Recorrió despaciosamente, con fruición, el despliegue espectacular de su roja caballería en el Palomar y Monte Caseros, entreverada con la no menos roja divisa de los mazorqueros de Rosas
UN DÍA EN EL PALACIO SAN JOSÉ
El hombre miraba largo y sus ojos oscuros de reflejos verdosos, convergían en un punto distante que se encontraba por detrás del enrejado fuerte y elegante que circuía la mansión. En realidad el punto era un espejismo que le iba poblando la cabeza de recuerdos alucinantes que, de a ratos, sacudían su hierática actitud con un sospechado dulzor, materializado en una enigmática semisonrisa.
Estaba sentado en la lujosa y amplísima sala que daba hacia los ventanales del naciente. La mirada vagaba irrestricta por esas inconmensurables distancias de la nada, y su cuerpo robusto se estremecía en pequeños y sucesivos espasmos de placer que el recuerdo le traía, de un tiempo aún no lejano.
No hacía frío, pero la tarde estaba fresca, y su cuerpo se cobijaba en el abrigo espeso de un elegante poncho blanco, inconfundiblemente oriental, mientras sin pensarlo y con movimientos automáticos, golpeaba rítmicamente su bota derecha, alta, negra y reluciente, con un latiguillo de tres colas, que algún eficiente talabartero de los muchos que poblaban el Entre Ríos, trenzara con maestría.
Sobre la mesa de caoba, afiligranada de exquisita marquetería, descansaba de sus fatigas y del polvo, un sombrero blanco, mientras su mano dibujaba extraños arabescos sobre el brazo de uno de los sillones de la sala. Los muebles habían venido de la dulce Francia, lejana para el pensamiento de cualquier americano. Sus ojos parecieron de pronto encenderse, ya que el ensueño le trajo la figura musculosa de su antiguo perro Purvis. Saltaba feliz desde otra dimensión, corriendo con impensados desafueros, penetrante la mirada y trémula su lengua, que parecía adivinar ya, el rostro curtido de su amo. El hombre sólo había avivado sus ojos, sin entorpecer para nada su tranquilidad de estatua.
Se vio de pronto envuelto en el pesado abrazo de su otrora fiel compañero, mientras sus labios se movían expresando sin sonido aquellas palabras tan remanidas: “Tranquilo Purvis, vas a matarme cuando aún no puedo morir. La patria y algunas señoras que solamente yo sé, me necesitan”.
Todo esto discurría en su pensamiento, mientras la mano que no empuñaba el latiguillo, abandonaba las mullidas elegancias de la tela entretejida de oro, y casi ingrávida, recorría la atezada geografía de su rostro. Era el automatizado movimiento con que limpiaba los rescoldos ásperos y cariñosos de la lengua de Purvis.
Era tan vívida la visión, que le pareció sentir como si fuera un viejo dolor, la baba espesa y el aliento inconfundible de su amigo. En ocasiones desaparecía durante días enteros, y su ánimo no decaía, ante la comprensión de sus urgencias de amor iguales a las suyas.
Al hacer estas evocaciones su cuerpo volvió a estremecerse, y los vientos del deseo, se le treparon a la mente y al cuerpo, pensando que en más de una ocasión esa caza de altanería había sido beneficiosa para ambos. Esto le trajo a la memoria la palabra del General Pedernera que, abandonado su habitual compostura le decía: “No hay perro que no se parezca a su dueño”.
Como estas escenas se repetían con frecuencia, luego de decirlo, estallaba en sonoras carcajadas, desacomodando la idea que respecto de él tenían sus compañeros de gobierno en Paraná. El General Pedernera era nada menos que el vicepresidente de la Confederación Argentina, y quién esto recordaba era el muy poderoso señor del Entre Ríos, General D. Justo José de Urquiza.
La mirada, de pronto se desvió hacia esas maravillas de color pintadas por el genio de Juan Manuel Blanes , llegado de La Banda Oriental, al solo efecto de plasmar para los tiempos venideros las glorias del general, pues no confiaba demasiado en la caótica fragilidad de la memoria.
Recorrió despaciosamente, con fruición, el despliegue espectacular de su roja caballería en el Palomar y Monte Caseros, entreverada con la no menos roja divisa de los mazorqueros de Rosas. Lo único que las diferenciaba era el peto blanco, mandado a colocar en el pecho de sus soldados. Había aprendido luego de cavilosas noches de estudio las tácticas guerreras que le valieran fama de invencible, lo cual no le impedía lanzarse con denuedo al frente de sus soldados en el apriete final de las batallas. Estas estaban ganadas de antemano, pues infundía inapelable seguridad en sus subordinados. “Vamos a ganar” repetía con total convicción antes del enfrentamiento. Su voz ronca se alargaba luego de la batalla en un grito desgarrador: “Hemos vencido”, y era tanta la algarabía y tanto el desconcierto de la lucha, que sólo su genio y su experiencia trabajada a lo largo de más de veinte años de guerra lo sabían. Solamente sus circunstanciales vecinos de combate lo escuchaban, pero eso era suficiente, ya que palabra y gesto, elevándose sobre el viento y los ayes de dolor, se esparcían presurosas entre la soldadesca.
