ARGENTINA.- El 12 de Junio de 1956, la autotitulada
“Revolución Libertadora” cometía un crimen alevoso, ajusticiaba a un ciudadano argentino por haber cometido el delito de pensar distinto, de querer preservar el orden constitucional y de ser un peronista convencido.Aquella jornada, el Teniente General,
Pedro Eugenio Aramburu mandó fusilar al
General Juan José Valle y a 26 compatriotas más; ausente de que esas muertes significarían mucho más que asesinatos políticos; aquel día se abrió una herida en el tejido social argentino que todavía no se ha podido cerrar.
Es verdad, que sería una necedad o un fanatismo no reconocer que la segunda presidencia de Perón se había salido de sus carriles. El mundo de la posguerra ya no era el mismo y un par de malas cosechas vinieron a terminar de complicar el panorama; se terminaba el “Estado benefactor” y el pueblo manifestaba ese “síndrome de abstinencia de dádiva”. Para peor, Eva Perón había fallecido. El régimen peronista se había endurecido y la libertad de expresión era nula, sumada a la persecución, la tortura y la cárcel para los opositores.
Las violentas jornadas de junio de ese año 1955 que culminaron en la quema de las iglesias de Buenos Aires fueron el preanuncio del tiempo sombrío que se abatiría sobre el país. A diferencia del General Lonardi, que era un nacionalista católico y estaba firmemente convencido de que el bien del país residía en dos cosas: sacarlo a Perón y devolver inmediatamente el gobierno a los civiles, Aramburu vino para quedarse sin pensar en el país sino en la revancha de los grupos de poder, económicos, religiosos y también civiles que lo habían encumbrado.
Cometieron la estupidez de querer borrar por decreto todo aquello que fuera peronismo, pero decimos estupidez no por defender a Perón, sino porque no se puede borrar un pedazo de la historia así nomás. La realidad existencial de la clase trabajadora que era el grueso del país en ese momento, era peronista. Para lograr lo que pretendían tendrían que haber fusilado al 50% de los ciudadanos del país.
Que nadie se engañe, el Perón de aquellos años no era menos violento. Hay que recordar su último discurso del 28 de agosto de 1955 cuando habilitó desde el Balcón de la Casa Rosada a que “cualquier peronista (…) puede matar a todo aquel que atente contra las autoridades legalmente constituidas”. Fue cuando lanzó su más terrible consigna: “Por cada uno de nosotros que caiga, caerán cinco de ellos”, recordada en las pintadas de los años setenta en la misma Casa Rosada el día que asumía Héctor J. Cámpora como “5x1”.
El país del ‘55 no tenía opciones de paz, ni siquiera de parte de la Iglesia Católica que conspiraba abiertamente para derrocar a Perón, nadie estaba dispuesto a parlamentar. Aramburu lo sabía y ejerció el poder interviniendo la CGT, persiguiendo a los dirigentes peronistas y prohibiendo toda mención al Movimiento o sus fundadores.
Mandó por el Decreto 4161, del 5 de marzo de 1956, a prohibir: “la utilización (…) de las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas y obras artísticas (…) pertenecientes o empleados por los individuos representativos u organismos del peronismo. Se considerará especialmente violatoria de esta disposición, la utilización de la fotografía retrato o escultura de los funcionarios peronistas o sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto el de sus parientes las expresiones ‘peronismo’, ‘peronista’, ‘justicialismo’, ‘justicialista’, ‘tercera posición’ la abreviatura ‘PP’, las fechas exaltadas por el régimen depuesto las composiciones musicales ‘Marcha de los Muchachos Peronista’ y ‘Evita Capitana’ o fragmentos de las mismas y los discursos del presidente depuesto o su esposa o fragmentos de los mismos”. O sea… nada.
Juan José Valle, un idealista traicionado
El
General Juan José Valle, además de peronista convencido, era un militar que había jurado respetar la Constitución Nacional –que dicho sea de paso, enseña que no todos los militares siempre piensan igual, como ha hecho este Gobierno populista de meter a todos los gatos en la misma bolsa-; y encabezó una rebelión cívico-militar con focos de sublevación aislados.
