SALTA

Colegios católicos colapsados: buscan proteger a los chicos de la educación sexual

Un fenómeno migratorio desde la escuela pública hacia la educación católica se está dando en Salta. Sobrepasadas hasta las listas de espera

Jueves, 26/08/2010 | 06:27 hs

El tema es espinoso, sin duda, y de por sí genera posiciones encontradas. Lamentablemente, en el fondo campea un problema más complejo que si en el aula se habla del preservativo o de la pastilla anticonceptiva. Detrás de ese pretexto, en realidad se están enfrentando dos modelos de vida contrapuestos. Dos concepciones sobre el hombre, su funcionalidad, finalidad y trascendencia que son antagónicas.

El modelo tradicional contra el posmoderno. Para el primero, la persona es un compuesto de cuerpo y alma, que tiene una finalidad trascendente. Para los segundos la persona se agota en sus derechos y en un uso irrestricto de la libertad donde el hombre ya ni siquiera muere, es biodegradable lo mismo que un detergente.

En el medio existe un cúmulo de situaciones que hacen a una u otra concepción; y la imposición del último modelo ha desatado el vendaval. Sin embargo, y sin el afán tomar una posición determinada para evitar la descalificación, sino simplemente tratando de exponer una realidad, hay que decir que es sintomático lo que está ocurriendo en Salta.

En nombre de la defensa de la educación pública, se busca involucrar hasta la Justicia misma a fin de que se cumpla con la norma sancionada en el año 2006  (Nº 26.150) según la cual los alumnos deben recibir formación sobre sexualidad en la escuela. O que en las aulas deben impartirse contenidos preventivos sobre enfermedades venéreas o embarazos no deseados. En Salta, hasta la fecha la ley no ha tenido un cumplimiento estricto, ni siquiera un esbozo, en realidad.

Por el contrario, se acusa a la cartera educativa de propiciar la enseñanza religiosa en su más literal sentido, en desmedro de las nuevas tendencias. Pero ése será un debate bizantino si no se atienden a las cuestiones de fondo.

Disparar sobre un ministro, o sobre su política desde una tribuna opuesta, es nada más que un acto proselitista; ni más ni menos que un discurso de tablado electoral. Pero muy distinto es exponer argumentos sólidos y fundacionales sobre la cuestión en el tapete.

Mientras se discuten estas cuestiones que no pasan de la índole política, en el fondo se van cristalizando verdaderas dudas sobre el modelo educativo que se está pretendiendo imponer. Traducido sería decir que los padres en silencio han comenzado a preguntarse cómo influirá en la escuela pública la pretendida educación sexual a la luz de la últimas tendencias de pensamiento donde se expone el llamado matrimonio gay como el pináculo de los derechos del hombre.

El discurso oficial blande la sanción de la ley que permite el casamiento entre personas del mismo sexo como si fuera la conquista de Jerusalén; pero nada tienen que ver los derechos civiles con la formación moral, ética y cultural de un pueblo.

Es verdad que los tiempos cambian y los modelos deben adaptarse a los cambios culturales; no hacerlo sería dar razón a Aston cuando sentenció que “el hombre que durante más de veinte años sigue pensando lo mismo es un imbécil”, pero se debe cambiar la forma más no el fondo, sino al precio de poner en riesgo la integración de la sociedad misma.

Nadie se escandalice de esto, pues basta mirar hacia el interior de cada familia para preguntarse si se está dispuesto a cambiar la herencia cultural, los modos de vida y las formas de hacer que se han heredado, sin dejar de ser lo que son. Porque lo que se recibe desde los ancestros es lo que proyecta una sociedad hacia el futuro.

Como los ríos que vuelven naturalmente a su cauce, lo mismo está ocurriendo en Salta, nada más que silenciosamente. Mientras unos alzan la voz reclamando derechos que  son legítimos, una marea de familias se abalanza sobre los colegios e instituciones privadas y/o católicas donde pretenden poner a sus hijos a cubierto de modalidades institucionales cuyos contenidos, mientras no estén definidos, resultan sospechosos.

Dirá el lector cuanto quiera sobre esta pieza que exponemos hoy, pero nada podrá hacer contra un dato de la realidad. Porque precisamente, las sociedades responden a la naturaleza de las cosas; como los ríos, permiten ser desviados mientras no altere violentamente su curso. Pero siempre vuelven a su cauce.-




Por José de Álzaga
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