ARGENTINA.- En estos momentos, en el mundo, hay muchos países en profunda depresión, con millones de desocupados en edad activa y una reducción de la riqueza que amenaza con tirar por la borda todo el bienestar.
Al mismo tiempo, el mundo también ha cambiado, acelerándose el desprestigio de la globalización y del modelo económico imperante, el desplazamiento del poder y riqueza de Occidente a Oriente y al Sur, el declive relativo de EE UU y una crisis del euro y de la UE sin precedentes.
La crisis económica de varias naciones esta retroalimentada no sólo por una crisis internacional sino también por un cambio geopolítico; el riesgo de estallido social es real y parece que nos encontramos en medio de una tormenta.
La crisis se ha ido retroalimentando. Primero fue una crisis financiera, después una crisis económica, después una crisis social, todo ello envuelto en una situación geopolítica cambiante. Hay una crisis del modelo productivo. Otra del modelo financiero, otra en el sentido del cambio del entorno geopolítico.
Primero fue el desastre de la burbuja inmobiliaria. Este factor a su vez ha creado una burbuja de crédito en la que han entrado también las empresas. Cuando la crisis internacional arrancó en 2008 muchos países estaban completamente endeudados, no en términos públicos, sino privados, con un sistema financiero en mal estado y sin una estrategia de crecimiento de recambio.
El problema de la deuda actual deviene de tener que hacer un rescate financiero y reactivar la economía que se colapsó como consecuencia de las prácticas y las políticas económicas y empresariales muy poco adecuadas.
Se impulsó la burbuja financiera cuando había que haberla pinchado. No se hicieron tampoco reformas razonables y oportunas que hubieran sido mucho mejor asumidas que ahora.
Tampoco se hicieron a su debido tiempo muchas reformas estructurales que eran necesarias.
Si esto sigue así se podría generar una reacción en cadena y todo ello llevaría a la ruptura del sistema monetario imperante.
Ya se están produciendo las bajadas de pensiones y jubilaciones, una bajada general de salarios y en el número de funcionarios, una bajada de sueldos y grandes recortes sociales en ámbitos tan decisivos para el estado del bienestar como la sanidad o la educación al tiempo que se acrecienta la recesión.
La política de ajustes y recortes salvajes corre el riesgo de olvidar que estos ajustes tienen un lado económico, pero también tienen un lado social y hay el peligro de que si se tensa demasiado la cuerda esta se rompa por el lado social porque puede llegar un momento en el que la gente diga basta. Cuando a la gente se le exige un esfuerzo enorme sin que se vea luz al final del túnel existe el riesgo de que diga basta y el proceso se quiebre. Estas situaciones han dado lugar, en otras etapas históricas, a soluciones extremistas y a un populismo al que se llegó porque en situaciones de desesperación la gente es más receptiva a este tipo de opciones.
Los mecanismos que antes permitían que el descontento social se incorporara al proceso de toma de decisiones políticas han desaparecido. El corporativismo sigue anidando en muchas naciones en que casi todos los sectores están dominados por unas élites que tienen bloqueada la iniciativa creativa del país y ese corporativismo elitista está presente en el sector empresarial, en el político, en el de los sindicatos, en los medios de comunicación, etc.
Antes, el descontento social de alguna forma se canalizaba y ahora hay una evolución del descontento pero parece que no pasa nada. Hay huelgas generales y al día siguiente parece que no hubiera pasado nada y eso es muy frustrante para la opinión pública. Hay una percepción de que el sistema está montado de manera tal que la mayoría pierde y que no se puede hacer nada al respecto. Se piensa que los políticos y sus partidos están atrapados por los mercados, los inversores, etc.
Como los mecanismos por los que el descontento social podía influir en las decisiones políticas han sido erosionados y parecen haber desaparecido, el descontento se queda ahí y no tiene válvula de salida y eso es muy peligroso, pues cuando la gente ve que el sistema político no puede articular la frustración, el descontento empieza a buscar otras salidas.
El descontento social no debería ser visto como algo negativo, sino como una reacción del sistema ante algo que no funciona y debería de ser cambiado. Cuando no hay mecanismos que permitan ese cambio dentro del sistema estamos en la situación actual en la que la mayoría se ve perdedora dentro del sistema socioeconómico y no se siente escuchada y eso es muy peligroso; el riesgo de estallido social es real.
