He leído hace algunos días, una nota en la que se hablaba de estado actual del Hospital de Famaillá, de su decadencia y sus carencias, de las necesidades de los pobladores de esa ciudad y, lo que es más importante, de algo que muchas veces no se tiene en cuenta en la administración de planes e instalaciones de salud. Me refiero a lo que se denomina “el punto de vista de la gente”, que se refiere a lo que los habitantes de cierta ciudad o regiones necesitan de sus médicos y sus hospitales, muchas veces no tenidas en cuenta por las autoridades y los planificadores de la salud pública, necesarios en todo sistema gubernamental pero, al mismo tiempo sujetos a la permeabilidad frente a las necesidades y requerimientos de los que van a ser directos sujetos de acciones sanitarias.
Para aclarar este punto, cito como ejemplo un hecho acontecido cuando me desempeñaba como miembro de la Comisión Nacional de Bioética, creada en los ´90 por el gobierno de Carlos Menem y que integrara casi por diez años. Nuestra función, entre otras, era el asesoramiento sobre temas de Bioética en proyectos legislativos , decretos y acciones relacionadas con esa disciplina teniendo como pivote central el bienestar físico y mental de la gente y sus necesidades siempre desde la visión de la ética del bienestar. Entra los muchos proyectos sobre los tocó estudiar para su asesoramiento, hubo uno que se me encargó preferentemente por haber sido médico que ejerció en el medio rural, la mayor parte del tiempo en el Hospital de Famaillá , y además ser un habitante del noroeste argentino , por conocer las necesidades de la gente de pocos recursos , ya que llevaba años de recorrer sus caminos investigando la medicina tradicional y la forma de articularla con la medicina científica, para mejorar la situación de los pobres, sobre todo aquellos de zonas a las que, en su decir testimonial “ no llegaba el doctor”. Debo aquí acotar que mis estudios sobre ética, pobreza y salud, ya habían empezado a comienzo de los ´70, cuando transitaba por las poblaciones del NOA y hasta llegando a Bolivia en ese aprendizaje y búsqueda que culminaría muchos años después, en 2007 con mi tesis doctoral e Filosofía sobre el tema , que fuera aprobada con la mayor calificación, permitiéndome ser uno de los pocos médicos de Argentina en tener un doble doctorado, uno en medicina y otro en filosofía. Pero yo creo que todo había comenzado allá lejos, hacia 1968, cuando por primera vez se me ofreciera cubrir un reemplazo de Médico Interno en el Hospital de Famaillá y tomar contacto con una realidad que por aquellos años no se nos enseñaba en la Facultad de Medicina de Tucumán, una de las mejores del país :palpar, conocer, tratar las necesidades de los que menos tenían y aprender a trabajar fuerte y sostenido por los que menos posibilidades de mejorar. Allí me encontré con la situación que muchas veces no podía curar por diferentes causas, pero podía consolar y ayudar a bien morir .Y también que se podía crear casi de la nada, recursos que permitieran dar a los que menos tenían lo que como seres humanos requerían : ser tratados como hombres con dignidad.
Pasaron casi tres años entre este hospital y otros del pedemonte y la campaña tucumanas, donde aprendí, no solamente a ser médico, sino también a madurar como hombre dispensador de bienestar y salud a sus poblaciones. En 1971 accedí a mi primer cargo de Médico Interno por concurso y la suerte que ese cargo fuera en el querido hospital de Famaillá y en el que permanecí casi por veinticinco años.
