Cientos de miles de fieles celebraron alborozados la beatificación de Juan Pablo II, una inédita y rápida respuesta del Vaticano a un pedido popular. Las conciencias han sido aplacadas y satisfechas, sin embargo, puertas adentro algunos reconocidos teólogos se han pronunciado en contra de esta declaración.
Los motivos son variados y lógicos de esperar, al fin no se está hablando de otra cosa que de política vaticana. Una Institución que logró atravesar dos mil años de historia superando al Imperio romano, los absolutismos y ahora los estados nación en proceso de disolución por la globalización, algo tiene que saber de lo que está haciendo.
Entre las acusaciones para desmerecer la beatificación del Papa polaco esgrimen lo que ellos llaman el “encubrimiento” del pederasta Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, uno de los casos de corrupción más sonados. Pero si bien es cierto de que Maciel gozó de una impunidad total para vivir como millonario y abusando de pequeños, no menos lo es que en aquellos años el ahora Papa Ratzinger estaba al frente de la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe, el moderno nombre de la Santa Inquisición, tenía voz y voto sobre el Papa y sin embargo todo siguió igual. Ratzinger recién como Benedicto XVI puso las cosas en su lugar en ese caso.
Pero sería a criterios de quienes vemos y seguimos de lejos estas cosas, muy simplista. Mucho menos consistente parece el argumento del teólogo español Juan José Tamayo quien junto a otros colegas aduce que “Benedicto XVI le debe a Juan Pablo II su pontificado (…) Es un juego de favores”. Hasta pareciera haber más de envidia en esas palabras.
También se le critica a Juan Pablo II haber callado las voces de la Teología de la Liberación nacida en el seno de una realidad social y cristiana latinoamericana y que muchos en su momento vimos como el aire nuevo que necesitaba para evangelizar la Iglesia Católica.
Lamentablemente ocurrió eso, fue acallada sin darle oportunidad a depurar algunos puntos que sinceramente no cuadraban con el espíritu evangélico, sobre todo cuando las soluciones se pasaban al campo marxista.
Más bien hay que buscar las razones de esta beatificación en los desórdenes morales que sacuden al mundo contemporáneo y la ausencia absoluta de liderazgos que puedan encarnar los valores que se han esfumado de las conciencias.
Los regímenes políticos están incapacitados de propones personas que capten la adhesión de las masas, es allí donde la Iglesia tiene que concurrir en elevar una persona que reúna eso que las gentes están pidiendo. Nada mejor que un arquetipo de humanidad como Juan Pablo II.
La crítica a la velocidad con que se ha proclamado la beatificación de Juan Pablo II tampoco tiene mucho sustento en virtud de que no se pueden seguir procedimientos medievales en un momento en que toda la historia viaja on-line. Esta noticia será vieja dentro de unas horas, nada más.
No es más que la típica respuesta que siempre se dio a los tiempos de crisis universal y de crisis interna. La Iglesia sabe mejor que nadie cómo se están desgajando sus huestes. Los casos de escándalo, de abusos y otros desórdenes morales vienen provocando un éxodo de fieles que terminan cayendo en las garras de pseudocultos populares.
Cuando Lutero partió a la cristiandad con la reforma protestante en el 1500, de ese periodo son Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz y nada menos que San Ignacio de Loyola, fundador de la extraordinaria Compañía de Jesús, el ariete más importante que tuvo la Contrarreforma.
En realidad, desde los cargos jerárquicos tanto de la Iglesia como de la política, hay que pensar en los que vienen, en los más jóvenes proponiéndoles modelos concretos de vida. Así debiera ser en la teoría al menos.
De modo que cuando se ve las remeras con un ícono tan vacío y representativo del terror como el Che Guevara, por ejemplo, idealizado como un revolucionario, no está mal contraponerle otro como Juan Pablo II, que con todas las críticas que uno pueda realizarle, como haber defenestrado a los jesuitas en favor de la Logia Blanca, al menos es un estereotipo representativo del hombre que no muere, sino que trasciende y que contiene en sí el mensaje más revolucionario que hubo en la historia y todavía no aplicado: el cristianismo.-