Son pocos, pero han vencido el prejuicio y se han registrado utilizando con inteligencia el espacio. Han fallecido los petarderos en beneficio de las ideas
SALTA.- El mejor halago que puede tener un columnista es la crítica de sus lectores, más todavía cuando no se comparte la opinión expresada y se debate la postura con ideas. Es bueno porque durante dos o tres días se puede nutrir un debate del que participan cientos más aunque no acudan a escribir sus comentarios.
No se trata de la opinión simplemente descalificadora que lanza desde un anonimato pávido el funesto que desfoga un interés oculto, sino de grageas de equilibrado criterio que bien vale la pena desarrollar, más cuando el mismo comentarista lanza el desafío de profundizar el concepto. Aplaudo esa actitud.
El artículo que nos ocupa desmigajar hoy se tituló “El desafío de educar para una nueva gobernabilidad” y al pie del mismo un lector bajo el seudónimo “gmaisares” comprendió acabadamente la médula del escrito pues nada sería más antidemocrático que pontificar a favor del voto calificado; sería volver a los tiempos más oscuros de la historia o lo mismo que aplaudir la proscripción instaurada por la Revolución Libertadora que celebró dos parodias electorales con el peronismo prohibido. Un absurdo.
Pero es bueno preguntarse hasta qué punto un voto calificado o una proscripción para votar no se asemejan a la ignorancia a la que se somete a la masa de la ciudadanía privándola de los elementos esenciales que les hagan darse cuenta de quiénes son verdaderamente, qué lugar ocupan y qué país quieren para el mañana. Mantener a una gran parte de la sociedad en la ignorancia es calificarles no el voto sino la vida colocándonos para siempre un escalón debajo de las oportunidades que predica la democracia.
Cuando vemos a gran parte de una juventud ganada por la disipación, la tendencia al alcoholismo y a la sexualidad desenfrenados; carentes de toda preocupación que vaya más allá de contar con unos pesos en el bolsillo y procurarse los bienes materiales más sensibles. Sin trabajo, sin expectativas para conseguirlo y lo que es peor, sin ninguna preocupación por realizarse como personas, desprovistos casi totalmente de valores esenciales; ¿no hemos de preguntarnos qué estamos haciendo como adultos en beneficio de estos que ya están votando; es decir, decidiendo el país que desean vivir?
El nudo de la cuestión está en el hogar, destruido como célula primigenia de la sociedad, pero complementado en esa disolución del saber y del instruir con un sistema educativo tan laxo como promiscuo, donde el propio Ministerio emite la orden de disminuir al máximo las exigencias a condición de que la masa se promueva al grado/curso superior sin importar si han aprendido o no.
Entonces, como dice el lector “gmaisares” con acertado conocimiento, si bien la educación es un derecho constitucional consagrado en la Carta Magna y subrayado por los Tratados internacionales, sin embargo, ¿de qué sirve hablar sólo de derechos si no se enseñan los deberes? Hoy todos saben que tienen derechos, pero vaya uno a sancionar una falta y se verá ante un Tribunal acusado por padres homologados en ese despropósito por el silencio de las autoridades.
Me pregunto y pregunto: ¿Ese ciudadano está capacitado para decidir a quién votar y para qué lo vota? Tiendo a pensar que ese individuo tiene sembrado un sentimiento tan totalitario como los que proscriben o pretenden calificar el voto. Y lo más paradójico es que lo han aprendido en el marco de una parloteada plena vigencia de la democracia.
Cuando el mismo lector habla de que las Universidades Públicas deben contar con todas las carreras de grado, hay que saludar esa iniciativa con el mayor entusiasmo, porque debiéramos ya haber superado hace mucho tiempo la discusión sobre cuál educación es mejor, si la privada o la pública. Debiera ser que la educación pública tenga tal excelencia que compita con la privada, que es un hecho que en algunos establecimientos llega a tener un primerísimo nivel; pero lamentablemente para pocos.
Y aquí vamos con la opinión del lector que firma “piensopienso”; que asimila mi opinión con la de Ingenieros o la de Ortega y Gasset, éste último que recomienda en “La Rebelión de las Masas” la necesidad de que una “Elite culta gobernara y se ocupara de ilustrar a la masa”; los tiempos han demostrado que si bien ambos conceptos varían según la época, pueden llegar a convivir dentro de una misma clase social, de donde no es tan elitista en el sentido social sino intelectual, diría más bien.
Pero vamos al hecho de que al fin de cuentas así venimos formados desde Mayo de 1810. ¿No fue la Primera Junta un grupo elitista que determinó qué se podía y no aprender? Moreno censuró el “Contrato Social” de Rousseau en un acto –y es mi opinión- con el cual quizás quiso congraciarse con la corporación católica, por ejemplo. Salvo a Belgrano que luchó por una instrucción pública realmente democrática. Desde 1853 y sobre todo a partir de las Presidencias Históricas fue una elite la que formó a las masas y las destinó a trabajar según convenía a sus intereses. De otra manera no hubiera surgido una ley como la 1420, que con todo fue una conquista para la educación pública.
