Después de treinta y ocho años, el cantautor catalán volvió a inspirarse en la poesía de Miguel Hernández para producir un disco.
Hijo de la luz y de la sombra sería, entonces, el reencuentro de Serrat con su propia memoria política y afectiva. Un abrazo al hijo pródigo que puede hacerse extensivo a buena parte de la generación del cantautor catalán, a esa intelligentzia que en los últimos años lucía un poco atontada por el “milagro” económico español. La crisis parece haberla devuelto a su eje.
Dicho esto, debe añadirse que difícilmente alguien vaya a recuperar en este disco las emociones despertadas por “aquel” Miguel Hernández. No sólo porque no están, claro, “Para la libertad” ni “Nanas de la cebolla”, sino porque el eje está definitivamente corrido, más allá del voluntarismo y de las buenas intenciones. Hijo de la luz... incluye bellísimas poesías de Hernández adaptadas con naturalidad al formato canción, y aun así, la resonancia es diferente. Joan Albert Amargós es un musicalizador idóneo y Ricard Miralles –guste o no– impone la marca Serrat en cada nota que toca. Hay, sin embargo, un tono crepuscular que atañe tanto al intérprete como al receptor de estas músicas y estos versos.
El resultado de una erosión temporal que despojó a estas canciones, que en los ’70 aún no habían sido compuestas, de su urgencia potencial. Una urgencia que habían conservado –negociando entre la melancolía por la añeja derrota republicana y la bronca contra el franquismo– desde los años ’30.
Serrat interpreta con notable profesionalismo “Uno de aquellos”, el poema que Hernández dedicó a los brigadistas; canta que “el hambre es el primero de los conocimientos” (“El hambre”); le inocula una ligera dosis de son caribeño al estremecedor “Si me matan, bueno”, y no le tiembla la voz cuando declama “Es preciso matar para seguir viviendo”, el famoso verso de la “Canción del esposo soldado”. Hay un poco de copla, típicas baladas serratianas, algún coqueteo lejano con el tango, levísimos aires andaluces. Todo para vestir una poesía densa, cargada –retrospectivamente– de muertes y sueños rotos. Quizá la clave esté en uno de los mejores temas, “El mundo de los demás”, donde reza, junto a Hernández, y otros miles: “El mundo de los demás / no es el nuestro: no es el mismo.