El escenario social ya ha cambiado. Es necesario comenzar a preparar ahora un ciudadano respetuoso de las instituciones que pueda reemplazar al corrupto sistema político
Quizás pueda afirmarse que más allá de todos los deméritos que puedan adjudicarse al sistema democrático, luego de tres décadas de ejercicio la sociedad ha comenzado a reconocer y catalogar las disfunciones y las insuficiencias de la estructura política en su relación con la realidad social. El mundo de los políticos no es el mundo real de las personas.
Es un momento de tránsito desde el político oportunista e improvisado –también corrupto- hacia un nuevo hombre político. Son cosas muy distintas el político que se vota hoy y que responde al estereotipo impuesto por el sistema y los medios de prensa, y el “hombre político” que los hay y en gran cantidad y variedad pero que por estar presidido por valores trascendentes se abstiene de participar, dejando lamentablemente el campo estos pseudorepresentantes de mediocre capacidad intelectual y moral.
Pero esta diferencia sólo pueden establecerla quienes están capacitados para un análisis crítico de la realidad social; la masa que permanece en la mediocridad y cada vez menos alfabetizada no puede hacer este tipo de evaluaciones; luego, la educación no puede ser una política de estado porque de aplicarse iría en contra de los intereses de quienes medran en los cargos en uso y goce de los beneficios y prebendas pagados por el trabajo del pueblo.
Han triunfado los arribistas y mediocres, parásitos del sistema democrático que ocupan altos cargos desde hace tres décadas sin importar quién suba o baje. Para más, en esa perennidad no han hecho nada por la sociedad salvo acaudalar un enriquecimiento personal que ostentan impunemente.
La mala noticia para estos forajidos de la política es que la sociedad global ha generado ya nuevos escenarios, que lógicamente precisan de nuevos protagonistas. El tiempo de los mediocres ha terminado, aunque la transición aún sea larga. El mundo exige la excelencia y la competitividad.
Hay nuevas inquietudes que impulsan un necesario debate que estos personajes están incapacitados para dar; viene allí la educación a jugar un papel preponderante en el análisis y la reflexión de lo que es necesario para ingresar a este nuevo tiempo que es ahora, no mañana. La mutación ya ha comenzado.
Al cambiar la sociedad, ha cambiado también el concepto de gobernabilidad que ahora necesita asentarse sobre la legitimidad y la eficacia de sus instituciones.
Un Poder Legislativo –por ejemplo- no puede seguir siendo legítimo cuando su cabeza máxima es sospechada públicamente de corrupción y tráfico de bienes del Estado. Para ocultar sus espurios procedimientos deberá recurrir a manipular los procedimientos. Se mantiene en el su sillón porque la gente carece de educación para reclamar su derecho a ser representada dignamente. Eso es educación cívica.
Al corromperse el Poder Legislativo que necesita mantener ocultos sus contubernios, necesariamente debe relajar su función de contralor del Ejecutivo permitiendo que los miembros de éste último también incurran en hechos moral y legalmente prohibidos. Y la cadena alcanzará al Poder Judicial en algún punto.
Esto no va más y lo demuestran las grandes sociedades que desde una PC y mediante las redes sociales se convocan a las plazas manifestándose contra la corrupción y la dictadura. En pocos meses ya han rodado cabezas que llevaban décadas en el poder.
Por eso esta nueva gobernabilidad exige una nueva manera de educar para la participación en los nuevos entramados políticos como único seguro para el sistema y para el gobernante.
Será necesario entonces generar una nueva “paideia”, es decir ejercitar una nueva docencia de las libertades y los derechos del ciudadano y su correspondencia con los deberes, algo que hoy está totalmente desbalanceado. Se ha enseñado a reclamar derechos pero no a cumplir deberes. Eso es demagogia y es un “bumerang” que en algún momento vuelve que el mundo ahora llama “Indignados”.
Hay que enseñar esa nueva relación entre identidades comunes y diferencias; respetar las diferencias pero conservando aquello que hace que sea lo que somos, no imponiendo modelos extraños y respaldándolos por la fuerza. Más claro, quien quiera ser diferente que lo sea porque le asiste el derecho, pero no se imponga por decreto esa diferencia como paradigma de una sociedad que naturalmente no lo tiene. La democracia es para todos.
Y la democracia es un sistema de valores antes que un sistema político que debe regular la conducta social, pero antes debe enseñarla. Este democracia no está enseñando ninguna clase de valores ni regulando esas conductas que deben ajustarse a un derecho preestablecido y que debe aplicarse sin temor y con la responsabilidad que tal ejercicio demanda.
Una nueva sociedad depende de una buena educación cívica, tronco desde el cual se ramifican todas las áreas de desempeño del ciudadano. Es una inversión cuyos frutos son lejanos y es una tarea agotadora que no la puede terminar un solo gobierno, pero sí sería bueno que éste Gobierno presente ponga la semilla para que germine una nueva sociedad.
Ellos ya no estarán cuando eso suceda, pero esos venideros seguramente se lo agradecerán. O sea, habrán quedado en la historia.-
Por: Ernesto Bisceglia
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