Lo que vendría para un segundo mandato sería un viraje hacia un progresismo de base marxista edificado sobre la demolición de los criterios tradicionales de sustentabilidad social
Pareciera que a dos siglos de vida “independiente”, todavía en la Argentina no es posible encontrar un modelo de gobierno definitivo; al menos uno que represente el pensamiento de la gran mayoría. Desde la Primera Junta venimos probando, no lo conseguimos en el Congreso de Tucumán ni durante los treinta años siguientes hasta la Constitución Nacional de 1853. A partir de ahí, esfuerzos, modelos y sobre todo fraude para garantizar un “status quo” que se cayó con Hipólito Yrigoyen, bueno, al menos eso parecía hasta que José “Von Pepe” Uriburu demostró que todo estaba igual y vinieron un par de décadas más de fraude, eso sí, patriótico.
Cuando Robustiano Patrón Costas se había hecho coser el traje y tenía listo hasta el discurso para asumir como Presidente de la Nación; el GOU de Perón le dijo que no y otra vez militares.
Y de los militares salió el gobierno más revolucionario que tuvo el país, podría decirse, el único gobierno popular, ése que veníamos buscando desde 1810, que representara el sentir y el pensar de la gran mayoría del pueblo argentino: lo llamaron el peronismo.
Perón pudo ser de todo pero sobre todo fue un visionario, hace más de medio siglo captó que el mundo no seguiría siendo como era entonces e intentó prepararse para liderar ese cambio.
En su leal saber y entender lo llamó “Tercera Posición”, término ajustado al mundo bipolar de aquel entonces; una definición más que lineal e insuficiente la nuestra para explicar ese proyecto que no estaba nada errado.
Avatares mediante, en los umbrales del siglo XXI, el peronismo sigue siendo el protagonista excluyente de la política argentina habiendo experimentado en el camino algunas transformaciones y deformaciones, pero esa impronta de ser siempre revolucionario continúa presente.
Es lo que pretendería recrear Cristina Fernández: en un mundo globalizado tenemos que ser distintos y distantes. Distintos porque tenemos que generar un modelo propio, no alienado con la globalización neocapitalista y liberal. Y distante porque debe ser un modelo propio, un paradigma exclusivo. Ese ideal se llama “Bloque Regional de Poder Popular”.
La definición de este modelo la planteó Hugo Chávez y la lideró a través de su Revolución Bolivariana, coptando (para estar a la moda) a Evo Morales y a Cristina Fernández y aliándose para respaldarse con el Irán de Ahmadijenad.
Este paradigma socialista tiene algunas notas propias que son estas cuatro patas, diremos: lo que llaman “desarrollismo democrático regional”, o sea, un bloque ideológicamente independiente del mundo globalizado, con un pensamiento y una praxis propia. En los hechos se diría una autoexclusión.
Luego está la “economía de equivalencias”, que a riesgo de exagerar la síntesis, es un modelo que planea dar igual nivel de vida a todos los ciudadanos. El fiel ya no es el precio de mercado, base del capitalismo neoliberal que genera asimetrías sociales y depredación de recursos naturales. Aquí se trata de una economía de valores, donde el trabajo es el mayor de todos (paradójico en un país donde se lo desalienta con los “planes descansar” y otros); en suma, ese valor lo da el tiempo de trabajo que necesita un bien o servicio para hacerse o brindarse. A muy grandes rasgos, es esto.
Le sigue un concepto de “democracia participativa” que es más avanzado del que se suele enseñar en Formación Ética; este concepto involucra la posibilidad de que el pueblo delibere a través de su participación. En un artículo anterior nos ocupábamos precisamente del botón de muestra que son las pretendidas “milicias populares” de la Garré. Este concepto va en contra del principio constitucional de que el pueblo no delibera ni gobierna sino por sus representantes, y además, calza el respeto a la decisión de las minorías lo cual no cuadra con el principio de mayoría democrática. El matrimonio igualitario es otro ejemplo.
Queda finalmente el cuatro ingrediente que son las “organizaciones de base”, donde “La Cámpora” es el modelo más explícito y contradictorio, toda vez que fue bautizado con el apellido de alguien con quien Perón terminó decepcionado y practican un socialismo viviendo a todo lujo con dineros provenientes de planes de obras (Madres), adjudicaciones directas, subsidios, en fin, lo que se ve todos los días.
En los hechos, éste Socialismo del Siglo XXI pretende desplazar a la burguesía tradicional modificando la dimensión cultural heredada del siglo XIX, sobre todo en la educación, cuya destrucción es fundamental y funcional para el establecimiento de este modelo.
El concepto de Estado Nación debe ser superado arrebatándole su poder de policía para trasladarlo al “Pueblo”, ininteligible entelequia donde es difícil saber si ya se está dentro o no. Por supuesto, el factor militar y religioso también debe ser exterminado, principiando desde lo psicológico cosa de eliminar posibilidades de reacción.
Así como Perón quiso fundar su Tercera Posición, este neoperonismo cristinista aspira a conducir este “Bloque Regional de Poder Popular”, ya que informes reservados auguran poco tiempo en el poder a Chávez, factótum y líder natural de este movimiento.
Si el modelo progresa, por fin la vieja dirigencia política argentina pasará al retiro; la figura de Amado Boudou es el síntoma más claro de lo que viene.
La pregunta es si éste Sistema –a la luz de los resultados que se ven- es mejor o todavía nos falta evolucionar.-
POR ERNESTO BISCEGLIA PARA EL INTRANSIGENTE