La prioridad con que empecé mi gestión fue la de proveer la mejor calidad de atención médica para los pobladores de la ciudad y sus cercanías. En los inicios, con parte de los escasos recursos que podía destinar a los otros, luego con el aporte generoso de los que más tenían en el pueblo. Cito con mucho cariño y agradecimiento a Luis y Juan Obeid y sus familias, a Constantino Iosa ,a los Rosconi, Martínez, Ferraioli, Calafiori , Pani, a los diversos gerentes del Banco Nación, a los intendentes que entendieron que políticamente hay que sumar en materia sanitaria, a los colegas que dedicaron tiempo y dinero para despertar a esa institución que podía dar más en beneficio de los demás. Entre los colegas, especialmente a mis amigos César Leppen, Segundo Ortega, Rolando Quiles, Durbal Rodriguez, al matrimonio Rosales, a Luis Ale, a Silvia Pedemonte ,a nuestro técnico anestesista “Chichi” Contreras , a mi ayudante perpetua y gran amiga “Nena” Avellaneda - que estaba a mi disposición las 24 horas del día para operar si requería su presencia- ,con lo que en poco tiempo empezamos a operar más casos y de mayor complejidad en base a dedicación personal de todo el equipo profesional y auxiliar, ganas de hacer mejor las cosas y mucho respeto por la persona a nuestro cuidado. Una mención especial a los muchos – casi un centenar – de practicantes alumnos de medicina que colaboraron en esos años, provenientes de los grupos que tenía a mi cargo como docente de las Cátedras de Primeros Auxilios y Cirugía, entre ellos Enzo Ciótola, Miguel Fernandez, Alejandro Sangenis,Martín y Julio Mendez Collado, “ Pepe Barceló y otros tantos que nos han permitido ser los médicos que deseábamos ser y que en estos días, se hallan diseminados casi en su totalidad por las provincias del noroeste argentino y a los que suelo ver de vez en cuando en eventos médico y humanísticos en los que me toca participar hasta hoy. Todos ellos guardan – y así lo manifiestan – un fuerte agradecimiento por haber sido entronizados en la realidad de nuestro pueblos y poder haber servido – en la medida de sus posibilidades – a los demás a la par que adquirían destreza quirúrgica y conocimientos básicos para ejercer la medicina. Uno de ellos – hoy importante profesional - me escribió hace poco, después de treinta y seis años sin vernos, adjuntando una foto tomada un día de guardia – solían ser los martes, aunque íbamos a operar dos o tres días más a la semana – adjuntando una foto de aquellos años, manifestándome que la foto representaba “uno de los mejores momentos en nuestra querida guardia de Famailla, con tantos recuerdos lindos y toda mi carrera es en parte suya y de esos años….”. Esa guardia llegó a tener dieciséis integrantes durante las veinticuatro horas de los martes, y la comida era costeada por los mismos practicantes que cumplían funciones diversas: cuidadores, ayudantes de cirugía, instrumentistas, control de postoperatorio quedándose muchas veces el primer día cuando se trataba de oprraciones complejas .
Muchos de nosotros usábamos nuestro propio instrumental, que viajaba del Hospital Famaillá a los centros privados de San Miguel de Tucumán y viceversa y no pocas veces también se donaba material necesario para poder intervenir y otros elementos.La ropa de quirófano era provista por los comerciantes de la ciudad, los elementos de sutura y gran parte de los medicamentos que usábamos por otros grupos de amigos y visitadores médicos y el esfuerzo personal, y hasta conseguí que uno de los intendentes me donara uno de los faroles gigantes de calle para contar con una de las mejores iluminaciones de quirófano en los que me toco operar. Conseguimos de la institución de salud un viejo aparato portátil de Rayos X que nos permitía, entre otras cosas, operar casos de litiasis (cálculos) vesiculares y salir del apuro en las emergencias. Muchas patologías operadas por primera vez en mi vida profesional, integran este inventario de logros y esfuerzos conseguidos para bien de los demás y en especial para aquellos que poco tenían y que la gran mayoría de las veces carecían de recursos para viajar a San Miguel de Tucumán y operarse allí.
También debo reconocer que tuvimos presiones para seguir trabajando en esta forma por parte de alguna autoridades de la época, con el concepto que este nosocomio era uno de los tantos del interior y que debía limitarse a una atención acotada, debiendo derivar la mayor cantidad de casos a la capital y que muchas veces eludimos sutilmente con mis colegas y el personal que participaba para mantener este sistema de atención que se podía hacer pero que no figuraba en los planes generales para la localidad.
Leí con cierta nostalgia las ultimas noticias sobre la situación actual, porque creo que bien merece el esfuerzo de todos en pro de ese hospital , recordando una vez más que cuando se quiere se puede y que solamente en el diccionario la palabra “ éxito” está antes que la palabra “ trabajo”.
Y, a pesar de las angustias, de las noches insomnes preocupado por la suerte del paciente operado y el cansancio que deja el trabajo bien hecho , creo que aquel esfuerzo valió la pena y que, a esta altura de mi vida puedo decir , parafraseando a Andrea Majocchi en su libro “ La Vida de un Cirujano” quien dice casi al final de las páginas que “ cuando me presente ante mi Creador, con mi bata y mis guantes ensangrentados, me serán perdonadas muchas cosas, porque habré amado y sufrido mucho…“.Sea este mi homenaje a ese hospital que tanto nos dio y nos permitió dar a los que menos tenían.
Por Armando Pérez de Nucci
Doctor en Medicina y en Filosofía