UNA INVESTIGACION DEL DR. RICARDO F. MENA

Las calles de Salta y sus nombres: Gato y Mancha

El Intransigente comenzó este especial que enorgullece a los salteños. Cada semana una entrega para saber sobre aquellos que nos identifican

  • miércoles, 13/06/2012 | 23:21 hs
Gato y Mancha



                                          GATO Y MANCHA


HÉROES NACIONALES DE LA RAZA EQUINA CRIOLLA


CALLE LINDERA A LA SOCIEDAD RURAL SALTEÑA






“Caballito criollo del galope corto,/ del aliento largo y el instinto fiel,/caballito criollo que fue como un asta/, para la bandera que anduvo sobre él,/ ¡Caballito criollo que de puro heroico,/ se alejó una tarde de bajo su ombú,/ y en alas de extraños afanes de gloria,/ trepó a los Andes y se fue al Perú!/ ¡Se alzará algún día, caballito criollo,/ sobre una eminencia, un overo en pie,/ y estará tallada su figura en bronce,/ caballito criollo, que pasó y se fue.

Belisario Roldán (1873-1922)






La historia de estos tres héroes legendarios de la Pampa, conmociona hasta bordear la misma lágrima, para quienes aman los caballos: ese compañero inseparable de la Conquista, y de las luchas por la emancipación americana.


Esta es la historia de un hombre y dos caballos, que protagonizaron la hazaña ecuestre más importante de que históricamente se tenga memoria: Aimé Félix Tschiffely, Mancha y Gato, que habían cubierto alrededor de 21.500 kilómetros, para unir las tres Américas. Un suizo que recientemente había aprendido a montar según lo consignan las crónicas, y dos caballos criollos, ya de avanzada edad, que habían pertenecido a un cacique Tehuelche. Tschiffely, apasionadamente quería demostrar que el Caballo Criollo era el más resistente entre todos los caballos. Escribió: “…los caballos criollos son descendientes de algunos caballos llevados a la Argentina, hacia 1535, por don Pedro de Mendoza, el fundador de la ciudad de Buenos Aires. Estos animales pertenecían a la mejor raza de caballos españoles, famosos en esa época, gracias al considerable aporte de sangre Barba (sic) y Árabe que corría por sus venas. La historia y la tradición, confirman, que son los mejores caballos de América.”


Aimé, comienza su historia diciendo: “El 23 de abril de 1925, por la mañana temprano, dejé mi hotel de la calle Reconquista (el “Universelle”, que ya no existe), y me dirigía a las instalaciones de la Sociedad Rural, acompañado por mi perro, que parecía husmear el desastre, y debió ser atado a un cordel para que me acompañase. Los inconvenientes comenzaron temprano; los caballos se oponían tenazmente a ser ensillados (…) Como decíamos anteriormente, de esta manera Tschiffely, comenzaba a narrar su hazaña universal.


En realidad, el título del libro es Mancha y Gato, pues como el mismo autor lo expresa, la predominancia era de Mancha sobre Gato. Al iniciar el raíd, tomado con escepticismo por algunos medios de la época, y con mofa por otros, Aimé contaba con 29 años de edad. Después de haber completado sus estudios en su país de nacimiento-Suiza- encaminó sus pasos hacia nuestro país, donde por espacio de nueve años enseñó idiomas en el Saint George´s College de la localidad de Quilmes en Buenos Aires. Durante esos años, pergeñó su “gran aventura”, y una tarde iluminada, se dirigió a la redacción del Diario La Nación, para solicitar una entrevista con el Dr. Osvaldo Peró, periodista y escultor, muy amigo del doctor Emilio Solanet, dueño de la estancia “El Cardal”, cerca de Ayacucho, en la provincia de Buenos Aires. Solanet quedó sorprendido ante la idea de Tschiffely, pero, de no haber mediado la extrema seriedad del interlocutor, lo hubiera tomado como una broma. El destino, aseveró: es New York. Parecía algo así como una entelequia, o más bien una idea absurda, pero Aimé permaneció inmutable al solicitar los caballos que, según el doctor Solanet, en conferencias dictadas en la Facultad de Agronomía y Veterinaria, habían soportado victoriosos, cien, doscientas leguas y más, durante meses, en los duros momentos de las Guerras de la Emancipación, soportando el abrasante sol del desierto, y los hielos, con verdadero estoicismo.


