TUCUMÁN.- El problema de la
venta ambulante no es nuevo en la Provincia, sino más bien, una situación endémica. Se estima que, por cuadra, en el microcentro tucumano se puede encontrar hasta 15 o 20 cuentapropistas, dispuestos en las veredas, ofreciendo a quien quiera oír y comprar, chucherías sin origen ni garantía, sin factura en regla y sin bonito envoltorio.
Molestan al paso, como molestan las veredas rotas y las calles sin orden. Es que el centro tucumano es particularmente chico, y densamente poblado. Parece mentira en una ciudad tan del norte, en un pueblo tan sereno, semejante locura ciudadana.
El argumento de la molestia pedestre es el que ha hecho mella en la ciudadanía que reclama la expulsión de los ambulantes de la ciudad. La gente, aparentemente, necesita caminar muy rápido, a costa de cualquier cosa, incluso del desempleo ajeno.
El otro costado incómodo de los vendedores ambulantes es el de su ilegalidad. Ofrecen elementos similares, o iguales a los de los comercios formales, a menor precio. “Competencia desleal”, llaman al fenómeno, y no están del todo errados.
Los ambulantes no pagan ningún tipo de canon nacional, provincial ni municipal por derecha. Por izquierda sí lo hacen, claro, una “cometa” que les permita asentarse en la vereda.
Cambiando la óptica
La realidad de la venta ambulante sin embargo es un fenómeno mucho más profundo y complejo que el que advierte a primera vista. Tiene sus orígenes profundos en la marcha de la economía nacional, y marca el pulso de los niveles de desocupación y pobreza disfrazados.
En una Provincia con un nivel de desempleo inferior al 4 por ciento, como plantea el Indec, cabría preguntarse de dónde salen tantas personas dispuestas a ejercer la venta callejera, en desmedro de auténticas ofertas laborales con cobertura social, de ART y, digamos, con cobertura literal contra el sol y la lluvia.
El problema con las estadísticas de empleo reside en que la Encuesta de Hogares, dependiente del Indec, considera que una persona que trabajó al menos durante una hora la semana anterior a la pregunta, es una persona empleada. Por ello, las cifras son bajas y la realidad se muestra inquietante.
No hay problema
Cuando uno camina por el centro, esquivando mercadería pirata, molesto por la informalidad, uno debería saber que, seguramente para el Indec, cada una de las personas que venden en la vereda es considerada como una persona empleada. Es decir, no hay problema. Y si no hay problema ¿Para qué pensar en una solución?
Hace pocos días, los vendedores ambulantes presentaron una propuesta que podría haber echado un poco de luz sobre una situación turbia. Entusiasmados, anunciaron que presentarían una maqueta de un proyecto para construir cuatro galpones en el predio deshabitado de Avenida Roca, entre Ayacucho y Chacabuco, donde actualmente se erige una estación de tren abandonada. La iniciativa, bautizada mediáticamente como “La Salada Tucumana”, preveía el pago de alquileres, impuestos, y el empleo de unas mil personas.
No llegaron a presentar formalmente la propuesta. Primero fue el Municipio, que rechazó de plano la posibilidad. Más tarde fue la Federación Económica de Tucumán, que incluso amenazó con iniciar acciones legales si la idea prosperaba. Ambos organismos mantuvieron durante el último año reuniones frecuentes para tratar el tema de la venta ambulante: los propios vendedores jamás fueron invitados al debate.
De esta manera, quedó cerrada unilateralmente una vez más la posibilidad de una salida al conflicto. No hay contrapropuesta, no hay solución alternativa. Los vendedores ambulantes deben irse, no importa dónde, no importa a hacer qué.
Y el problema reside, justamente, en que no hay problema. Por lo tanto, no hay solución posible. Los vendedores ambulantes continúan en ese limbo informe del que no hay salida. Deben aceptar la expulsión lisa y llana y no cabe posibilidad alguna de insertarse en el sistema de la “venta legal”, acaparada ya por una cantidad de comerciantes formales que también hacen malabares entre la inflación, el aumento de los impuestos y las caídas de las ventas, situaciones tampoco reconocidas por las cifras del Indec.
El poncho es chico y, si se tapan los pies los formales, los ambulantes quedan desnudos. El consumo evidentemente no alcanza para ambos, aunque se advierte una clara tendencia de los compradores a buscar precios cada vez más bajos, habida cuenta de que los salarios están detrás de la inflación real, alcanzándola una vez por año, y perdiendo la carrera los 11 meses restantes.