La austeridad no es en modo alguno la solución a la problemática descripta La austeridad impuesta compulsivamente no permite crecer sino que ahoga el crecimiento.
Deberíamos asumir que el capitalismo, tal como se ha entendido en estos últimos treinta años ha fracasado. Ese capitalismo ha generado una serie de disfunciones, sobre todo un incremento muy importante de la desigualdad de rentas que está en el origen de la burbuja de crédito; hay una tendencia a que las rentas bajas y medias queden estancadas.
Una manera políticamente correcta de enfrentar la situación actual y crear una esperanza superadora es la combinación de la libertad de mercado con la capacidad política de regulación y control. Es una falacia crear una tensión entre estados y mercados. Al contrario, para que los mercados funcionen bien tiene que haber un estado potente. Hay una correlación directa y positiva entre las economías que más crecen y el tamaño del estado.
La globalización genera, ineludiblemente, desigualdades. Se pueden mitigar las desigualdades con buena gestión y siempre que haya instrumentos de redistribución. Esos instrumentos en los últimos años han sido sistemáticamente erosionados en muchos lugares. Ha llegado un momento en el que la globalización ha empezado a no funcionar para la mayoría.
Las clases medias están sintiéndose perdedoras dentro del sistema económico. Un sistema económico que genera mucha riqueza pero que esa riqueza es apropiada por una minoría y la mayoría vive una creciente ansiedad económica vital y un estancamiento o incluso disminución de sus rentas provoca bronca, desasosiego y rebeldía.
Hay que quebrar esta tendencia a la desigualdad que ha provocado y sigue provocando la globalización en general y, particularmente, la globalización financiera.
Un mercantilismo plutocrático (plutocracia = gobierno de los ricos) en un sistema capitalista, con sectores con poca competencia, dominado por dos o tres empresas en las que la connivencia entre lo público y lo privado ayuda a mantener una posición privilegiada, en la que hay una clase empresarial poco dinámica que también es responsable de la crisis y además no se invierte lo suficiente en el propio país hace que la crisis se profundice y se aleje la salida.
Las consecuencias sociales y políticas cuando se olvida la importancia de crear un proyecto colectivo y dejar a una parte de la sociedad atrás son muy graves. Todavía hay en el mundo muchas personas vivas que vivieron aquellas tragedias y fueron testigo de sus consecuencias. Las clases más pudientes deben asumir que el precio a pagar por el hecho de que ellos salgan ganando en el sistema es ayudar a que nadie se quede atrás. Esa conciencia de ese costo es quizá lo que hoy en día se ha olvidado y eso hay que recuperarlo. Recordar a la gente que los derechos individuales implican una serie de responsabilidades colectivas.
La igualdad es un valor intrínseco del desarrollo que busca toda sociedad organizada. Ella brinda el marco normativo y sirve de base para los pactos sociales que se traducen en más oportunidades para quienes menos tienen. La igualdad no solo se circunscribe a la igualdad de oportunidades, sino a la reducción de las brechas en materia de logros efectivos y de incrementar la participación en los beneficios económicos de los sectores excluidos y vulnerables, desarrollar políticas públicas que suministren bienes y protección social y, sobre todo, revertir la fuerza inercial de la desigualdad que se reproduce en el seno de los mercados y las familias unida a la inclusión y el reconocimiento de las diferencias sociales.
Avanzar hacia la igualdad es incorporar y promover el respeto de los derechos de los grupos excluidos.
El Estado debe intervenir en el cierre de las brechas que existen entre igualdad formal y real tratando de igualar potenciando el desarrollo de las capacidades que permiten acceder y disfrutar del bienestar y movilizando las instituciones, el crecimiento y las políticas públicas a fin de brindar protección social con una clara vocación universalista y redistributiva.
América Latina y el Caribe es la región más desigual del mundo en términos de la distribución de los ingresos, y ello se refleja en una gran cantidad de dimensiones socioeconómicas a las que los cambios demográficos y los sistemas de protección social no son ajenos.
Por Leonardo Strejilevich
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