Carta de Lectores existe para que quienes leen puedan expresarse. Hoy, Fabio Miguel Núñez Najle nos ilustra sobre el encuentro entre San Martín y Bolivar en Guayaquil
Sr. Director:
En estos días, se conmemora un aniversario más de un acontecimiento fundamental en el destino de nuestro Libertador General José Francisco de San Martín, acontecimiento que siempre ha sido narrado y conocido como misterioso, como impenetrable; el hecho es la afamada Entrevista de Guayaquil.
Esa entrevista tuvo lugar durante los días 26 y 27 de Julio del año 1.822, en la Ciudad de Guayaquil, más precisamente, en el domicilio en donde residía, por ese tiempo, Don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar.
Las presentes líneas pretenden dar unas pinceladas generales sobre el tema, delineando sus causas y tratando de traer a luz su declamado “misterio”.
En la época histórica abordada, la Guerra de la Independencia Americana había quedado ya reducida al territorio peruano, en dónde San Martín ostentaba el título de “Protector”; ya que las fuerzas realistas habían sido ya derrotadas en terreno venelozano y colombiano, así como en nuestro país y Chile.
El General San Martín arribó a la Ciudad Ecuatoriana el día 26 de Julio a las 07:00 horas, a bordo de la goleta Macedonia. Bolívar mandó a saludar al visitante por medio de dos edecanes, ofreciéndole la hospitalidad, dirigiéndose luego a la casa del anfitrión.
Una vez en la casa de Bolívar, éste lo esperó elegantemente uniformado, rodeado de su estado mayor, al pie de la escalera, y salió a su encuentro, pronunciando las siguientes palabras: “Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y estrechar la mano del renombrado General San Martín”. A tal saludo correspondió el visitante.
Luego se efectuó una pequeña recepción, en la que San Martín presentó a sus Generales, recibió el saludo de distintas personalidades y hasta una corona de laurel de oro esmaltado, la que rehusó ostentar en su sien, pero que conservó para no desairar a los obsequiantes. Culminadas las presentaciones y salutaciones, se retiraron los concurrentes dejando solos a los Libertadores.
A ambos permanecieron de pie, paseándose por el salón, cerraron la puerta y hablaron sin testigos. Esa primera reunión duró cerca de treinta minutos, al cabo de la misma Bolívar se retiró con gesto serio y grave, acompañándolo San Martín con la misma expresión.
Al día siguiente tuvo lugar la verdadera entrevista, la que se inició cerca de las 13:00 y se extendió por cuatro horas, teniendo por escenario el mismo lugar del encuentro anteriormente narrado.
Antes del encuentro San Martín ya había ordenado se embarcase su equipaje a bordo de la goleta Macedonia, anticipando a sus asistentes que esa misma noche echaría velas hacia Perú (en ese entonces ostentaba el Protectorado de ese incipiente Estado, en el que, durante su ausencia, había estallado una revuelta, deponiendo a su Ministro Monteagudo).
A las cinco de la tarde, finalizada la entrevista, ambos se sentaron presidiendo un espléndido banquete; llegado el momento del brindis, el caraqueño dijo: “Por los dos hombres más grandes de la América del Sur: el General San Martín y yo”. A su turno nuestro compatriota expresó: “Por la pronta conclusión de la guerra; por la organización de las diferentes repúblicas del continente, y por la salud del libertador de Colombia”.
Desandado el banquete, Bolívar pasó al baile, lo que contrastó con la actitud asumida por su camarada, quien permaneció toda la noche como un frío espectador. Según se narra, a eso de la una de la mañana San Martín abandonó el lugar, tomando rumbo a Lima.
Al mediodía siguiente, ya embarcado, mientras se paseaba por la cubierta exclamó: “¡El Libertador (por Bolívar) nos ha ganado de mano!”. Ya en el puerto del Callao encargó al General Cruz escribiese a O’higgins: “¡El Libertador no es el hombre que pensábamos!”.
Habiendo pasado revista a los hechos, resulta conveniente relatar cuáles fueron los asuntos abordados en dicho encuentro, los que nos traerán luz acerca de la actitud posterior de San Martín.
Según se ha establecido, los asuntos a tratar eran los siguientes: la pronta finalización de la guerra contra los españoles (como se apuntó sólo permanecía hostil el territorio peruano); luego se abordaría el asunto relativo a Guayaquil, si ella debía ser anexada a Colombia o bien debía erigirse en autónoma.
