El Intransigente comenzó este especial que enorgullece a los salteños. Cada semana una entrega para saber sobre aquellos que nos identifican
DON NATALIO ROLDÁN
EXPLORADOR Y CONQUISTADOR DEL RÍO BERMEJO
CALLE CÉNTRICA DE NUESTRA CIUDAD UBICADA EN EL COSTADO NORTE DEL SHOPPING-PERPENDICULAR CON AVDA. VIRREY TOLEDO Y URUGUAY
TERCERA PARTE

Cáscada Río Bermejo
Habíamos comentado en nuestra entrega anterior, acerca del viaje de los caciques a Buenos Aires -pueblo grande, al decir de ellos- Primero fueron dos los que aceptaron la invitación de Roldán, pero finalmente fueron cinco, lo cual demostró la confianza que don Natalio había conseguido trasmitir.
Luego de vestirlos adecuadamente, fueron recibidos por el Presidente Sarmiento, por el Ministro del Interior Dr. Vélez Sárfield y don Francisco P. Molina, Presidente de la Compañía de Navegación a Vapor del Río Bermejo. Roldán había tratado de hacer comprender a los indios que, por el solo hecho de haber nacido en el lugar en que lo hicieron, eran de nacionalidad argentina. Sarmiento convalidó la idea de llevar hasta 25 de estos hombres como una manera real y efectiva de conquistarlos. Para tal efecto dispuso que la Comisaría de Guerra, proveyera en cantidad, víveres, calzado y ropa para que llevaran a sus familiares. El Presidente Sarmiento, prometió declarar a la Compañía de Navegación del Bermejo, benefactora de la patria. Fueron numerosos los regalos que el gobierno nacional, a través de sus funcionarios, hicieron a los navegantes de este río y, para completar la lista, Roldán al pasar por Humaitá, cargó cinco fardos de tabaco, antes de entrar a las caudalosas aguas del Bermejo.
El punto de encuentro previamente concertado con los caciques, se encontraba atestado de gentes pertenecientes a las parcialidades de los caciques, y en el paroxismo de la alegría y exultantes de un orgullo que podía tocarse, acompañados siempre por las estridentes pitadas del barco, saludaban desde cubierta, a la espera que el vapor anclara en las orillas. No bien lo hiciera, cada uno de los caciques ataviados con seis ponchos cada uno, procedieron en simbólico gesto, a sacarlos uno por uno y distribuirlos entre sus seguidores. El reparto de la ropa se hizo equitativamente, de acuerdo a las necesidades y el número de hijos que cada familia tenía.
Un día mientras navegaba tranquilamente, un asesino silencioso acechaba escondido bajo la superficie bermeja de las aguas; era un tronco de palo santo, que vino a dar de lleno en la quilla del último vapor con que contaba la compañía, dejando entrar a raudales el agua, por un canal abierto bajo la línea de flotación. Los dos marineros ingleses, pensando que las calderas explotarían, saltaron al agua; sólo quedaron los dos indios matacos tratando de apagarla, cumpliendo con su deber, tal cual les había enseñado el Shilata Natalio. En los botes con que contaba la nave, descendieron Genara, algunos pasajeros, los marineros, y por último, como corresponde a la tradición, el Capitán y su segundo, es decir Roldán y Barbosa.
La desazón, el desconcierto y la pena insoslayable, emergían con violencia, mientras también lo hacía el último vapor de la Compañía, el Orán con su proa señalando el cielo. Era ésta, la última esperanza de conquistar el río que tantas batallas había dado. Los náufragos, sacaron del barco, todas las vituallas que podían servirles de abastecimiento, inmersos como estaban, a merced de las inclemencias del tiempo, de los carniceros y de la desolación.
Se hundía junto al barco, el esfuerzo titánico de más de tres lustros de combates contra las adversidades del río, pues jamás volverían a escucharse las pitadas estridentes del barco que, como clarinadas de triunfo, esparcían su alegría sobre el verdor de la selva.
La lucha había sido llena de penurias, esfuerzos denodados, a la intemperie, bajo carpas a veces improvisadas, en permanente riesgo de enfermedades, fieras salvajes, alimañas y también expuestos a la ira de los aborígenes.
A pesar que Roldán conocía el río palmo a palmo, las crecientes no sólo cambiaban el curso de su cauce principal, sino que movían de su lugar a los asesinos silenciosos, los troncos sumergidos que conspiraban siempre contra la navegación, de manera que cada viaje era una aventura nueva, un desafío permanente, en el que el río era siempre el vencedor.
Genara, su mujer, estaba como siempre a su lado, compartiendo angustias y frustraciones, sin temor a los indios, a las inclemencias ni a las extremas incomodidades.
La Revista Todo es Historia, reproduce una carta del entonces Comandante Samuel Uriburu, dirigida a la esposa del mítico Roldán, doña Genara Ñañez:
“A
Cuando alguna vez se escriba con imparcialidad y patriotismo, la historia de las grandes cruzadas civilizadoras de Natalio Roldán, navegando el Bermejo, y estudiando el desierto del norte de
Rivadavia,
agosto 5 de 1884-márgenes del Río Bermejo”
“Es bueno que sepa el Dr. Villanueva, que yo gané ese premio de las 100 leguas, sin pagar coimas, sin padrinos, ni influencias, como es el signo característico de la época. Ese premio, lo gané con la acción de mis brazos, y me fue discernido con honor. Remuneración de patrióticos sacrificios, como consta en páginas anteriores y en la ley que me premió, como figura en la escritura, hoy en su poder”
