Si hoy, el Mesías fuera sometido al juicio público de la comunidad televisiva, ganaría por amplia mayoría Tomasito
ARGENTINA.- Algún día las máscaras se caen, y desde la primera emisión de Gran Hermano fue posible observar de qué manera los medios masivos de comunicación ya estaban al servicio de un proyecto que promovía la decadencia universal. Ahora el reality alcanzó la categoría de paradigma del control central y la reducción a la estupidez.
El modelo propuesto por Endemol se replicaba en cuanto país se podía, siempre con el mismo formato, el de mostrar un ramillete de seres desnutridos mentalmente y directamente destrozados espiritualmente.
Nada sería que aquello se hubiera mostrado para consumo de quienes deseen satisfacer su morbosidad mirando de qué manera un congénere es capaz de rebajarse y humillarse, sacando fuera de sí no sólo sus prendas sino también hasta la última de sus miserias para obtener el premio. Porque al revisar el perfil de los ganadores se comprueba que no gana el más lúcido ni el más preparado, sino el que mejor traiciona, el que tiene prontuario más frondoso y en definitiva el que tiene la historia más marginal que se pueda.
Gran Hermano tiene dos momentos: por una parte renueva el modelo imperial romano del “Panem et Circenses”, ofreciendo a la plebe en la arena del Circo mediático toda clase de bajezas para diversión y solaz de los sentidos más bajos un catálogo de individuos en estado absolutamente elemental; hasta lograr que el común termine idolatrando al más reo. Se renueva en la pantalla el episodio bíblico de la elección del malhechor Barrabás para darle la libertad (premio) en contra de la crucifixión de Jesucristo (que sería un hombre normal). Si hoy, el Mesías fuera sometido al juicio público de la comunidad televisiva, ganaría por amplia mayoría Tomasito.
Por otro lado, Gran Hermano, es una visualización en directo del modelo que anticipara tan lúcidamente George Orwell en su novela “1984”, escrita en 1948; aquel del control exhaustivo del poder sobre los ciudadanos y que ahora está tomando carta de identidad en los modelos de restricción que se proponen sobre Internet con leyes como SOPA, ACTA, OPEN y similares. Es el último paso que le queda al sistema para ejercer el control total.
Desde que los “mass media” se impusieron como formadores de la opinión pública, hacia mediados de los años cincuenta del siglo pasado, éstos fueron modelando a la sociedad según las necesidades de los grupos de poder. A la vez, se convertían en espejos de los resultados conseguidos mediante los niveles de audiencia. Hoy, por ejemplo, un programa como el recordado “Odol pregunta” no tendría oportunidad frente al “Bailando” de Marcelo Tinelli, y en menor grado con un reality como Gran Hermano.
Ese posicionamiento que tienen en la audiencia programas como los últimos enunciados, están diciendo que se ha logrado el objetivo de desvalorizar a una sociedad, tanto en sí mismo como en lograr la decadencia de sus valores más elementales.
El público de Gran Hermano terminará coronando al más abyecto de todos los personajes de la casa, a quien sea capaz de demostrar que carece de toda moral y que no lo asiste ningún principio. Ése será el ganador; y lo que es más grave, será también el modelo que representa el sentir de un amplio sector de la sociedad.
Lamentablemente, muy pocas esperanzas le quedan a la cultura de un pueblo cuando no tiene políticas de estado educativas que puedan competir con la tremenda influencia que el mensaje iconográfico de los medios de comunicación tienen sobre los ciudadanos. (Redacción –
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