MÚSICA

La inigualable Chavela Vargas murió en mexico a los 93 años, pero su mito vivirá por siempre

El recuerdo de Pedro Almodóvar y Joaquín Sabina. Chavela grabó casi 90 discos y agigantó una leyenda plagada de hazañas y transgresiones.

  • jueves, 16/08/2012 | 12:23 hs
Chavela Vargas

Temas

MUSICA
BUENOS AIRES.- El recuerdo de Pedro Almodóvar y Joaquín Sabina. La inolvidable intérprete de “La llorona”, “Macorina”, “El último trago” y “Volver, volver”, entre tantas otras, falleció después de una sucesión de internaciones. Chavela grabó casi 90 discos y agigantó una leyenda plagada de hazañas y transgresiones.

La mujer que sabía curar el alma con sus canciones
Isabel Vargas Lizano
fue Chavela para el mundo. Fue leyenda y fue la voz más desgarrada, la de las penas más ásperas, la del dolor más acabado, la única capaz de abrir los brazos como Cristo. Fue símbolo de rebeldía, de enfrentamiento a los moldes y prejuicios instalados, de sujeción sólo a las elecciones propias, cueste lo que cueste, arriba, pero sobre todo abajo del escenario. Fue Chavela Vargas.
 
Murió el 8 de agosto en México, a los 93 años, después de una sucesión de internaciones, la primera de ellas en Madrid, adonde había viajado para presentar su último disco, La luna grande, con el que rindió un homenaje ya casi recitado al poeta Federico García Lorca. Murió a causa de un paro cardiorrespiratorio en México, la patria que adoptó como propia y a la que representó rompiendo las normas de esa representación, tras permanecer varios días internada.

Fue, en rigor, la última de las afrentas que esta mujer le hizo a la muerte: hacía años que Chavela venía enfrentando recaídas en su salud, más o menos graves, para luego salir adelante como si nada, como si aquello hubiera sido sólo una anécdota, algo que no le pertenecía. Como decía su amiga argentina, la cantante Negra Chagra: “Chavela estaba al borde de la muerte, y a la semana salía de gira. Volvía a amenazar con que moría, y aparecía grabando un disco. Caía otra vez, y salía renovada, con otro proyecto más arriesgado todavía”. La cantante tenía una explicación para esto, a lo que no daba demasiada importancia: ella era una chamana, nombrada como tal por los aborígenes huipala, la primera mujer en el mundo en ostentar este honor. Además de capacidades hechiceras y sanadoras, este título le confería
el poder de trascender, en una medida en que no les estaba dado a los hombres decidir, y que la alejaba, desde luego, de todo miedo a la muerte.

Esto les explicaba a los médicos que la atendieron en el hospital, Inovamed de la ciudad mexicana de Cuernavaca, donde ingresó a fines de julio después de permanecer otros diez días internada en Madrid. Allí intentó reponerse acompañada por sus amigos más cercanos, entre ellos María Cortina, con quien escribió el libro Dos vidas necesito. Las verdades de Chavela.

Permaneció consciente en terapia intensiva, y pidió expresamente a los médicos que no se le aplicasen procedimientos para prolongar su vida: nada de maniobras de resucitación o uso de respiradores. Con ellos habló sobre el final: les explicó que la muerte no existe, que su foco estaba en una trascendencia espiritual. Así pasó sus últimas semanas. La intérprete única de “La llorona”, “Macorina”, “El último trago”, “Que te vaya bonito”, “Volver, volver”, la que aseguraba poder curar las almas con sus canciones –algo de lo que habrá quienes den fe– eligió despedirse entonces. Su vida

Isabel Lizano había nacido en San José de Flores, Costa Rica, el 17 de abril de 1919. De su país de nacimiento no guardaba buenos recuerdos, tampoco de su familia. Su figura quedó ligada icónicamente a México, adonde se mudó a los 17 años, adoptando la nacionalidad mexicana. Allí inició su carrera cantando con guitarra en las calles de la capital, como tantos artistas callejeros. Ella tenía algo diferente: hacía rancheras, que hasta entonces era un género reservado a los hombres. Era una mujer que cantaba sobre el deseo por las mujeres. Para completar el cuadro, vestía como un hombre, fumaba tabaco, bebía alcohol en cantidades, llevaba pistola y gabán rojo. Allí fue “descubierta” por el cantante y compositor José Alfredo Jiménez, símbolo indiscutido de la ranchera.

