Casi todo el planeta, se halla en estado de ebullición, de impaciencia enfermiza. Basta con mirar el mapamundi más básico
Nuestra América
Y la América latina, nuestra pobre América de la larga esperanza, no sabe aún dónde depositar el crédito de su porvenir. Ahí anda, revuelta y afligida, desterrando sus antiguas dictaduras; organizando a tropezones sus producciones regionales; buscando mercados confiables y soñando con formar un bloque armónico que ejerza su presencia en los años venideros. Nuestro mapa sudamericano también está tenso. Bolivia, Chile, Paraguay y la propia Argentina viven los nervios de ríspidas internas. Brasil, es obvio, quiere manejar el timón y Venezuela, con el petróleo hirviendo su riqueza bajo sus plantas, también quiere apostar a la preeminencia mientras su obstinado y enfermo líder ahora reza y llora, algo que no estaba en sus planes.
A partir de Boudou
Ya que hemos tocado nuestro país, aquí el momento es políticamente indescifrable por ahora. La Presidenta Cristina, cuyas últimas apariciones televisivas denuncian de manera irrefutable el esfuerzo sobrehumano al que se somete -porque quiere controlarlo todo- es casi una sombra de la mujer vigorosa y espléndida que lucía hasta hace pocos meses. Quizá desde Boudou, al que eligió para vicepresidente, parece desconfiar de todo y de todos. Su agenda de actividades mezcla tópicos muy importantes con pequeños actos más propios de un delegado comunal que de una jefa de Estado.
Por momentos, en ella muchas cosas y gestos se asemejan a la sin razón. Su marido era un gran juguetón de la política, que parecía divertirse pergeñando maniobras ingeniosas que desconcertaban a propios y extraños. Hasta la vida pareció para él un gran juego, osado y fatal, pero juego al fin.
Es el momento
Ella, en cambio, es el revés del espejo. Cada vez con mayor fuerza, su rostro parpadea tristeza, angustia y un rictus parecido a los de una actriz de tragedias. Eso me preocupa y sospecho que a millones de argentinos les sucede algo similar. El “no llores por mí, Argentina” de la ópera me suena como una semejanza terrible. Sólo quiero, con todo fervor, que alguien amanse su espíritu. Un pueblo entero necesita esa transmutación. Este recodo, tan lleno de entreveros, pide a voz en cuello, algo de lucidez y generosidad.
Por Dardo Nofal
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