POR ERNESTO BISCEGLIA PARA EL INTRANSIGENTE

La moral de los argentinos

En un tiempo en que el paradigma moral de la sociedad ha cambiado, es necesario aprender a respetar la opinión contraria y no ser intolerante con la intolerancia que se denuncia

Domingo, 28/08/2011 | 06:27 hs

La cuestión es muy difícil de abordar porque el momento también lo es. Asistimos al cambio de época más que a una época de cambios y esa mudanza es tan categórica que todos los paradigmas que la Modernidad había forjado han finalizado su existencia.

Por ejemplo, la idea de familia considerada la célula base de una sociedad, que en la Argentina fue una herencia hispana y con no pocos adornos barrocos y victorianos ya no existe más. Esa idea de la familia que se resumía en las fotos coloreadas que representaban al patriarca sentado con su mujer a la diestra y de pie, con el más chico en la rodilla paterna y los otros hijos dispuestos alrededor en equilibrada distribución, hoy causa gracia. Es impensable.

La idea de Patria, herencia del pensamiento latino que consagraba la idea de que la Patria era lo que se heredaba del “Pater”, del padre y por lo tanto bien valía que fuera hasta la vida en su defensa, tampoco se sostiene. Por el contrario, hablar de Patria en estos días tiene connotaciones castrenses que hacen que sea un pensamiento fascista.

Para qué decir de Dios. La idea de Dios se ha difuminado en lo general y en lo particular se ha centrado en una asociación injusta con jerarquía eclesiástica; injusta porque la propia idea de Dios es inacabada y superlativamente mayor a cualquier concepto de iglesia, sea cualquiera ésta. Hablar hoy de Dios también es retrógrado y fascista. No obstante, la paradoja reside en la proliferación de cultos porque en algo hay que creer.

En la política también han cambiado las cosas. La culminación de la evolución política fue el Estado Nación y cuando parecía que ya no había mayor modelo que ese, la globalización ha venido a borrar fronteras. Hoy los países son apenas un dibujo cartográfico porque el concepto de soberanía está superado. Se ve en las leyes que se reforman a veces a contrapelo de las Cartas Constitucionales y por imperio de intereses económicos de grupos privados, hasta eso.

En síntesis, todos estos, brevemente enumerados, fueron los valores con los cuales se educaron y criaron a sus hijos los argentinos durante el siglo que va desde la Generación del ’80 hasta la década del setenta en el siglo XX. Otra paradoja es que precisamente quienes se autoproclamaron adalides de estos valores durante la Dictadura, fueron los primeros en violarlos y en abrir la puerta para que en adelante la invocación de esa escala de valores que resumían el Ser Nacional argentino, resultaran más bien un sinónimo de autoritarismo,
fascismo, gorilismo, y algunos “ismos” más.

Ha cambiado el paradigma cultural y moral, hay que admitirlo. Tanto que el hombre y la mujer ya no se definen por lo que les correspondía como propio de su género sino que ese concepto de masculino o femenino se disparó hacia el voluntarismo individual, donde cada uno elige lo que quiere ser.

Vale decir, la esencia del hombre en sentido genérico se ha volatilizado hasta el punto de desaparecer; otra paradoja, es negando la trascendencia de la muerte. El hombre ya no muere, sino que es biodegradable, lo mismo que un detergente. Siendo éste el sentido más elevado de la existencia, lo que justifica las penurias terrenales, al negarlo, de allí hacia abajo ya se puede hacer con el individuo lo que sea, porque se ha transformado en algo distinto.

Un repaso por los periódicos nacionales y regionales bastará para comprobar que la gran mayoría acepta y apoya el reconocimiento social y legal de todo tipo de transformaciones posibles. Se puede afirmar que el nuevo paradigma moral de la sociedad argentina es esa fotografía trucada de Florencia de la V, desnuda y embarazada que se difunde sin restricciones. Éste es ahora el modelo aceptado, una extraña simbiosis de cuerpo masculino con atributos y funciones femeninas.

Frente al cambio evidente de ese paradigma moral sobre el cual el poder político ha tomado una posición favorable tanto en el discurso como en las leyes, posición avalada y difundida por los medios de comunicación, sería bueno el ejercicio de una tolerancia tanto de quienes defienden ese concepto de moral tradicional y quienes avalan esta nueva posición.

Porque el posicionamiento de estos temas sólo sirve para dividir mediante la agresión verbal entre ambos bandos. Para quienes piensan que esta nueva concepción de la moral es la avanzada de la que hay que participar, quienes se oponen son seres retrógrados y medievales; para los otros, son progres y hasta degenerados. Cualquiera sea la posición, el otro es un enemigo irreconciliable.

La medida de la cuestión debiera transitar por un justo medio que por ahora se percibe inexistente, pero que si bien debe estar presidido por la irrestricta idea del respeto a la elección de cada uno, sin embargo, la cuestión choca con un concepto insalvable que es el derecho natural, la primera de las fuentes del derecho.

El legislador, al atender el reclamo social debe consultar la jurisprudencia sobre la cuestión que comienza en algún punto en una referencia a la naturaleza de las cosas.

Finalmente quedan expuestas al debate dos cosas: la primera es si realmente ese paradigma moral de los argentinos ha cambiado en tal medida como para haber cruzado la línea hasta el otro lado. Luego, si es la mayoría de la población la que pide legislar favorablemente sobre estas cuestiones, o simplemente es un voluntarismo político apoyado por una batería mediática que termina imponiendo posiciones minoritarias a la mayoría.

Si fuera esto último, tendremos que reconocer que hemos caído en una de las desviaciones de la democracia como es la dictadura de la mayoría, vale decir el uso del número que legitima a un gobierno, utilizado para imponer pretensiones de minorías que las pueden ser de todo tipo, no sólo de orden sexual.

Si un voto le falta a esta democracia, es precisamente, el de la tolerancia para aceptar las diferencias de pensamiento. Los que descargan su crítica impune desde el anonimato de un seudónimo –otra paradoja más-, reivindican derechos amparados por una democracia que ellos mismos bastardean con su intolerancia.-

Por Ernesto Bisceglia
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Comentarios (3)

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miguel j | 29/08/2011 | 14:04 |
miguel j: MB nota para que sea leída por los Gobernantes y Políticos, para que se acuerden los que es la MORAL y la INTOLERANCIA, dos palabras por hoy olvidadas.
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T Colomes | 29/08/2011 | 11:17 |
Con gran satisfaccion he leido su articulo y se lo agradezco, esperando que sea abundantemente leido y meditado, ya que no hay democracia sin ciudadanos responsables y vigilantes de lo que hacen con su propia libertad (de expresion y de accion), sin respeto del otro, es decir sin tolerancia. Gracias de nuevo por su reflexion.
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L.R.S | 29/08/2011 | 08:36 |
Sr. Ernesto Bisceglia: Sabias palabras...la tolerancia es un ejercicio difícil de practicar. Su nota merece estos elogios. Lo saludo atentamente.

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