El primer encuentro entre estos héroes y compañeros, se produjo en los corrales de “El Cardal”. Solanet en aquella oportunidad, le ofreció dos ejemplares, reconocidos como “muy buenos y voluntariosos”: Mancha que por aquel entonces contaba con dieciséis años, y Gato con quince. Estos dos ejemplares habían pertenecido al jefe indio Liempechum. Eran puros caballos de las pampas, salvajes entre los salvajes, donde varios domadores vieron perder sus esperanzas de doblegarlos. Eran puro fuego. Se volvieron dóciles a fuerza de paciencia.


Mancha, como su nombre lo indica, era un overo rosado y tenía todos los atributos de un perro guardián, desconfiado al extremo, y no permitía que nadie salvo su amo lo montase. Por otra parte Gato como su mismo nombre avisa, era de pelo gateado, quizá menos intuitivo, pero más voluntarioso. Un viejo gaucho inglés, propietario de la estancia “Las Palmas”, cerca de Paysandú, Edmond Griffin, puso a disposición de Tschiffely un cirigote (tipo de silla usado en Entre Ríos). Fue esta silla la única que utilizara en toda la travesía, habiendo completado su bagaje con un poncho impermeable y un mosquitero, de manera que el peso de carga, no superara los sesenta Kilos, más aún teniendo en cuenta, que debía usar de carga alternativamente a ambos caballos.


Aquella mañana del 25 de abril de 1925, Tschiffely, abandonó su hotel céntrico y en compañía de su perro ovejero belga, partió encontrar a sus amigos: los dos caballos. El ovejero belga, debió quedarse en Buenos aires, pues, al no contar con la simpatía de Mancha, no más iniciada la marcha, recibió una formidable patada en la cadera. Esto truncó naturalmente su viaje. Comenzaba a caer una tenue llovizna sobre Buenos Aires, cuando Aimé, montado en Mancha, y llevando de tiro a Gato, y con la presencia de muy pocos amigos, partía hacia la gloria. Pasó por desoladas regiones de Santiago del Estero, por Tucumán, a la que llamó “el edén argentino” y por Jujuy hasta tomar la frontera con Bolivia. Es necesario recalcar que nuestro héroe, jamás recibió subvención alguna, y que en los seis meses que demandó este periplo, todos sus ingresos fueron volcados a la consecución de este fin supremo: demostrar que los caballos criollos eran los más resistentes del mundo. Pasó por Potosí, el altiplano hasta llegar hasta La Paz. Entraron tras peligrosas peripecias a la República del Perú, hasta alcanzar los desiertos de costa peruana. En sus memorias Tschiffely escribió: (…) “Contrariando la práctica de la mayoría de los viajeros de las regiones secas, no llevé agua. Para mi uso personal, disponía de una caramañola de cogñac y otra llena de jugo de limón mezclado con sal. Esta bebida resultaba muy estimulante, pero de sabor tan ingrato, que nunca sentí deseos de beber mucho de una sola vez. En cuanto a los caballos, calculé que la energía que gastarían en transportar agua, sería muy superior (sic) al beneficio derivado de beberla, así que sólo la tuvieron cuando llegamos a algún río o poblado. Creo que mi teoría era sólida; con carga ligera ganábamos en velocidad y evitábamos que los caballos se lastimaran sus lomos, porque el agua es la carga más incómoda que un animal puede levar. Sólo en raras ocasiones parecieron mis caballos, sufrir algo de sed. (…)” Las noches lo sorprendían solicitando asilo en los calabozos de las comisarías, y a medida que iba tragando leguas, iba cosechando más admiraciones y títulos en las tapas de los diarios. La magnitud de su hazaña iba en aumento.