Respecto de la primera cuestión, es decir la pronta finalización del proceso beligerante, corresponde señalar lo siguiente: Bolívar ofrece, después de las victorias de Bomboná y Pichincha, auxiliar militarmente al Perú. Dice: “El ejército está pronto a marchar donde quiera que sus hermanos lo llamen”. San Martín acepta alborozado tan espontáneo ofrecimiento y expresa: “El Perú recibirá con gratitud todas las tropas de que pueda disponer V.E. a fin de acelerar la campaña. … Los triunfos de Bomboná y Pichincha, han puesto el sello de la unión de Colombia y del Perú. El Perú es el único campo de batalla que queda en América...”. El buen propósito de confraternidad se confirma en el Tratado de Unión, Liga y Federación perpetua en paz y en guerra, del 6 de junio de 1.822.
San Martín le informa verbalmente a Bolívar, durante la entrevista, que está decidido a servir bajo sus órdenes para terminar prontamente la guerra de la independencia. La respuesta del caraqueño es rechazar, por delicadeza, tal proposición. Pronto surgen las desavenencias sobre estrategia militar. San Martín plantea la necesidad del auxilio del ejército colombiano al Pueblo Peruano y Bolívar solamente ofrece tres batallones.
La carta de San Martín a Bolívar, del 28 de Agosto de 1.822 es reveladora de la realidad:
“Excimo. Señor Libertador de Colombia, Simón Bolívar. Lima, 28 de agosto de 1822.
Querido general:
Dije a usted en mi última del 23 del corriente, que habiendo reasumido el mando supremo de esta república, con el fin de separar de él al débil e inepto Torre Tagle, las atenciones que me rodeaban en aquel momento, no me permitían escribirle con la extensión que deseaba; ahora, al verificarlo, no sólo lo haré con la franqueza de mi carácter, sino con la que exigen los grandes intereses de la América.
Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente, yo estoy íntimamente convencido, o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa.
Las razones que usted me expuso, de que su delicadeza no le permitirá jamás mandarme, y que aún en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida, estaba seguro que el congreso de Colombia no consentiría su separación de la República, permítame general le diga, no me han parecido plausibles.
La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la segunda, estoy muy persuadido que la menor manifestación suya al congreso sería acogida con unánime aprobación, cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados, con la cooperación de usted y del ejército de su mando; y que el alto honor de ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside. … No se haga V. ilusión, general.
Las noticias que tiene de las fuerzas realistas son equivocadas; ellas montan en el Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de dos meses. El ejército patriota, diezmado por las enfermedades, no podrá poner en línea de batalla sino 8.500 hombres, y, de éstos, una gran parte reclutas.
La división del general Santa Cruz (cuyas bajas según me escribe este general no han sido reemplazadas a pesar de sus reclamaciones) en su dilatada marcha por tierra, debe experimentar una pérdida considerable, y nada podrá emprender en la presente campaña. La división de 1.400 colombianos que V. envía será necesaria para mantener la división del Callao, y el orden de Lima.
Por consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por puertos intermedios, no podrá conseguir las ventajas que debían esperarse, si fuerzas poderosas no llamaran la atención del enemigo por otra parte, y así la lucha se prolongará por un tiempo indefinido.
Digo indefinido porque estoy íntimamente convencido, que, sean cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de América es irrevocable; pero también lo estoy, de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males.
“En fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20. del mes entrante he convocado el primer congreso del Perú, y al día siguiente de su instalación, me embarcaré para Chile, convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad, terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien la América debe su libertad.
El destino lo dispone de otro modo y es preciso conformarse. No dudando que después de mi salida del Perú, el gobierno que se establezca reclamará la activa cooperación de Colombia, y que usted no podrá negarse a tan justa exigencia, remitiré a usted una nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada pueda ser a usted de alguna utilidad su conocimiento. … El general Arenales quedará encargado del mando de las fuerzas argentinas. Su honradez, coraje y conocimientos, estoy seguro lo harán acreedor a que usted le dispense toda consideración. … Nada diré a usted sobre la reunión de Guayaquil a la república de Colombia. Permítame, general, que le diga que no era a nosotros a quienes correspondía decidir.
Concluida la guerra, los gobiernos respectivos lo hubieran transado, sin los inconvenientes que en el día pueden resultar a los intereses de los nuevos estados de Sud América. … He hablado a usted, general, con franqueza, pero los sentimientos que exprime esta carta, quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalerse para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos para soplar la discordia.
“Con el Comandante Delgado, dador de esta, remito a usted una escopeta y un par de pistolas, juntamente con un caballo de paso que le ofrecí en Guayaquil. Admita usted, general, esta memoria del primero de sus admiradores. …
Con estos sentimientos y con los de desearle únicamente sea usted quien tenga la gloria de terminar la guerra de la independencia de la América del Sud, se repite su afectísimo servidor.
José de San Martín.”
Nuestro Libertador cumplió su promesa. Al día siguiente de la convocatoria del Primer Congreso Peruano se embarcó a bordo del Belgrano para Chile. Sus previsiones se realizaron: la guerra duró todavía dos largos años.
