TUCUMÁN.- Hubo un tiempo en el que los barrios contaban con personajes típicos que formaban parte del folklore zonal, como el afilador, el verdulero, el achurero (vendedor de achuras), el cartero, el vendedor de diarios y el hielero (cuando no existían las heladeras eléctricas), entre muchos otros.
Algunos de ellos permanecen en la actualidad, aunque con otra figura, producto de lo que se denomina progreso. Otros se perdieron para siempre. Desaparecieron súbitamente y pasaron a ocupar un lugar nostalgioso en la memoria de la gente. Uno de esos personajes ya desaparecidos presentaba una característica singular: pese a que era un servidor público similar al del recolector de residuos, tenía autoridad propia, era respetado por los mayores y temido por los chicos traviesos, transgresores, como han sido siempre, y serán, todos los chicos. Ese hombre era el placero.
Más de un muchachón se ligó un reto o un golpe con la vara que siempre lo acompañaba, cada vez que se sentaba en el espaldar de los bancos pisando los asientos, o cuando pisaba el césped.
Jugar al fútbol en aquellos espacios públicos tan bien cuidados por estos servidores municipales era correr el riesgo de recibir un varillazo o directamente perder la pelota, que pasaba a poder del placero hasta que el padre responsable iba a pedirle la devolución.
Sin reclamos
Aquellos padres eran concientes de la mala conducta de sus hijos, y aceptaban la reprimenda del cuidador de la plaza. Hoy, que vemos que la noción de autoridad se ha perdido en sectores básicos de la sociedad, como la escuela, por citar un ejemplo, recordar la manera en que el placero realizaba su tarea diaria por un sueldo mísero parece un cuanto fantástico.Sin embargo, así era. Y se puede percibir la eficacia de la función del placero echando un vistazo a las fotos de aquella época de las plazas públicas, como la de Vila Luján, o la de barrio Jardín. Y en el interior de la provincia, las plazas eran el centro de reunión dominical, que se matizaba con la actuación de la banda de música. Por lo tanto, eran objeto del mayor cuidado por parte de las autoridades municipales.
Todavía quedan vestigios de la belleza de esas plazas en Monteros, en Concepción y en Aguilares, entre muchas otras. Sólo vestigios.
Tugurio maloliente
Desde aquella noche en que se vio al placero dar su última ronda, sobrevino un sentimiento de abandono, que se hizo cada vez más nítido mientras crecía el césped sin control, y mientras las plazas se cubrían cada vez más de sombra por la rotura de las bombillas de luz.
Ni qué decir de la suciedad, que empezó a cubrir las caminerías, y el surgimiento de las temidas manchas de tierra, señal inequívoca de que el espacio se convirtió en cancha de fútbol. Los bancos empezaron a caer abatidos por las patadas de los destructores de siempre y, de pronto, la plaza hermosa, orgullo de la barriada, quedó convertida en tugurio maloliente.
Cuidado a distancia
Con el correr del tiempo, la desaparición del placero, acaso por razones presupuestarias, creo un problema más a la autoridad municipal, que se vio obligada a cuidar a distancia cada uno de estos espacios públicos.
Naturalmente, un programa de mantenimiento en tales condiciones agregó inconvenientes adicionales, como la demora en cambiar una bombilla de luz, o en cortar el césped, efectuar la limpieza, que antes era diaria, y arreglar los jardines. Misión imposible, en verdad. Tanto, que algunas plazas quedaron definitivamente desatendidas en forma correcta, como la de Villa Luján.
Recientemente se inauguró la plaza Belgrano, una perla de la municipalidad capitalina. Han pasado apenas unos días, y ya se puede apreciar el maltrato de la gente para con este hermoso espacio de todos. Acaso sea necesario revisar la memoria y volver a echar mano del placero, ya que los mensajes a la comunidad pidiendo que se cuiden las plazas, que se repiten cientos de veces por radio y televisión, y que se leen en grandes afiches distribuidos en toda la ciudad, no tienen el efecto deseado. Un placero con mirada seria frente al transgresor puede valer por mil de esas campañas de concientización.
Fuente: Semanario
de Tucumán, Edición Impresa