Llegó hasta la región montañosa del Ecuador, donde conoció la historia de los indios jíbaros llamados los “reducidores de cabezas”. Podían reducirlas sin desfigurar las facciones hasta el tamaño de un puño.


Después de abandonar Quito, cruzaron el Ecuador, para llegar a Colombia y luego a Bogotá. Sortearon tras grandes penurias, el “río de los cocodrilos”, para llegara hasta Cartagena. Desde ese punto cruzaron el Canal de Panamá en el barco holandés “Crynsson”. Al hacer el cruce del Canal, Mancha manifestó una herida profunda en la cuartilla de la pata trasera, debiendo aceptar la hospitalidad de un cuartel, hasta su curación. Al llegar a Guatemala, un clavo mal puesto en la herradura le produjo a Gato, un severo absceso, y en la localidad de Tapachula, las coces de una mula atada a su costado le dejaron la rodilla imposibilitada para continuar la marcha. Aimé lo curó durante un mes, pero debió enviarlo en tren hasta México. Debió continuar sólo con Mancha. Conmovían los gemidos de despedida que emitían estas cabalgaduras. Parecían humanos. En México, Tschiffely, contrajo malaria, y al reponerse tuvo la grata sorpresa de encontrarse con Gato ya restablecido. Los caballos volvieron a manifestar sentimientos casi humanos. Entraron en los Estados Unidos, recorriendo Texas, Oklahoma, hasta llegar a St. Louis Gato debió quedarse pues era imposible transitar las carreteras norteamericanas con dos caballos. La idea de este raidista era terminar su periplo en Nueva York, pero debido a dos accidentes automovilísticos en los caminos de Washington, decidió dar por concluida su aventura. Se le brindaron numerosos agasajos, y Mancha y Gato fueron exhibidos durante diez días en la Exposición Internacional de Caballos que se realizara en el Madison Square Garden. El Presidente Coolidge, lo recibió en la Casa Blanca.


El 1º de diciembre de 1928, los tres amigos embarcaron en el paquebote “Pan American”, siendo esta la primera vez que se permitían animales a bordo, llegando a Buenos Aires el 19 del mismo mes a los 12.30. Aimé partió luego a Europa, para volver a la argentina 18 años después. Llegó hasta “El Cardal” y luego de emitir u silbido largo, aparecieron al trote y relinchando Gato y Mancha. ¡Lo habían reconocido! Gato murió a los 35 años de edad el 1944, y Mancha le sobrevivió tres años más. Están embalsamados en el Museo de Luján.




Fotos: Gato y Mancha





















Por el Dr. Ricardo Federico Mena
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Currículum abreviado del Dr. Federico Mena
 
El Dr. Mena- Martínez Castro es odontólogo y ha escrito dentro de su profesión diversos trabajos de investigación clínica, como asimismo acerca de variadas materias: Historia, Genealogía, Poesía, Novela, Teatro y Cuento. Pertenece a distintas instituciones académicas de la región y de Buenos Aires, entre ellas es Miembro de Número del Centro de Estudios Históricos y Genealógicos “Gens Nostra” (Centro de Estudio Hispanoamericanos) con sede en Buenos Aires, Miembro correspondiente del Centro de Estudios Genealógicos de Tucumán, Miembro Fundador y de Número del Centro de Investigaciones Genealógicas de Salta, Miembro Correspondiente del Instituto San Felipe y Santiago de Estudios Históricos, Miembro de los Institutos Güemesiano, Belgraniano y Sanmartiniano de Salta, etc. Es autor de importantes trabajos dentro del cancionero popular, dos veces ganador en el Concurso Nacional de la Zamba ( zambas destacadas). Ha recibido numerosos premios provinciales y nacionales en su quehacer, entre los que se encuentran, el Primer Premio de Novela en el año 2000. Ha recibido de la Provincia de Salta el Premio al Mérito Artístico, etc. Colabora con EL INTRANSIGENTE en su columna
“Las Calles de Salta y sus Nombres












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