme a la ley de sucesión con cargo de cuidar del bien de los indios en lo espiritual y temporal y de habitar y defender las provincias donde fuesen encomenderos y hacer cumplir todo esto. Los indios no quedaban como esclavos ni por vasallos de los encomenderos y sólo reconocen al Rey por Señor como los demás españoles; no se encomiendan los indios sino sus tributos.

Sin embargo, en la realidad, el régimen de las encomiendas implicaba la restauración del feudalismo y del antiguo siervo de la gleba con el nuevo nombre de mitayo; los pueblos indígenas fueron cruelmente tratados y comenzó su decadencia, esto hizo que se los reemplazara por los negros. La Ley de Indias disponía que donde hubiere fábrica se lleven esclavos que trabajen teniendo en cuenta que sean sanos, de buenas edades y disposiciones.

Llegaron a nuestras costas, entonces, barcos cargados de negros que retornaban con productos de nuestro país. Negros y mulatos monopolizaban todos los trabajos manuales de la ciudad; había pocos hombres libres que ejercían oficios bajos y viles y eran despreciados; todos llevaban una vida miserable. Los mestizos trabajaban en los campos, vivían en las tierras acaparadas por los ricos, en ranchos miserables y paraban rodeo en las llanuras sin alambrado cercanas a los indios.

En 1809, la situación de la clase pobre era desesperada; los precios eran muy altos y se carecía de lo indispensable; Belgrano sostuvo la idea del libre comercio que permitía dar salida a la producción y mejorar relativamente el bienestar del pueblo; los monopolistas combatieron la medida porque atentaba en contra de sus privilegios. La libertad económica permitió la salida de los frutos del país, se restauró la hacienda pública, desapareció el déficit y se abarató la vida. La libertad de comercio condujo a la libertad política. La Inglaterra del siglo XVIII ya había conquistado un imperio inmenso, impulsó su industria y su comercio, inauguró la industria a gran escala y el maquinismo, “la cantidad de carbón empleada en las fábricas era tan grande, que la atmósfera de Londres estaba llena de humo”; eran necesarias mayores cantidades de materias primas y más y nuevos productos para colocar y vender en los mercados.

El pensamiento de Mayo fue liberador. Antes de 1810, en 1794, Buenos Aires era una ciudad revolucionaria que adoptaba las ideas de economía política descubiertas en España y que Belgrano, precursor de Alberdi, tenía el afán de establecer una política económica ante la crisis del régimen rentístico colonial. Las clases pobres ya se habían beneficiado con la libertad de comercio; la Primera Junta por decreto del 5 de septiembre de 1810 suprime el derecho de plaza que se cobraba a los vendedores de objetos de consumo diario; el 10 de enero de 1811 la Junta reconoce al indio considerándolo ciudadano bajo la protección de las leyes y determina que se eligiesen en cada Intendencia, excepto Córdoba y Salta, un representante de los indios al Congreso quedando extinguido el tributo que pagaban los indios a la corona de España. La Junta Provisional Gubernativa de las Provincias Unidas del Río de la Plata expresaba que los indios, “estos, nuestros hermanos, son ciertamente los hijos primogénitos de la América, eran los que más excluidos se lloraban de todos los bienes y ventajas”. El decreto del 6 de abril de 1812 prohibió la introducción de esclavos en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata y el 4 de febrero de 1813 se declara libre a todos los esclavos por el solo hecho de pisar el territorio de las Provincias Unidas. En 1822, Rivadavia sancionaba el cese de la apropiación individual de la tierra pública, estableciendo el contrato enfitéutico que entregaba la tierra como instrumento de trabajo para que los hijos del país pudieran sembrar granos bajo un sistema político que asegurara el establecimiento de poblaciones y la felicidad de tantas familias que “siendo víctimas de los poderosos, vivían en la indigencia y en el abatimiento con escándalo de la razón y en perjuicio de los verdaderos intereses del Estado”; Rivadavia hizo socialismo agrario. En 1812, Rivadavia se ocupaba de promover la inmigración. La Asamblea de 1813 sancionó el Decreto expedido por la Junta Provisional Gubernativa del 1° de septiembre de 1811 derogando la mita (= turno; en el trabajo en las minas el Rey tenía un quinto del valor bruto que se extraía y fundía; los propietarios tenían el derecho de hacerse entregar por los corregidores o tenientes un número de indios jóvenes y fuertes proporcionados a la extensión de sus explotaciones sin más gravamen que alimentarlos. Millares de hombres morían en esta condena a trabajos forzados bajo la tierra; eran alimentados peor que las bestias), las encomiendas (derecho de cobrar tributos a los indios), el yanaconazgo (las concesiones de tierra para el labradío era acompañada por una cantidad de indios que debían servir gratuitamente) y el servicio personal de los indios que debían servir dentro de las casas. Las leyes de Indias protegían al trabajador aborigen antes de la emancipación pero no se cumplían; las leyes eran letra muerta en la colonia. El Congreso de Tucumán de 1816 continuó la obra emprendida por la Asamblea del 13 con un programa progresista con repartimiento de terrenos baldíos, venta de fincas para beneficio de la agricultura, distribución de los naturales en plena propiedad de las tierras de comunidad.