La mirada se detuvo un momento en cuadro, representación del cruce por el río Paraná, y pudo ver como si fuera ayer el cruce del ejército más grande que la América latina haya visto jamás. Más de veinte mil hombres se lanzaban ya sea a nado o en balsas a las torrentosas aguas de remolinos encrespados. Blanes lo había escuchado de labios del Capitán General en largas y distendidas tardes de mate y canto de pájaros en sordina.
Fue de esta manera que pudo plasmar con hondo patetismo las angustias del cruce, no sólo del río sino de esa delicada frontera de la gloria.
Atrás quedaba la liberación de Montevideo y luego de un sitio de más de diez años que el Restaurador de las Leyes había impuesto a La Banda Oriental, y el miedo que le traspasaba el cuerpo a un Rosas que veía caer su imperio de leyes propias, vacío ya de poder, y en medrosa huída hacia la protección británica.
El ruido de voces y de risas infantiles de sus hijas que se acercaban a la sala, lo sacaron de esos meandros floridos de la recordación. Dolores Costa, su mujer, llegaba hasta la sala en jocosa complicidad de la mano de sus hijas. Le ofrecieron un café reconfortante, a la vez que solicitaron su compañía para un paseo al lago.
Dolores era una mujer hermosa, navegando serenamente por una madurez espléndida, y el Capitán General lo sabía. Su cuerpo a medida que pasaba el tiempo se ponía cada vez más denso y eso también lo sabía el libertador. Había casi treinta años de diferencia, pero Urquiza no parecía arredrarse por ello. La mansedumbre en el amor no lo había tocado aún. Y tal vez no habría de tocarlo nunca.
Se levantó con cierta pesadumbre, lamentando dejar esos pensamientos que tanto le gratificaban, y se lanzó resuelto luego del café, a cumplir sus obligaciones de padre.
El Patio del Honor de las recepciones oficiales que conducía a la Secretaría General quedaba atrás. Se internaron luego de atravesarlo en medio de risas y de juegos, de los cuales tal vez no tendría ganas, por el Patio de Los Parrales en dirección a la Plazuela de Los Conquistadores. El callejón que conducía al lago, vestía su traje de árboles añosos que albergaban la sordina crepuscular con que los pájaros gárrulos dialogaban.
Dolores, custodiaba con ojos de fuego los movimientos de sus hijas y se le hacían brasas pensando en la intimidad de su cuarto al regresar. Estaría feliz en brazos del hombre más poderoso del país en aquellos momentos. Regresó de sus pensamientos y encandilándole con una sonrisa magnificada por el último sol, le decía: “Apuremos el paso” cuando ya la orquesta de Dios había comenzado a ensayar sus primeros compases y los cendales de la noche teñían de una harina azul el verdor de los follajes.
El coro de los grillos se hacía ensordecedor, pero las niñas volvían contentas, luego de haber remojado sus pies inocentes en la fresca inmensidad del lago. Quedaba para otro momento el prometido paseo en barco que se mecía despaciosamente al influjo del oleaje, mientras el General se preparaba para recuperar la otra memoria, la memoria del amor, ya que él sería siempre él, tanto en la tregua de las batallas como en los reposos del amor.
Llegaron al palacio cuando ya la luna hacía rodar sus sonajas de sueño, desparramando espigas azules por el campo. Iba internándose como alegre celebrante a ese territorio de besos desbordados que lo aguardaban en la intimidad del tálamo nupcial.
Los ardores de la noche dejaban paso al descanso de los músculos y de la mente y, mientras ensayaba el último beso, abrazó posesivamente el delicado talle de Dolores que sonreía feliz y relajada, luego de los quemantes desafueros del amor.
El sueño capturaba vívidamente imágenes del pasado, en el que una mañana de primavera, sentado en frente de una mesa de algarrobo, un sirviente se afanaba por complacerlo con un sabroso desayuno, acompañado de los infaltables bollos con chicharrón con que la Negra Serapia lo deleitaba.
Los tiempos políticos traían vientos inconfundibles de una guerra que el General no deseaba. Los años habían templado sus arrestos juveniles, y hoy prefería internarse en los meandros del diálogo y el acuerdo político.
Corría el mes de Octubre de 1860, y el sueño le traía al cuerpo, pequeños estertores que sobresaltaban el apretujado cuerpo de Dolores.
La preocupación por los acontecimientos que se desarrollaban en el interior del país, decoraban su frente de súbitas arrugas, como aquel que se había suscitado entre dos jefes amigos en San Luís, donde el hombre fuerte era entonces el Coronel D. Juan Saá.
Se vio ensimismado, redactando con el ceño poblado de pliegues indiscretos, la siguiente carta, donde desnudaba sus inquietudes…
San José 14 de octubre de 1860
Exmo. Sr. Gobernador
Coronel Juan Saá
Mí distinguido amigo:
Esta carta será puesta en sus manos por nuestro común amigo el Coronel Juan
Francisco Loyola, que regresa en campaña de igual clase...
Conjunto de once cartas, inéditas y desconocidas para la historia, diez de las cuales el General D: Justo José de Urquiza, dirige al entonces Coronel D. Juan Saá, Gobernador de San Luís antes de la batalla de Pavón, y una al Coronel Díaz, en momentos del conflicto desatado en San Juan.

