Una apropiación de tierras en los países emergentes se viene produciendo de parte de multinacionales y gobiernos más poderosos para salvar del hambre a su gente
La cuestión de la posesión de la tierra ha sido una cuestión central en la estrategia de dominio de todas las civilizaciones. Ese patrón no ha cambiado y ahora se repite en plena globalización, sólo que esta vez las consecuencias podrían ser inimaginables porque las circunstancias no son ni remotamente las mismas, como tampoco la cantidad de habitantes; según los cálculos previstos para el año 2050 el planeta tendrá que albergar a unos 9.200 millones de personas.
Cuando la modernidad dibujó nuevos países sobre el mapa mundial, la economía tuvo que adecuarse a ese nuevo orden, de modo que casi todos esos países comenzaron a vincularse económicamente.
En ese contexto, hacia fines del siglo XIX, Gran Bretaña había alcanzado un desarrollo económico muy superior y ostentaba el título de ser la principal potencia económica mundial, lo cual la convertía en el árbitro de aquel sistema económico global que se fue organizando según lo que cada país producía.
Los países llamados centrales se dedicaron a la producción de bienes industriales manufacturando la producción primaria enviada desde los llamados países periféricos. Este esquema recibió el nombre de División Internacional del Trabajo.
Fue el tiempo en que la figura del Estado Nación alcanzó su apogeo concentrando todos los derechos políticos y civiles de los ciudadanos. A diferencia de entonces, hoy, los atributos de la soberanía de un país han dejado de pertenecerle para pasar a ser ejercidos por grupos económicos multinacionales.
Un Planeta en venta
Esos Grupos impusieron y derrocaron gobiernos según conviniera a sus intereses, pero ahora hasta eso ha cambiado. Ya no hace falta gastar dinero en derrocar gobiernos cuando la táctica es aprovechar sus tierras sin meterse en la cuestión política y por eso ahora están comprando millones de hectáreas en países emergentes como la Argentina y otros que están más abajo todavía para dedicarlas a la producción de alimentos. Se calculan en cincuenta millones las hectáreas cuyos dueños no están en los países donde esa tierra se encuentra.
La gran crisis que se avecina
Esta concentración de tierra en tan pocas manos amenaza la estabilidad social y la paz de sociedades que van a demandar cada vez más alimentos. En ese escenario los que peor la van a pasar son aquellos países cuyos recursos naturales ya no les pertenezcan.
Según las últimas estimaciones de la FAO, esa crisis ya ha comenzado en el 2008 y ha empeorado en lo que va hasta aquí. Esa situación ha acelerado aún más la carrera de los países y grupos más importantes por hacerse de tierras, unos para garantizar la alimentación de sus habitantes, los otros para tener una poderosa herramienta de lucro.
La misma FAO ha lanzado la consigna de crear un “nuevo sistema de seguridad alimentaria mundial” que se basa en combatir la usura del mercado internacional proponiendo una vuelta a la economía tradicional basada en el producto de la tierra.
Frente a la voracidad con se viene desarrollando esta compra de tierras, las intenciones de la FAO quedan algo ingenuas cuando dice en la Cumbre celebrada en el año 2009 que es necesario “concebir políticas de desarrollo agrícola, así como reglas y mecanismos, que garanticen un comercio internacional sin barreras y justo al mismo tiempo”.
Al hombre no le interesa el hombre
Los documentos de la FAO, sin embargo dicen algo aterradoramente real: piden reunir 30 mil millones de dólares por año para “crear infraestructuras rurales y aumentar la productividad agrícola en el mundo en desarrollo”, muy poca cosa si se recuerda que frente a la crisis financiera internacional los países desarrollados lograron reunir cien veces más en un corto tiempo.
Aquí está pues, la razón de esa crisis global que radica en haber abandonado el hombre la economía como “actividad natural orientada a la satisfacción de las necesidades materiales de las personas” (Aristóteles), para volcarse a lo que el mismo Filósofo llamó la crematística, donde el bien de cambio –el dinero- se transforma en el fin de la actividad económica y que los griegos llamaron codicia.
La “maldita sed de oro” que Virgilio consignó en La Eneida y que el mismo Maynard Keynes calificó como “morbosidad repugnante, una de esas propensiones semidelictivas, semipatológicas, que se ponen, encogiendo los hombros, en manos de los especialistas en enfermedades mentales”.
El carro está puesto delante del caballo y la economía como tarea natural del hombre se ha extinguido para dar paso a la afición al dinero y todo lo que él puede comprar. En el camino, los recursos primarios que motorizan la economía han sido avasallados, por lo tanto la economía en sí misma ha perdido su sentido social. Ahora es crematística pura que demuestra la razón que tenía Aristóteles cuando la llamó “actividad contra natura que deshumanizaba”.
Es mucho más que una reforma agraria a nivel mundial o un acumular de tierras en pocas manos lo que está ocurriendo, porque con la tierra solamente no se hace nada sino se tiene el agua, por ejemplo; y así continúa la cadena de recursos de los que hay que apropiarse.
Mientras los estudiosos advierten sobre lo que viene, unos pocos, los dueños del mundo continúan acumulando frenéticamente bienes, dinero y poder, hasta un punto en que desaten la violencia cuando las masas queden al margen de las posibilidades mínimas de supervivencia.
Lamentablemente es un tema que no ocupa espacios en los medios y tampoco causa demasiado impacto en la opinión pública por eso pasa desapercibido; y el problema es que cuando detone, tal vez sus consecuencias ya sean irreversibles, si no es que ya está comenzando a ocurrir.
Por: Ernesto Bisceglia
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