ARGENTINA.- Los argentinos no pueden eludir el asombro que les producen ciertas designaciones en el entorno más cercano a la Presidenta de la República. Tienen razón para que les parezca raro, muy raro, que la mandataria no aspire a contar con un gabinete de lujo, de probada solvencia cada uno en su especialidad, cuando la jefa cuenta con el respaldo electoral formidable que le dispensaron los resultados de los comicios de hace apenas siete meses. Esa vía libre para los nombramientos, más amplia y respetable, era imposible.
Sin embargo, aún en los puestos claves del elenco se desempeñan funcionarios de muy enjuta categoría. Los casos de los Ministerios de Relaciones Exteriores (Héctor Timerman) y de Interior (Florencio Randazzo) son ejemplos notables y dolorosos. Y hay varios más ubicados en áreas que exigen conducción de mucho talento. Y no mencionemos a Amado Boudou, que de economía fue ascendido a vicepresidente.
Sin embargo, por las características peculiares de Cristina, todo se comprende, con disgusto pero sin mucho esfuerzo. En ella palpita una desconfianza muy aguda, como si avizorara la traición, como si todos sus compañeros fueran aves de rapiña al acecho. Quizás en su condición de mujer, que la diferencia, anida semejante tormento. O tal vez en el plan nunca confesado de una dinastía. Pero eso es demasiado para imaginar.
Como Juan Perón
De repente aparece, emparentándose con esta situación, el recuerdo del propio Juan Domingo Perón. Político de una picardía inmensa para administrar el poder alcanzado, nunca confió demasiado en sus colaboradores a partir de los remezones de su segundo mandato (1952-1955), cuando empezó a flaquear su liderazgo y asomaron los “vendepatrias” que finalmente lo derrocaron. El primer período (1946-1952) fue de un brillo apabullante en ciertas materias de gobierno como salud pública, educación, industrias, acción social, viviendas y voto femenino.
Con ello y la nueva legislación laboral progresista, había levantado el pedestal de su fama.
No obstante, luego del período inicial, Perón tomó un rumbo personalista, egolátrico, que lo desangró políticamente. De eso no tomó nota y terminó expulsado. Volvió de su exilio español ya viejo y achacoso, sólo confiado en dos personas de mansa vocación para la obediencia, como Héctor Cámpora y su “brujo” íntimo, José López Rega.
La paz inteligente
De regreso a Cristina de Kirchner, está claro que ella no tiene en vista su alejamiento del poder activo. Es posible que no se resigne, una vez cerrado su segundo período, a ser una figura señorial, querida por un numeroso sector de la población y viviendo en paz sus mejores recuerdos del arduo paso por la función pública. Eso sería, simplemente, la prueba de que el poder, en ella, tomó categoría de enfermedad. Yo lamentaría que así fuera. Quien no reconoce el paso del tiempo y de las oportunidades, abre una etapa muy amarga: en ella se confunde el poder con la dicha y eso supone que la paz es una condena. La vida también pide un poco de obediencia, pero talentosa, inteligente, no de la otra.
Por Dardo Nofal
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