Armada de un repertorio de autores como Jiménez o Cuco Sánchez, Chavela Vargas se abrió paso con un modo de cantar que no tenía que ver con lo técnico. Ella no cantaba sus rancheras: las lloraba, las gritaba, las hacía dolientes, las mascullaba entre dientes, con toda la bronca contenida o con la seducción más cómplice. Las ofrendaba. “Ponme la mano aquí, Macorina”, susurraba con ronca sensualidad, y se acariciaba los muslos. Ese tema, transformado en himno lésbico primero, y revolucionario después, cuando la guerrilla salvadoreña le cambió la letra (“ponme la mano aquí, Macorina, para curar la herida que me causó esta bala”, cantaron ellos), fue uno de sus estandartes, vuelto una gran afrenta al macho rancio y latino, en una maravillosa inversión de sentido. Su otro himno fue “La llorona”, y su cenit el grito final: “¿Qué más quieres? Quieres más”. Allí Chavela alcanzaba a revelar, de algún modo, algo del orden de la angustia atávica de la humanidad.

“Yo nunca he cedido nada. Yo soy yo”, aseguraba la mexicana en diálogo con Página/12, al ser consultada sobre el momento en que habló en forma pública sobre su homosexualidad, en 2000, en una entrevista para la televisión colombiana. “La única ventaja que tuve fue que no había Inquisición; si hubiera nacido en los tiempos de Juana de Arco, me hubieran quemado, con todo el gusto. Yo fui como quería ser y me reí de todos, pero también los respeté. Como digo siempre: el respeto al derecho ajeno es la paz. Pero paz con dignidad, sin agachar la cabeza. El grito final de ‘La llorona’ tiene que ver con eso.”

Su primer disco fue editado en 1961 y desde entonces grabó casi 90, aun cuando hubo una etapa en que dejó de cantar profesionalmente, entre fines de los ’70 y principios de los ’90. Su figura se hizo conocida a nivel internacional, más que a través del disco, gracias al cine. Su amigo Pedro Almodóvar fue uno de sus primeros difusores al incluir sus canciones en sus películas. También apareció en Frida, de Julie Taymor, cantando sus clásicos “La llorona” y “Paloma negra”, y en Babel, la premiada película de Alejandro González Iñárritu, interpretando el bolero “Tú me acostumbraste”. En 2004, a los 85 años, presentó el disco En Carnegie Hall, que grabó en vivo en ese escenario icónico. Su leyenda

La leyenda de Chavela Vargas es copiosa en hazañas, transgresiones, momentos compartidos con grandes artistas. Desde Rock Hudson hasta Frida Kahlo y Diego de Rivera, por ejemplo, que la invitaron a vivir en su casa. Algunos de esos mitos fueron confirmados por ella como reales: que había llegado a disparar unos cuantos tiros desde un escenario, por ejemplo. “Pues sí –aceptó–. Una noche empecé tomándome un tequilita, para quitarme el miedo, y tomé otro y otro, hasta pasar los 30. Había algunos allí abajo que hablaban y yo les dije: ‘¡Se callan o disparo!’. Y tuve que disparar. Y allí nació esa leyenda, porque después andaban diciendo: ‘No la provoquen, porque dispara a cada rato’. Es que a ciertas horas todo se entiende con el lenguaje de las pistolas.”

En cambio se reía del mito que aseguraba que de joven robaba gente al galope, a caballo. “¡Qué divertido! Déjela que corra la leyenda. Si el público se entretiene con eso, ¡déjelos!”, se reía con ganas en una entrevista con este diario. Sí admitía las leyendas sobre sus corridas a toda velocidad en autazos último modelo: “Yo era amiga de uno de los presidentes de México, Adolfo López Mateos, y no pagaba impuestos –seguía contando en la nota–. Así que un Alfa Romeo o un Maserati me costaba la tercera parte. El presidente una vez me regaló un Bentley inglés como el de Isadora Duncan. Nomás que no había repuestos y cuando se rompió, se acabó. Qué divino era ese coche...”. Parecía un personaje más de la novela Crash, de J.G. Ballard, cuando hablaba de la fascinación que le provocaba la velocidad. Le cambiaba el ritmo pausado y musical de su voz cuando relataba las picadas improvisadas que corría con el presidente mexicano. “Los dos corríamos como locos. Por mí hubiera seguido. Pero cada veinte días, un mes, me daba en la torre, chocaba con todo. Y en el último choque me abrí la cabeza, se me levantó el cuero cabelludo desde la frente hasta la mitad de la cabeza. Si no pasaba alguien por ahí, me moría desangrada. Pero fue divino ese tiempo. Y no tengo angustias, ni rencor al pasado, todo se acabó. Se tranquilizó, se puso en paz.”

El alcohol fue una parte importante de esa leyenda negra: “El dinero que tuve me lo bebí, en una temporada. Era borracha y además invitaba a todo el mundo para que se emborracharan conmigo. No vaya a creer que hacía distinción. Lo mismo era mi hermano, el albañil, el que vendía periódicos. Los invitaba porque tenían necesidad de tomar y no tenían con qué. Y yo sabía lo que era eso”, explicaba. Y era perfectamente consciente de que la borracha perdida formaba parte de la leyenda de Chavela Vargas: “El público adora esa parte tuya. Yo tenía un amigo cantante, que no le voy a decir quién, el único que nunca tomó, ni fumó, ni nada. ¡Y la gente nunca lo consideró bohemio, ni artista! Resultó demasiado pulcro para que la gente lo considerase ‘divino’, como nosotros los bohemios sublimes, de amanecer en el Tenampa. Como Alvaro Carrillo, que le dije yo un día: ‘¿Cómo eres tú en tu sano juicio?’. Y me contestó: ‘No sé, porque nunca he estado así’. Un borracho divino. De nosotros, el público se encarga de hacer una leyenda negra, que a mí me parece fascinante. Si hasta resulta que yo andaba a caballo en las calles de México. Imagínese, me hubiera matado. Y es que a mi coche le llamaban ‘el Caballo’”.

Lo que no fue leyenda fue que los aborígenes huipala la nombraron chamana, con lo cual podía curar si era necesario. “Puedo curar muchas almas con mis canciones, y por eso me nombraron chamana”, contaba. “Ya había establecido un puente de comprensión y de amor a través de la música. Y logré lo más costoso del mundo: paz interior, me encontré conmigo. A mí que no me vengan con los Grammy: son una mierda, puedes comprarte veinte si quieres y si tu grabadora tiene dinero. Yo soy la primera mujer en el mundo que tiene el título de chamana. Nunca hubiera imaginado que me iba a pasar una cosa así, pero para eso canté toda mi vida.” Su despedida

Su última visita a la Argentina fue en 2004, cuando dio un show en el Luna Park, con León Gieco como invitado, en forma totalmente gratuita (tanto para el público como para ella, que no cobró cachet). Antes, en 1999, se había presentado en el Gran Rex, en un show junto con su amigo Almodóvar, que ofició de presentador y maestro de ceremonias. “Tengo apenas dos o tres debilidades en mi vida”, había dicho entonces el director, en tono de bolero. “Una de ellas es Chavela. Allí donde ella esté, si me llama, si me necesita, allí voy, como estoy aquí ahora.” “Pedro es mi único amor en la tierra. Somos dos almas gemelas”, le devolvió ella. Antes de eso, se recuerdan también sus presentaciones en La Trastienda, más íntimas e igualmente celebradas.

De la mexicana Lila Downs a la afroespañola Concha Buika, varias fueron las voces ungidas como “herederas de Chavela”. De la Argentina, Negra Chagra fue la cantante que sembró amistad y compartió varios momentos artísticos con ella, grabando una en los discos de la otra, o para el gran homenaje que se le organizó en México cuando cumplió 90 años, al que asistieron, entre muchos otros, Miguel Bosé y Joaquín Sabina. Su voz, envejecida y tenaz, su canto ya casi recitado, sigue asombrando en sus últimos discos: Por mi culpa, de 2011, y el reciente La luna grande, con 16 poemas de Federico García Lorca y dos que ella le dedicó al poeta, editado en la Argentina por Acqua Records.

“Nací cantando, aunque me decían: ‘Esa niña canta horrible’. No tuve maestros. Aprendí de la vida todo lo que sé. Así que si a alguno no le gusta lo que hago, que le eche la culpa a la vida”, advertía ella. “Al comienzo, a nadie le gustaba lo que hacía, hasta que una noche yo estaba borracha sobre el escenario y todos estaban borrachos abajo. Y al otro día, no sé cómo, abrí los diarios y amanecí famosa. Seguí cantando y luchando, rompí todas las normas establecidas, y aquí estoy todavía.” Aquí seguirá su voz y su figura, cubierta por un joropo rojo con guardas blancas, los brazos alzados como Cristo. “Así me voy a morir, libre, sin yugos”, dijo, y cumplió su palabra.

Por Karina Micheletto
Fuente: Página 12


Adiós, volcán

Durante veinte años la busqué en sus escenarios habituales y desde que la encontré en el diminuto backstage de la madrileña Sala Caracol llevo otros veinte años despidiéndome de ella, hasta esta larguísima despedida, bajo el sol abrasivo del agosto madrileño.

Chavela Vargas hizo del abandono y la desolación una catedral en la que cabíamos todos y de la que se salía reconciliado con los propios errores, y dispuesto a seguir cometiéndolos, a intentarlo de nuevo.

El gran escritor Carlos Monsiváis dijo "Chavela Vargas ha sabido expresar la desolación de las rancheras con la radical desnudez del blues". Según el mismo escritor, al prescindir del mariachi Chavela eliminó el carácter festivo de las rancheras, mostrando en toda su desnudez el dolor y la derrota de sus letras. En el caso de 'Piensa en mí', (eso lo digo yo) una especie de danzón de Agustín Lara, Chavela cambió hasta tal punto el compás original que de una canción pizpireta y bailable se convirtió en un fado o una nana dolorida.

Ningún ser vivo cantó con el debido desgarro al genial José Alfredo Jiménez como lo hizo Chavela. "Y si quieren saber de mi pasado, es preciso decir otra mentira. Les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca (YO NUNCA, cantaba ella) he llorado".

Chavela creó con el énfasis de los finales de sus canciones un nuevo género que debería llevar su nombre. Las canciones de José Alfredo nacen en los márgenes de la sociedad y hablan de derrotas y abandonos, Chavela añadía una amargura irónica que se sobreponía a la hipocresía del mundo que le había tocado vivir y al que le cantó siempre desafiante. Se regodeaba en los finales, convertía el lamento en himno, te escupía el final a la cara.
 
Como espectador era una experiencia que me desbordaba, uno no está acostrumbrado a que te pongan un espejo tan cerca de los ojos, el desgarro con tirón final, literalmente me desgarraba. No exagero. Supongo que habrá alguien por ahí que le pasara lo mismo que a mí.

En su segunda vida, cuando ya tenía más de setenta años, el tiempo y Chavela caminaron de la mano, en España encontró una complicidad que Méjico le negó. Y en el seno de esta complicidad Chavela alcanzó una plenitud serena, sus canciones ganaron en dulzura, y desarrolló todo el amor que también anidaba en su repertorio.

"Oye, quiero la estrella de eterno fulgor, quiero la copa más fina de cristal para brindar la noche de mi amor. Quiero la alegría de un barco volviendo, y mil campanas de gloria tañendo para brindar la noche de mi amor." A lo largo de los años noventa y parte de este siglo, Chavela vivió esta noche de amor, eterna y feliz con nuestro país, y como cada espectador, siento que esa noche de amor la vivió exclusivamente conmigo. Chavela te cantaba solo a tí, al oído, y cuando el torrente de su voz fue menos potente, (no hablo de declive, ella no lo conoció, hizo y cantó lo que quiso y como quiso) Chavela se volvió más íntima.

Las mejores versiones de 'La llorona' las interpretó en sus últimos conciertos. Abordaba la canción con un murmullo, y en ese tono continuaba, recitando palabra por palabra, hasta llegar al épico final. Cantar lo que se dice cantar solo cantaba la última estrofa, de un modo ascendente hasta gritar su última y breve palabra. "Si como te quiero quieres llorona, quieres que te quiera más. Si ya te he dado la vida, llorona, qué más quieres. ¡Quieres MÁS!" Estremecía escuchar la palabra "más" gritada por Chavela.

La presenté en decenas de ciudades, recuerdo cada una de ellas, los minutos previos al concierto en los camerinos, ella había dejado el alcohol y yo el tabaco y en esos instantes éramos como dos síndromes de abstinencia juntos, ella me comentaba lo bien que le vendría una copita de tequila, para calentar la voz, y yo le decía que me comería un paquete de cigarrillos para combatir la ansiedad, y acabábamos riéndonos, cogidos de la mano, besándonos. Nos hemos besado mucho, conozco muy bien su piel.

Los años de apoteosis española hicieron posible que Chavela debutara en el Olympia de París, una gesta que solo había conseguido la gran Lola Beltrán antes que ella. En el patio de butacas tenía a mi lado a Jeanne Moreau, a veces le traducía alguna estrofa de la canción hasta que Moreau me murmuró "no hace falta, Pedro, la entiendo perfectamente" y no porque supiera español.

Y con su deslumbrante actuación en el Olympia parisino consiguió, por fin, abrir las puertas que más férreamente se le habían cerrado, las del Teatro Bellas Artes de Méjico DF, otro de sus sueños. Antes de la presentación en París un periodista mejicano me agradeció mi generosidad con Chavela. Yo le respondí que lo mío no era generosidad, sino egoísmo, recibía mucho más que daba. También le dije que aunque no creía en la generosidad sí creía en la mezquindad, y me refería justamente al país de cuya cultura Chavela era la embajadora más ardiente.

Es cierto que desde que empezara a cantar en los años cincuenta en pequeños antros (¡lo que hubiera dado por conocer El Alacrán, donde debutó con la bailarina exótica Tongolele!) Chavela Vargas fue una diosa, pero una diosa marginal. Me contó que nunca se le permitió cantar en televisión o en un teatro. Después del Olympia su situación cambió radicalmente. Aquella noche, la del Bellas Artes del D.F., también tuve el privilegio de presentarla, Chavela había alcanzado otro de sus sueños y fuimos a celebrarlo y a compartirlo con la persona que más lo merecía, José Alfredo Jiménez, en el bar Tenampa de la Plaza de Garibaldi.

Sentados debajo de uno de los murales dedicados al inconmensurable José Alfredo bebimos y cantamos hasta el amanecer (ella no, solo bebió agua aunque al día siguiente los diarios locales titulaban en su portada 'Chavela vuelve al trago'). Cantamos hasta el delirio todos los que tuvimos la suerte de acompañarla esa noche, pero sobre todo cantó Chavela, con uno de los mariachis que alquilamos para la ocasión. Era la primera vez que la escuchábamos acompañada por la formación original y típica de las rancheras. Y fue un milagro, de los tantos que he vivido a su lado.

En su última visita a Madrid, en una comida íntima con Elena Benarroch, Mariana Gyalui y Fernando Iglesias, tres días antes de su presentación en la Residencia de Estudiantes, Elena le preguntó si nunca olvidaba las letras de sus canciones. Chavela le respondió: "a veces, pero siempre acabo donde debo". Me tatuaría esa frase en su honor. ¡Cuántas veces la he visto terminar donde debe! Aquella noche en el indescriptible bar Tenampa, Chavela terminó la noche donde debía, bajo la efigie de su querido compañero de farras José Alfredo, y acompañada de un mariachi.
 
Las canciones que ella desagarró en el pasado, acompañada por dos guitarras, volvieron a sonar lúdicas y festivas, donde y como debía ser. 'El último trago' fue aquella noche un delicioso himno a la alegría de haberse bebido todo, de haber amado sin freno y de seguir viva para cantarlo. El abandono se convertía en fiesta.

Hace cuatro años fui a conocer el lugar de Tepoztlán donde vivía, frente a un cerro de nombre impronunciable, el cerro de Chalchitépetl. En esos valles y cerros se rodó 'Los siete magníficos', que a su vez era la versión americana de 'Los siete samuráis' de Kurosawa. Chavela me cuenta que la leyenda dice que el cerro abrirá sus puertas cuando llegue el próximo Apocalipsis y solo se salvarán los que acierten a entrar en su seno. Me señaló el lugar concreto de la ladera del cerro donde parecían estar dibujadas dichas puertas.

Circulan muchas leyendas, orgánicas, espirituales, vegetales, siderales, en esta zona de Morelos. Además de los cerros, con más roca que tierra, Chavela también convive con un volcán de nombre rotundo, Popocatépetl. Un volcán vivo, con un pasado de amante humano, rendido ante el cuerpo sin vida de su amada. Tomo nota de los nombres en el mismo momento en que salen de los labios de Chavela y le confieso mis dificultades para la pronunciación de las "ptl" finales. Me comenta que durante una época las mujeres tenían prohibido pronunciar estas letras. ¿Por qué? Por el mero hecho de ser mujeres, me responde. Una de las formas más irracionales (todas lo son) de machismo, en un país que no se avergüenza de ello.

En aquella visita también me dijo "estoy tranquila", y me lo volvió a repetir en Madrid, en sus labios la palabra tranquila cobra todo su significado, está serena, sin miedo, sin angustias, sin expectativas (o con todas, pero eso no se puede explicar), tranquila. También me dijo "una noche me detendré", y la palabra "detendré" cayó con peso y a la vez ligera, definitiva y a la vez casual. "Poco a poco", continuó, "sola, y lo disfrutaré". Eso dijo.

Adiós Chavela, adiós volcán.
Tu esposo, en este mundo, como te gustaba llamarme,

Pedro Almodóvar
Por Pedro Almodóvar
Fuente: El Mundo 


Quién pudiera reír como llora ella

Andaba dibujando en un cuadernito, una costumbre que recién adquirí, cuando vi por la televisión, encendida sin sonido, la imagen de Chavela. Di voz al aparato. Se nos fue, escuché. Y me cogió un llanto irreparable. Lo que nunca me había sucedido. Siempre me culpé por no ser capaz de llorar con la muerte de mis padres, pero esta vez me venció el desconsuelo. Yo nunca me tomé copas con mis ídolos: Bob Dylan, Leonard Cohen o Brassens. Y sí, con Chavela, con la que he cantado, nos hemos abrazado y reído hasta hartarnos. Todas esas veces cuentan y contarán siempre entre las más grandes cosas que me han sucedido en la vida.

Será difícil, por ejemplo, olvidar cómo la conocí. Fue una noche de hace unos veinte años, en Madrid, en la sala Morasol. Dijo: “Yo vivo en el bulevar de los sueños rotos”. Y yo tuve que escribirle una canción con esa frase. Ya se había recuperado de su alcoholismo. Calculaba que había bebido algo así como 1,8 millones de botellas de tequila y solía decirme cuando me veía beberlo a mí: “Joaquín, ese tequila tuyo es muy malo; el bueno de verdad ya nos lo bebimos José Alfredo Jiménez y yo”. Al conocer la triste noticia, que todos veníamos anticipando, he sentido la necesidad de bajar al bar a tomar uno a su salud, aunque el brebaje sin ella siempre será de los malos.

Aquella primera vez, pedí a Pedro Almodóvar que nos presentara. Al acercarme, escuché cómo él le contaba quién era yo, pues Chavela no tenía la menor idea. “La admiro desde niño”, le dije. “Yo también le admiro mucho a usted”, contestó. Ante la mentira, exclamé. “Vete a la mierda”. Nos fundimos en un largo abrazo que nunca aflojamos hasta ayer mismo, incluso aunque no pudiéramos vernos en su última visita a España, un viaje que quizá no debió hacer, pues no estaba en condiciones. Entonces, yo estaba de gira y a ella la ingresaron en un hospital.

Con su desaparición, se pierde una manera de cantar llorando, un quejío inigualable, una expresividad fuera de lo común. Unos cojones y unos ovarios nunca vistos en la música popular desde la muerte de Roberto Goyeneche. Ella no vendía una voz, vendía un estilo. Era una maestra en perder la primera al tiempo que ganaba lo segundo. Algo en lo que yo, sin duda, tengo mucho que aprender. En estos momentos de pérdida me digo, como en la canción: ¡Quién pudiera reír como llora Chavela! Y recuerdo estas palabras de Almodóvar: “Desde Jesucristo, nadie ha abierto los brazos como ella”.

Por Joaquín Sabina
Fuente: El País 


Los quejíos de la dama del poncho rojo

Se dejó el corazón en Madrid. La canción de Sabina nunca fue tan cierta. Chavela regresó a la Residencia de Estudiantes con 93 años para dar su último concierto en homenaje a Federico García Lorca. Fue el mejor escenario imaginable para despedirse: “Le dije adiós a Federico, les dije adiós a mis amigos y le dije adiós a España. Y ahora vengo a morir a mi país”.

Aunque Isabel Vargas Lizano nació en Costa Rica, llegó a ser uno de los mitos vivientes de la música mexicana. Llegó al país azteca en una época de efervescencia cultural. Un tiempo en el que los artistas orquestaban la cultura indígena como vehículo de autoafirmación nacional. En ese ambiente, conoció a los pintores Diego Rivera y Frida Kahlo, al novelista Juan Rulfo y al compositor José Alfredo Jiménez. Su imaginario quedó marcado para siempre por el México florido y espinoso de los años cuarenta y cincuenta.

A comienzos de los sesenta, la apadrinó José Alfredo Jiménez, considerado el mayor cantautor de rancheras de todos los tiempos. Fue un momento decisivo en la historia de la música mexicana. El cantautor firmó sus temas más famosos, entre ellos: Que te vaya bonito.

Emulando el talante provocador de Kalho, Chavela se encargaba de dar un toque picante a la música de Jiménez: vestía como un hombre, fumaba, bebía tequila y llevaba pistola.

En 1961 publicó su primer disco y desde entonces no paró de cantar hasta finales de los setenta. Uno de sus temas más exitosos fue Macorina, sobre la famosa prostituta cubana. Luz de luna, Volver, Volver y Toda una vida se encuentran entre sus grandes versiones.

A finales de los setenta tuvo que retirarse debido a sus problemas de alcoholismo. Durante casi quince años poco se supo de ella, hasta que el cineasta Pedro Almodóvar dio un impulsó a su música incluyendo los temas de la mexicana en su filmografía. Desde que sonó Piensa en mí en Tacones lejanos (1991), su figura resurgió con más energía que nunca. Su voz era aún más ronca que antes pero también su ímpetu era más ardiente. En esa segunda etapa musical y vital dio los mejores conciertos.

La voz de Chavela apareció en grandes producciones cinematográficas como Frida (2002) de Julie Taymor y Babel (2004) de Alejandro González Iñárritu. Con 91 años de edad presentó su último disco, Por mi culpa, que incluye dúos con grandes artistas como Sabina, La Negra Chacra y la que muchos consideran su heredera musical, Lila Downs. Su versión de La llorona, un son oaxaqueño sin autor conocido, es casi un himno de ese México trágico, de ese folclore devoto de la muerte. Quizás, el tema más dramático de la cantante.

Si Lila es su heredera en México, Sabina es su alter ego afónico en el otro lado del charco. Poco después de conocerla el cantautor le dedicó uno de sus temas más potentes: En el bulevar de los sueños rotos. Son muchos los homenajes recibidos en 93 años, pero ninguno como esta canción para describir a la dama de poncho rojo, pelo de plata y carne morena, espejo de una vida derrochadora, apasionada y excesiva: “Se escapó de una cárcel de amor, de un delirio del alcohol, de mil noches en vela, se dejó el corazón en Madrid, quien pudiera reír, como llora Chavela”.

Fuente: El País 

(0)    ¿TE GUSTA ESTA NOTA?     (0)

Comentarios (0)

Diario On-line, República Argentina. © Copyright 2013. Todos los derechos reservados.