Esteban Echeverría en El Dogma Socialista de Mayo y Alberdi en sus Estudios económicos establecen un Plan Económico para el desarrollo de nuestro país. La República, bajo las presidencias de Mitre, Sarmiento y Avellaneda toma un gran impulso: la inmigración transforma el régimen feudal en régimen agropecuario, se empiezan a desarrollar las fuerzas productivas, se declara la libre navegación de los ríos, se impulsa la agricultura, se construyen caminos y puentes, se inicia la red ferroviaria, se federaliza Buenos Aires, se fundan industrias, se fomenta la instrucción pública.

A partir de 1880 se producen los primeros síntomas de la lucha de clases y aparecen las primeras asociaciones de trabajadores: Club Vorwaerts (1882). En 1889 Argentina concurre a la Exposición Universal de París y en el Congreso Obrero propone la limitación de la jornada de trabajo a ocho horas, la prohibición del trabajo de los niños menores de 14 años, la reducción de la jornada a 6 horas para los jóvenes de ambos sexos de 14 a 18 años, la abolición del trabajo nocturno salvo excepciones, la prohibición del trabajo femenino en las industrias que afecten su salud, el descanso no interrumpido de 36 horas por lo menos cada semana, la prohibición del trabajo a destajo, la inspección permanente de fábricas y talleres, la inspección sanitaria de las habitaciones, el seguro obligatorio sobre los accidentes de trabajo…; era el primer plan de justicia social en la República.

El 29 de junio de 1890 se constituye la Federación Obrera de la República Argentina; en momentos en que teníamos una profunda crisis por la depreciación del papel moneda y un hondo malestar en la clase trabajadora que produce huelgas, se organiza y resiste. El 1° de mayo de 1891 la Federación Obrera le pide al Congreso Nacional leyes que amparen el trabajo en un grave contexto de crisis económica y financiera, los bancos en quiebra, la hacienda pública insolvente, los capitales retraídos y miles de trabajadores desocupados y en la miseria, muchos obreros comienzan a emigrar (1,5 % del total de habitantes); el gobierno, desorientado, trata de solucionar la problemática recurriendo a la represión policial. En 1891 se declaran las huelgas de los talleres del Ferrocarril Sud, de los sombrereros, de los obreros del Ferrocarril de Tucumán y de Córdoba, de los tipógrafos, de los trabajadores de los talleres de Tolosa, etc. La F.O.A. decía que los salarios habían sido disminuidos por los patrones, que habían aumentado los precios de los artículos de primera necesidad, que el malestar obrero era creciente y de consecuencias imprevisibles advirtiendo que querían obtener el poder político y transformar totalmente el orden social y económico. El Partido Socialista nace en 1895 pero obtiene representación parlamentaria recién en 1904. En ese año de 1895 había 19 gremios en huelga; en 1898 habían en Buenos Aires 47 sindicatos; en 1901 se funda la F.O.R.A. En 1902, con motivo de las grandes agitaciones de trabajadores, se dicta la ley de extrañamiento de extranjeros, mal llamada de residencia, en virtud de la cual sin intervención judicial, el Poder Ejecutivo puede ordenar la salida del territorio de la nación a todo extranjero que perturbe el orden público; la persecución obrera nunca fue una eficaz medida de gobierno. No bien entendida la realidad, en 1905 el presidente Quintana, con motivo de la huelga de los obreros estibadores y ferroviarios pide al Congreso el estado de sitio pretextando que la actitud de los trabajadores comprometía seriamente el comercio y la industria, ocultando el deliberado propósito de dificultar la organización obrera. El Departamento Nacional del Trabajo fue creado en 1907 y fue bastante resistido por las organizaciones de los trabajadores. En 1910, como reacción antiobrera, el Parlamento argentino dicta la ley de Defensa Social donde se viola el derecho a reunión, la policía ejerce al respecto una autoridad discrecional, queda limitado el derecho a peticionar, se restringe la libertad de prensa, se castiga severamente a los obreros que hagan propaganda por las huelgas y sanciona la pena de muerte para las mujeres y los menores.