Las razones de San Martín para su retiro quedan claramente expuestas en estas palabras expuestas a su fiel confidente Guido, en horas previas a su regreso a Chile: “Existe una dificultada mayor que no podría vencer sino a costa de la suerte del país y de mi propio crédito. Bolívar y yo no cabemos en el Perú. He penetrado sus miras: he comprendido su disgusto por la gloria que pudiera caberme en la terminación de la campaña. El no excusaría medios para penetrar al Perú, y tal vez no pudiese evitar yo un conflicto, dando al mundo un escándalo, y los que ganarían serían los maturrangos.
¡Eso no! Que entre Bolívar al Perú; y si asegura lo que hemos ganado, me daré por muy satisfecho, porque de cualquier modo triunfará la América. No será San Martín el que dé un día de zambra al enemigo”.- A mayor abundamiento corresponde citar la carta que San Martín remitió desde Bruselas el 19 de abril de 1827, carta cuya autenticidad nadie discute; al General Miller, su compañero de armas, quien le había requerido datos sobre la famosa entrevista para la redacción de sus “Memorias”.
Recordemos lo que manifiesta por escrito San Martín a Miller: “En cuanto a mi viaje a Guayaquil, él no tuvo otro objeto que el de reclamar del General Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú: auxilio que una justa retribución (prescindiendo de los intereses generales de América) lo exigía por los que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia.
Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el ejército de Colombia después de la batalla de Pichincha se había aumentado con los prisioneros y contaba con más de 9.600 bayonetas; pero mis esperanzas fueron burladas al ver que en mi primera conferencia con el Libertador me declaró que haciendo todos los esfuerzos posibles, solo podría desprenderse de tres batallones con la fuerza de 1.070 plazas. (En realidad 1.700 plazas).
Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido de que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia. Así es que mi resolución fue tomada en el acto creyendo de mi deber hacer el último sacrificio en beneficio de la patria.”
Sólo falta recordar un documento más, la carta que San Martín envía desde Boulogne-sur-Mer, el 11 de Setiembre de 1.848, al presidente del Perú, Mariscal Ramón Castilla, su antiguo subordinado. Dos años antes de morir, el nacido en Yapeyú le dice: “...yo hubiera tenido la más amplia satisfacción habiéndole puesto fin con la terminación de la guerra de la independencia en el Perú, pero mi entrevista en Guayaquil con el General Bolívar me convenció, no obstante sus promesas, que el sólo obstáculo de su venida al Perú con el ejército de su mando, no era otro que la presencia del General San Martín, a pesar de la sinceridad con que le ofrecí ponerme a sus órdenes con todas las fuerzas de que yo disponía.
“Si algún servicio tiene que agradecerme la América, es el de mi retirada de Lima, paso que no sólo comprometía mi honor y reputación, sino que era tanto más sensible cuanto que conocía que, con las fuerzas reunidas de Colombia, la guerra de la independencia hubiera sido terminada en todo el año ‘23. Pero este costoso sacrificio y el no pequeño de tener que guardar un silencio (tan necesario en aquellas circunstancias) por los motivos que me obligaron a dar este paso, son esfuerzos que usted podrá calcular y que no está al alcance de todos el poder apreciarlos.”
Resumiendo, Bolívar no deseaba prestar toda la colaboración militar necesaria mientras San Martín permanezca en el escenario de la Guerra Independentista, pues deseaba sólo para si los laureles de la victoria final sobre los españoles. Ante ello, San Martín da un paso al costado.
El otro tópico abordado fue el destino de Guayaquil. Bolívar sostiene la tesis de que Guayaquil forma parte de Colombia. San Martín razona de manera diferente. Dice: “siempre he creído que en tan delicado negocio, el voto espontáneo de Guayaquil sería el principio que fijase la conducta de los Estados limítrofes, a ninguno de los cuales compete prevenir por la fuerza la deliberación de los pueblos”.
Prosigue: “dejemos que Guayaquil consulte su destino y medite sus intereses para agregarse libremente a la sección que le convenga, porque tampoco puede quedar aislada sin perjuicio de ambos”. Bolívar no cree, en cambio, que Guayaquil tenga derecho a exigir de Colombia el permiso para expresar su voluntad para incorporarse a la república, pero accede a consultar al pueblo de Guayaquil.
Finalmente la decide incorporar a Colombia. San Martín manifiesta su inconformismo, expresando: “V.E. no ignora que Guayaquil, provincia libre, se encuentra bajo el Protectorado del Perú. Tampoco ignora que batallo ejerciendo sin reservas el apostolado de la libertad, por lo que estoy impedido de reconocer a Colombia soberanía en ese territorio. Rehúso el conflicto, porque la retrotracción sería guerra fratricida. No sacrificaré la causa de la libertad a los pies de España.”.
Fabio Miguel Núñez Najle