No, señor “piensopienso”, no postulo minorías selectas gobernando, aunque si usted mira con atención los gobiernos que tenemos advertirá que son verdaderas oligarquías con traje de democracia, sobre lo cual nada más debo sugerir pues ellos ya lo han hecho.
Es la paradoja de este tiempo; una democracia que se encarga de desalfabetizar a la masa en beneficio de un grupo que gobierna y lo hace deliberadamente reduciendo a esa masa a la impotencia de poder evaluar la realidad, algo mucho peor que el voto calificado.
Habla de la “voluntad general”, concepto peligroso si los hay. Piense en la Revolución Francesa de la cual somos hijos institucionales, donde fue precisamente ese concepto de la “voluntad general” el que la desbarrancó en los sangrientos días de la guillotina.
En cuanto a la sociedad global, evidentemente no es lo mismo que la masa. La primera es un sistema que precisamente oprime a la masa en beneficio de pocos. La globalización es esencialmente paradójica; esa “Aldea Global” de McLuhan en los hechos no existe. Nunca hubo mayor concentración de la riqueza y despojo de la mayoría como lo prueba la inestabilidad del sistema económico. En la “Sociedad de la Información”, cuando la cultura universal se halla a un “click” de cada individuo, nunca hubo mayor ignorancia generalizada, las democracias son sólo figuras porque los sistemas son manejados por entidades económicas supranacionales, basta leer los diarios para darse cuenta, nada más.
Pero ese sistema globalizado exige como parámetro para el éxito la especialización, la calidad; nunca costó tanto conseguir un trabajo calificado como ahora. Entonces preocupa que nuestros jóvenes no se preparen para mejorar sus posibilidades y vayan quedando en un tamiz que amontona inclemente a miles en la frustración y el descreimiento, preparando un caldo de violencia que ya está explotando.
El movimiento de los “indignados” y la “Primavera árabe” no tienen contenido político sino social. Fíjese que el puntapié inicial de los hechos del Magreb, en Túnez, fue a causa de un suicidio a lo bonzo de un joven desesperado por no conseguir trabajo. Una chispa que encendió un reclamo mundial que viene creciendo. No es ninguna esperanza, es una realidad. Bastará esperar un poco más de tiempo para ver quién tiene la razón. Hasta los países más democráticos están comenzando a reprimir esos movimientos.
Por todo esto es que la preocupación central corre hacia la necesidad de tocar las puertas de los gobiernos, de éste que tenemos más cerca en nuestra Provincia de Salta y exigirle que haga algo urgente. Porque la educación es una inversión a muy largo plazo. Una semilla con frutos de largo aliento, que esta Ministro en mi opinión sin sangre para el tiempo que vivimos no verá si es que reacciona.
¿Cómo hacerlo? Nadie tiene una fórmula exclusiva. Una reforma educativa debe salir de un consenso social y eso importa un acto democrático del Gobierno a través de una masiva convocatoria y más que eso, es un acto de valentía al que habría que ver si están dispuestos a aceptar.
El fin tiene que ser la recuperación de la calidad cívica del educando. Hay que comenzar a formar buenos ciudadanos que respeten y cuiden su patrimonio público para que no tengamos que enrejar todo, monumentos, edificios públicos y casas particulares.
La paz social no la consiguen los patrulleros y los policías en las calles. Saquen el Ejército también que el resultado será una respuesta más violenta. La paz social se acuna en las aulas, se dibuja con tiza y se viste con guardapolvos blancos, como decía Yrigoyen para que todos se sintieran iguales. Allí comienza el ejercicio de la democracia, enseñando quiénes somos, de dónde venimos y gestando un sentimiento común que se llama patriotismo.
La historia es el hilván que anuda ese sentimiento. Cuando un pueblo quiere recuperarse tiene que estudiar su historia porque ése es su árbol genealógico institucional.
Hay que formar ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus deberes que aprendan que se llega trabajando. Hoy tenemos ya una generación de argentinos que nunca trabajó y que nunca vio trabajar, cuyo mayor esfuerzo es pararse una mañana entera a cobrar un subsidio. A ese ciudadano el propio Estado ya le está calificando su voto y le está hipotecando su futuro.
Celebro, sí señor; celebro que haya lectores que se metan al debate. Y ojalá hoy se sumen otros, que disientan o que apoyen pero con seriedad, hasta que un día tengamos que encontrarnos en una tribuna para decir aquella frase tan feliz: “Yo disiento con Usted, pero daría la vida porque siguiera hablando”.-
Por: Ernesto Bisceglia
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