INQUISITORIALES IV y final
por
LEONARDO STREJILEVICH
“Si un hombre no cree o no piensa lo mismo que nosotros, decimos que es un loco y ahí queda todo. Bueno…en realidad ello sucede cuando no podemos quemarlo”
Mark Twain
INQUISITORIALES JUDAICAS
EN EL CONTINENTE AMERICANO
*Una parte importante y extensa de este trabajo es síntesis y paráfrasis de Natalio Arbiser: Presencia del judaísmo en los albores del Continente Americano; Cursos Virtuales Studio Shenkin; Buenos Aires; 2012
A partir de la llegada al continente americano de los “descubridores” europeos la civilización se construye en la forma que se entiende en nuestra cultura occidental si bien la vida precolombina ha sido muy rica en producción cultural.
El objetivo de las monarquías hispano-portuguesas y la Iglesia católica era la acción unificadora cuyo eficaz resultado fue la América unida por religión y lengua, desde el catolicismo y el español.
La Inquisición que permaneció entre nosotros casi tres y medio siglos intervino en la vida judía en el continente.
Es necesario recordar que esta Inquisición se prolongó hasta las primeras dos décadas del siglo diecinueve, en que es definitivamente abolida. El accionar estaba destinado a atemorizar a los pobladores de la extensa geografía americana. Se guardaron infinidad de archivos secretos con expedientes relativos a los “juicios” llevados a cabo en el contexto de un modelo político totalitario o absolutista; estos juicios en la mayoría de las ocasiones ya tenían prevista la sentencia de antemano.
Recién a partir de finales del siglo diecinueve comienzan los historiadores a poder tomar contacto en España con los archivos inquisitoriales, que se hallan en el subsuelo de un edificio de Simancas, una pequeña localidad próxima a Valladolid.
La Inquisición determinó en forma drástica la vida judía o “criptojudía”, es decir, de los que debieron ocultar su condición de judíos por estar obligados previamente a la conversión. La Inquisición tuvo también como destinatarios de su accionar a otros grupos discriminados, como herejes, blasfemos, brujas, etcétera.
La organización de la vida institucional judía, es decir, la conformación de una comunidad judía implica, entre otras cosas, la existencia de sinagogas, escuelas, cementerios, normas dietéticas (“kashrut”), plegarias, ritos, festividades.
La inmigración trae a América judíos ashquenazíes (procedentes de la Germania) y los judíos sefardíes (“Sefarad” en hebreo = “España”).
Estos judíos no podían vivir como tales. Llegaron desde la Europa absolutista católica como cristianos. Fueron llamados en la metrópoli española y en América “cristianos nuevos”, “tornadizos” o “marranos” (= calificación injuriosa aplicada por el populacho a judíos y musulmanes convertidos al cristianismo y que mantenían lazos con su antigua fe. Marrano es el puerco joven que recién deja de mamar; evoca la inmundicia y la sordidez. Se calificó así a los excomulgados; a partir del siglo XIII esta injuria se dirigió hacia los judíos convertidos por la fuerza y sospechosos de mantener lealtad a sus raíces. Más tarde, esta acepción se extendió a cualquier judío y a los “cristianos nuevos”. Sucio, perro o marrano son aquellos que tenían en sus venas la sangre abyecta. La palabra se impuso en el imperio español y en el lusitano por varios siglos. Un Decreto Real (1380) condenaba con multa o cárcel a quien calificase de marrano a un converso sincero; no alcanzó, el fanatismo estaba instalado y siguió creciendo. Limpio, era aquel que no tenía sangre judía ni mora aunque fuese un delincuente vil).
Algunos de aquellos judíos tomarían hábitos religiosos, otros serían delatores de quienes en secreto practicaban la primitiva fe y otros más serían parte de la plantilla inquisitorial o del poder político del imperio. Pero una importante cantidad llevaba la vida judía a escondidas, con el ritual y hasta la transmisión del legado. No estaban los libros, y también en ocasiones se leían autores apócrifos. Había ganas de defender la identidad, con continuidad, respetar el legado de los ancestros y asumir la responsabilidad de ser parte de la tradición
Por Leonardo Strejilevich
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