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Se estrenó “Dos más dos”, la nueva comedia de Diego Kaplan con Adrián Suar, