En el pintoresco departamento de La Poma, en dos zonas muy aisladas y olvidadas; se encuentran los arrinconados pueblitos de Cobres y Rangel. A casi 3400 metros sobre el nivel del mar, en la puna salteña se levanta la pequeña localidad de Cobres y su dulce iglesia, a la cual se accede por la Ruta Nacional número 40 y luego por la Provincia número 38; por el mismo camino por el que se llega a la localidad jujeña de Susques.
No son mucho más de 100 los pobladores de Cobres, y el ser un numero tan pequeño les perjudica bastante, pues no son muchos los servicios que los cobrenses poseen. La electricidad permanente y el agua potable son más que recursos, lujos, demasiados opulentos para estos. Y a pesar de que la gran mayoría de los salteños no conocen este lugar, numeroso grupos misioneros católicos si tienen presente este sitio y más de una vez se han aventurado a él para ofrecer nuevas formas de vida y de pensamiento a sus habitantes.
Rodeado por grandes cerros tonos ladrillo y con la compañía de algún amigo camélido en cada una de sus esquinas, llama o vicuña; el pueblo de Cobres constituye una típica postal de un pueblito indefenso y recluido, pero de una manera encantadora y apacible. Y su capilla y escuela, que tienen más de cien años; regalan a esta imagen el toque más fascinante de todo.
A tan sólo 16 kilómetros de aquel apacible poblado se encuentra otro que es aun incluso más calmo y estático. Y esto se debe a que directamente este se halla en un estado de abandono absoluto. Sin personas o animales a la vista el poblado de Rangel se presenta ante quien pasa por el, como una localidad fantasma, alejada y olvidada; pero aun así muy hermosa y pintoresca.
Si uno viaja en dirección a la Ruta Nacional número 52, que conduce al Paso Internacional de Jama en Jujuy seguramente sentirá un llamado de atención al notar que un cartel que indica en verde el nombre de Rangel, y que debajo de este hay otro amarillo que ilustra a una capilla. Lo interesante de todo esto es que seguramente Rangel no figura en el mapa del viajante, y es que precisamente este se trata de un pueblo despoblado.
Una encantadora capilla blanca al pie de un enorme cerro, que posee una torre y dos pequeñas campanas, junto a unas sencillas viviendas de adobe y paja y una plazoleta con el nombre de: “Padre Leopoldo Lench”; son todas las edificaciones que conforman esta solitaria localidad. En aislamiento y sin vida se encuentra Rangel, una preciosa población, que de poblada no tiene absolutamente nada, pues es notorio percibir que las campanitas de aquella torre no fueron sonadas hace muchisimo tiempo.
Por Rosario Torino Solá
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