Los yacimientos de YPF hicieron florecer el norte salteño hasta que la política neoliberal dijo que era deficitaria y la vendieron. Ahora la región palidece
SALTA.- La historia del petróleo en el norte argentino y sur boliviano hunde sus raíces hasta la época de los primeros colonos. Ya los misioneros franciscanos hablan en sus crónicas de la existencia de “lagunas de brea”, que no sería otra cosa que afluentes del hidrocarburo que se utilizaría durante el siglo XIX para alimentar los faroles del alumbrado público.
En los albores del 1900, se consigna el nombre de Francisco Tobar como el pionero en materia de extracción del petróleo, se entiende, de manera muy rudimentaria. Fue el mismo que dicen llevó a lomo de mulas las primeras instalaciones para una explotación más intensiva.
Como correspondía, tal vez cumpliendo con aquella “División internacional del trabajo” ordenada por Inglaterra para hacerse de los recursos de los países menos desarrollados, hacia el final de la década del 30 se estableció en la zona la "Standar Oil Company", que hizo pie en la ciudad de Tartagal.
A partir de esa fecha, con el establecimiento de Yacimiento Petrolíferos Fiscales (YPF), en el norte salteño comenzaron a florecer los pueblos; Campamento Vespucio tal vez sea el más ligado a esa historia. A partir de allí se sucederían los cateos y los descubrimientos de pozos petrolíferos.
Así, durante más de medio siglo toda la zona se desarrolló en torno a los beneficios derivados del “oro negro”, hasta que en la década de los 90 en que Carlos Menem decidió vender “las joyas de la abuela”, entre las cuales, lógicamente, las más preciosas eran las empresas estatales: YPF, la más emblemática de todas. Menem vendió hasta lo que otros países en la misma situación se negaron a hacer. Fue sin duda, un saqueo organizado.
La “Reforma del Estado” de Menem autorizó las privatizaciones y la concreción de sociedades mixtas en las áreas petroleras centrales, además de una complacencia de los gremios del sector que se alinearon con la política nacional, como lo prueba el Convenio Colectivo Nº 30/90, firmado por SUPE que dejó a los obreros del sector privado de garantías como la estabilidad laboral, instrumentando una política de despidos y “retiros voluntarios” o “jubilaciones anticipadas” masivos.
A partir de ese momento la geografía del norte comenzó a cambiar. Muchos se vieron constreñidos a “retirarse voluntariamente” o ser despedidos y cobrar vaya a saber cuándo. De pronto, obreros acostumbrados a manejar un presupuesto mensual se vieron con significativas cantidades de dinero en las manos y sin saber qué hacer con él.
Era común observar viviendas económicas con vehículos Okm en la puerta, y en el interior los más sofisticados aparatos electrónicos. No hubo una política de fomento para que ese enorme caudal de dinero se reinvirtiera en beneficio de la gente y del lugar. Tampoco faltaron oportunistas que llegaron a ofrecer “negocios” increíbles para invirtieran esa plata; allí, la formación elemental de más de uno le jugó en contra y entregaron sus dineros terminando estafados en el negocio y en sus ilusiones. Y así, la plata se fue terminando. Se acabó la ilusión y emergió la dura realidad.
Desde entonces la historia es más o menos conocida, reclamos sociales, piquetes y aprovechamiento político de algunos que siguen todavía reclamando algún saldo perdido en los cajones de algún juzgado.
Las prósperas ciudades de otrora, ahora sobreviven como pueden, acostumbrándose al andar frenético de un mundo globalizado que les cambió a ellos YPF por compañías extranjeras que cubren sus cuadros con empleados traídos de afuera.
En las puertas, los que un día dejaron sus horas de vida para extraer esa riqueza que se llevaron “los de afuera”, continúan reclamando. Así se cuenta, muy brevemente, una parte de la historia del despojo argentino.- (Redacción –
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