TUCUMÁN.- Cifras lapidarias, muchas de ellas surgidas de estadísticas oficiales, han comenzado a bombardear el controvertido proyecto del cristinismo de incorporar a la franja de jóvenes de entre 16 y 18 años en los padrones electorales. Según resultados de la Encuesta Permanente de Hogares, la población de entre 15 y 24 años que no estudia ni trabaja creció de 846.000 en 2003 a casi 1 millón en 2010. Es decir, casi 1 millón de jóvenes argentinos que deambulan desorientados por la vida, sin siquiera advertir que no tienen futuro en esas condiciones.
Paralelamente, esta dramática realidad muestra que los planes que ejecutó el gobierno central con el objetivo de insertar a esta franja de argentinos en el mercado laboral han fracasado. Y no precisamente por falta de recursos, ya que el Ministerio de Trabajo pasó a invertir actualmente más de $1.000 millones, contra $225 millones que destinó hace apenas tres años.
Se trata del programa “Jóvenes por más y mejor trabajo”, destinado a prestar asistencia a jóvenes de 18 a 24 años para que puedan ingresar en el mercado laboral, darles oportunidades de inclusión social y completar la escolaridad obligatoria, entre otros propósitos.
Según el nivel de formación de cada beneficiario –explica en un artículo el diario La Nación-, un joven puede recibir de $ 300 a $ 900 para participar, por ejemplo, de talleres de apoyo para encontrar empleo o bien para finalizar la escuela secundaria.
Los legisladores del oficialismo, entre ellos el senador nacional Aníbal Fernández, que integró el gabinete desde el inicio de la gestión kirchnerista, no desconocen esta situación. No obstante, avanzarán con la iniciativa contra viento y marea. No hacerlo significaría poner en duda los logros de la administración kirchnerista de haber bajado la tasa de desempleo de la población gracias al crecimiento económico. Y también significaría arriar las banderas de la inclusión social y de la inserción de los jóvenes en el modelo.
Magros esfuerzos
No es el único plan diseñado por el gobierno nacional para encarar este problema. También existen la Asignación Universal por Hijo, las becas o el programa Conectar Igualdad. Sin embargo, algo falla, pese a que el Estado está presente en estas circunstancias. Quizá la ministra de Educación de la Provincia, Silvia Rojkés de Temkin, haya dado en la tecla.
En cierta oportunidad, al referirse a los niveles de repitencia escolar en Tucumán, indicó al diario La Gaceta que la mayoría de los chicos dice que se llevan materias a rendir “porque no sienten ganas de estudiar ni encuentran estímulos; que les falta la presencia y el apoyo de sus padres”.
Y puso al desnudo otra grieta en el tejido social argentino, que el gobierno nacional trata de ocultar. “Ellos confiesan que sufren de soledad, y demandan la presencia y el apoyo de sus padres”. Asimismo, reveló que se observa “un importante incremento de alumnas de 15 a 16 años que están embarazadas”.
Añoranzas
Las declaraciones de Temkin invitan a evocar un tiempo en el que los padres se ocupaban activamente de la educación de sus hijos y de la misma actividad de la comunidad educativa, a través de las cooperadoras, una figura en vías de extinción, como tantas otras que fueron clave para el sistema educativo.
Por ejemplo, hubo un tiempo en el que la escuela “17 de Octubre”, hoy “Paul Groussac”, contaba con un cine administrado por la cooperadora de padres. Las recaudaciones eran rigurosamente controladas por la dirección de la escuela, que en esos años era ocupada por Lilia Muiño de Martínez Castro.
Los memoriosos de barrio Jardín recuerdan que un hijo de la directora solía jugar en el amplio patio de la escuela. Ese niño era Tomás Eloy, que llegó a ser uno de los periodistas más destacados de América.
Contrariamente a lo que se pueda suponer, a esos padres no les sobraba el tiempo. La peleaban desde la salida del sol hasta la oración, todos los días, para llevar el pan al hogar. Pero eran concientes de que debían atender la tarea escolar de sus hijos, y de que debían responder a los requerimientos de la escuela. Deserción implica desertar, abandonar las obligaciones.
Temkin reconoce que la repitencia es la antesala de la deserción escolar; y ha implementado programas de apoyo para que no salgan del sistema educativo provincial más de 20.000 chicos por año. Estos chicos tucumanos también están en la mira del proyecto cristinista, quien sabe con qué intenciones, que no son las de ingresarlos precisamente en el mercado laboral.
Por Coco Quinteros
para
Fuente: Semanario
de Tucumán, Edición Impresa.