ARGENTINA.- Suele ser muy común adjetivar a la
democracia; así las hay socializadas, de derecha, de izquierda, puede ser en una vuelta de
ingenio político e
ingenuidad popular
“bolivariana”, por ejemplo, y otros casos
“nacional y popular”. En realidad, no son más que calificativos agregados para dar algún énfasis de
tinte partidario al sistema, rasgo que se expone más todavía cuando un sistema democrático deja de ser tal para convertirse en un régimen de gobierno.
La democracia es un medio cuya
diferencia cualitativa estará marcada por “quién” gobierna, de modo que cuando
una persona o
grupo de personas se apropian de ella, necesariamente tienen que colocarle un
rótulo para darle identidad, sencillamente porque ya
no es una democracia.
Así, los r
egímenes totalitarios o autocráticos como las dictaduras o los populismos tienen que
rotular sus gobiernos porque de algún modo –parcial o total- se han salido del riel de los procedimientos democráticos. La prueba de que la democracia
ha caído y ha sido
reemplazada por un
mesianismo se advierte en el discurso político que vira hacia una razón de ser que deviene sólo de
Dios, o que “responde a un
mandato de la Historia”, por el “bien
de la Patria” y la más común de todos los eufemismos, aquel que declara responder “al sentir de lo que
quiere el Pueblo”.
Jamás
el “Pueblo” se entera siquiera de
qué es lo que están tratando ni
para qué lo hacen, porque para entonces está tan
embrutecido que no sabe distinguir las
coacciones del poder del ejercicio de
sus derechos, paradójicamente conculcados al grito de aquella frase que
Theorore Parker exclamara en la Convención contra la Esclavitud, celebrada en Boston en
1850: “¿Qué es la
democracia? Es el gobierno
de todo el pueblo,
por todo el pueblo,
para todo el pueblo”.
Entonces ¿por qué todo el mundo se queja y dicen que
todo está mal? Si se vive bajo el imperio de un gobierno querido por todo el “Pueblo”. Aquí surge la otra prueba de que la democracia
ha dejado de ser tal para convertirse en un régimen, cuando en el sistema democrático el
“sujeto del poder”, o sea el Gobierno, confunde al
“objeto del poder”, o sea la ciudadanía, en una
multitud sojuzgada.
Esto ocurre cuando los
ciudadanos del país han perdido
su calidad de tal para convertirse en
meros habitantes. El objetivo de los regímenes que traicionan a la democracia es
reducir a todos a ese estado de habitante, es decir, una
masa informe de hombres y mujeres sin
“pensamiento crítico”, incapaces de poder analizar la realidad.
En los últimos años los ciudadanos que eligen gobierno son
cada vez menos, es la masa la que consagra gobiernos que luego se hacen con la
suma del poder, paradójicamente entregada por los “
representantes del pueblo”,o sea, esa
elite de sufragáneos a sueldo que levantan la mano para aprobar lo que sean, total, a quién le importa o quién entiende.
Un ciudadano reducido a esa calidad de habitante es la
causa de la decadencia de la Nación, toda vez que
rechaza la autoridad bajo el argumento de que es
represión, nada más favorable a los gobiernos
disolutos que el estado
anárquico. El discurso compone así siempre un culpable que es responsable de todos los males del país, se ha eliminado el
compromiso personal, tanto del gobernante como de los gobernados, es el país de la
anomia, el país s
in ley ni orden.
En suma, la democracia
exige ser demócrata o no serlo, lo demás es
discurso vacío. Mientras el Pueblo no decida
volver a ser ciudadano, mientras no tome conciencia de que el poder
no reside en quien gobierna sino en el Pueblo, los regímenes populistas y mesiánicos seguirán cometiendo la
barbarie de pretender
eternizarse en el poder.
Un Gobierno que no respeta la
alternancia que manda la
Constitución Nacional y pretende eternizarse en el poder, aun a costa de
reformar a su gusto a Aquella, no sólo ha
violentado la democracia sino que se que ha convertido en el
enemigo más peligroso del Pueblo.-
Por: Ernesto Bisceglia
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