ARGENTINA.-Imposible de definir para cualquier extranjero, la Argentina también es un misterio para sus propios habitantes. Hace apenas siete meses que su Presidenta abrió su segundo mandato por una furibunda reelección (54%) y cuando restan tres cuartas partes del período a cumplir, ya está librando una pugna de peligroso voltaje entre ella y los otros sectores del partido que originalmente los aglutina: el peronismo.
En junio parecen haber quedado abierta todas las compuertas para que la lucha interna concluya por invadir a la ciudadanía íntegra, sin excepción.
Los nervios y con ellos las palabras van afilando los tonos de la disputa hasta tornarlos puntiagudos en su intención descalificadora. Las actitudes y frases que en los últimos días se dedicaron entre sí
Cristina de Kirchner, el gobernador bonaerense Daniel Scioli y el gremialista Hugo Moyano sugieren el portal de un desencuentro irremediable, “a matar o morir”, mientras algunos conflictos que los tienen como actores excluyentes están causando problemas muy graves en distintos puntos de la República.
Lo demás no interesa
Buenos Aires, por ejemplo, tiene sin atender la educación de unos 4 millones de chicos por la huelga que desataron los docentes por falta de pago del medio aguinaldo. Y ese incumplimiento tiene su génesis en la promesa del gobierno central de un envío de 3.600 millones de pesos, cifra de la que se recibieron sólo 1.000 millones. Ahora Cristina acusa a Scioli de mal administrador y él responde que la Nación no cubre su deuda de coparticipación federal de impuestos. Pero lo cierto es que el hecho dramático se derramó ya sobre la población.
Tiempos lejanos
Otras situaciones de extrema gravedad están sucediendo en la Patagonia, en Córdoba, en Chaco y en Santa Fe. Pero la explicación es siempre la misma y totalmente argentina: La culpa la tuvo el otro. De todo esto es fácil deducir que para esta generación de dirigentes la conducción, que en otros tiempos era una responsabilidad que rozaba lo sagrado, se transformó en nada más que en la obtención de un sitio de privilegio familiar, sin compromiso social.
Los herederos
Es posible que la muerte de Juan Perón en 1974 haya significado la síntesis perfecta de su vida política. Mientras él estuvo, jamás otro fue jefe o figura sobresaliente. Al contrario, se esmeró en ubicar a su lado a figuras pálidas, mediocres, apenas capaces de obedecerle sin emitir opinión alguna. Tal el caso de Héctor Cámpora. Y tal, asimismo, el elenco deplorable que escogió para sucederlo en el mando, en nombre “del pueblo”: Isabelita (¿la recuerdan?), Raúl Lastiri (el rey de las corbatas) y López Rega (el asesino serial). Lo peor de todo fue que la herencia no fue nunca una continuidad ideológica del líder, sino una guerra impiadosa para adueñarse de la herencia de votos. Hasta hoy esa guerra interna prosigue, sin rastros de ética y sin pensamientos coherentes.
La vuelta del PRI
Para eso -desde nuestra visión- acaba de agregarse Juan Manuel Abal Medina, hijo del último secretario de Perón y actual poderoso asesor del hombre más rico del mundo, el señor Carlos Slim. Ese entorno es gente de confianza de Slim justo ahora, cuando regresó al poder en Méjico el PRI, el régimen más corrupto que arrasó esa república durante siete décadas. Si alguien encuentra algún rasgo común con lo que está comenzando a producirse en la Argentina, es un malpensado, o quizás no. Vaya uno a saber...
Por Dardo Nofal
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