Las leyes coercitivas y la represión violenta nunca pudieron detener la marcha reivindicatoria de los trabajadores, sembraron injusticias y originaron violencias que pudieron ser evitadas. Como ejemplo, durante el año 1919 se produjeron 367 huelgas de las cuales 37 fueron generales y el 65% de ellas por exigencias de aumento de salarios (corsi e ricorsi). Como se ve, en la Argentina y en el mundo, evitar la confrontación y el disenso, sostener la gobernabilidad y el establecimiento de una paz duradera sólo puede realizarse sobre la base de la justicia social. Pese al tiempo transcurrido, a las marchas y contramarchas del derecho que asiste a los trabajadores, a las luchas reivindicatorias, a la sangre derramada, aún hoy, las condiciones de trabajo existentes suponen para gran parte de los trabajadores injusticias, penalidades y privaciones. Siempre es importante, urgente y necesario mantener la dignidad de las condiciones laborales para no poner en riesgo la salud y la calidad de vida de los trabajadores y no colocar en peligro la paz y la armonía de la sociedad. Siguen en vigencia la necesidad de mejorar las condiciones socioeconómicas y de salud laboral; vigilar el cumplimiento de la reglamentación de las horas de trabajo con determinación de la hora máxima de la jornada laboral; evitar el paro generalizado y forzoso; el reclutamiento de la mano de obra basado en la idoneidad y sin exclusión alguna por otras razones incluidas la edad; el salario debe garantizar las condiciones de existencia convenientes; la protección de los trabajadores contra la enfermedad, los accidentes de trabajo, el paro y la desocupación; la protección de niños, jóvenes y mujeres; la protección y la cobertura de la vejez, la discapacidad, la invalidez y la dependencia; el reconocimiento y el respeto por la libertad sindical; la educación general y la enseñanza profesional y técnica de los trabajadores. Desde la Conferencia de Washington de la Oficina Internacional del Trabajo en 1914 hasta ahora se viene reclamando con machacona insistencia el respeto a los principios fundamentales para el progreso social: “Ni de derecho ni de hecho el trabajo de un ser humano debe ser asimilado a una mercancía o a un artículo de comercio”; “El derecho de asociación debe ser garantizado”; “Todo trabajador tiene derecho a un salario que le asegure un nivel de vida conveniente”; “A trabajo igual debe corresponder salario igual, sin distinción de sexos”; “Debe adoptarse la jornada de ocho horas, el descanso semanal, la supresión del trabajo de los niños y la limitación de la labor de los jóvenes de ambos sexos, así como el servicio de inspección de que forman parte las mujeres”; “Las reglas dictadas en cada país respecto a las condiciones de trabajo deben asegurar un tratamiento económico equitativo a todos los trabajadores que legalmente residan en el país”.

Los patrones o empleadores a veces se olvidan que el trabajador es una máquina que tiene por fuerza motriz un alma, y que la potencia de este agente particular interviene como cantidad desconocida en todas las ecuaciones de los economistas, a despecho suyo, errando todos sus resultados (John Ruskin en Unto this last en su “Economía política”).


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