Una trampa a la que fueron inducidos arteramente por quienes gobernaban, llevó a que los hombres de Valle no llegaran a sacar una pistola cuando fueron detenidos: los estaban esperando. Aramburu, haciendo gala de una impiedad propia de verdugos, ni siquiera quiso recibir a la mujer de Valle que intentaba interceder con su ruego, porque “estaba descansando”, según le hicieron saber.
El movimiento iniciado el día 9, tenía su epílogo más trágico el día 12 de Junio de 1956 cuando el General Juan José Valle fue fusilado.
Con esta muerte, Aramburu sembró un odio y un rencor que resultaron hereditarios. El pueblo peronista nunca le perdonó la vejación del cadáver de Eva Perón ni la muerte de Valle y los Montoneros, en los setenta, con el ajusticiamiento de Aramburu para saldar esa vieja deuda terminaron echando a la sociedad argentina al pozo ciego de la violencia más inusitada. Lamentablemente, a tantos años de aquellos infaustos días, todavía se continúan avivando esos fuegos del enfrentamiento para negocio de unos pocos.
Tal vez, el espíritu de la carta que horas antes de morir, Valle le envía a Aramburu sirva para reflexionar sobre la necesidad de contemplar la historia en su momento y juzgarla en su tiempo. Paradójicamente, Valle, traicionado y próximo a morir, habla de perdón, habla de respeto por las Instituciones y los templos. El texto de esa carta debiera ser leído por los gobernantes actuales y venideros, y por todos los ciudadanos, para reflexionar sobre los costos que se cobra la intolerancia y la violencia. Sólo si alguna vez, logramos asumir la esencia de lo que Valle escribió aquel día, tal vez podamos comenzar a construir un país todos juntos; pensando distinto, pero respetándonos.
El General Juan José Valle, escribió aquel día: “Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y de militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido.
”Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta.
”Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes, escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez más su odio al pueblo. De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos.
”Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones.
”La palabra ‘monstruos’ brota incontenida de cada argentino a cada paso que da.
”Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. Nuestra proclama radial comenzó por exigir respeto a las instituciones y templos y personas. En las guarniciones tomadas no sacrificamos un solo hombre de ustedes. Y hubiéramos procedido con todo rigor contra quien atentara contra la vida de Rojas, de Bengoa, de quien fuera. Porque no tenemos alma de verdugos. Sólo buscábamos la justicia y la libertad del 95% de los argentinos, amordazados, sin prensa, sin partido político, sin garantías constitucionales, sin derecho obrero, sin nada. No defendemos la causa de ningún hombre ni de ningún partido.
”Es asombroso que ustedes, los más beneficiados por el régimen depuesto, y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo. Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio terror, siembran terror. Pero inútilmente. Por este método sólo han logrado hacerse aborrecer aquí y en el extranjero. Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes.
”Como cristiano me presento ante Dios, que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino, derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos no sólo de minorías privilegiadas. Espero que el pueblo conozca un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable. Así nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre. Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos. Viva la patria.”
Juan José Valle. Buenos Aires, 12 de junio de 1956.
Por Ernesto Bisceglia
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Breve CV de Ernesto Bisceglia
Periodista, escritor y docente de Filosofía, Formación Ética y Ciudadana, Historia del Pensamiento Jurídico y Político, Historia de las Religiones.
Ha publicado "Estampas de Salta" (1997); "Salta, el Capítulo de la Fe" (1998); "Masones, liberales y jacobinos, la otra guerra de Belgrano" (2005); "Formando Ciudadanos, un desafío cívico" (Manual, 2009); "El Pueblo debe saber de qué se trata - Doscientos años de Periodismo en la Argentina" (2009); "El Alma Franciscana de Salta" (2010); "Compendio de Historia de la Iglesia y la Evangelización americana, en las Provincias Unidas y en el Obispado de Salta" (2010). En el género de Novela, ha publicado "Su Santidad, el Anticristo" , premiada en los Concursos Literarios Provinciales 2010. Tiene publicados varios trabajos de investigación sobre temas docentes y jurídicos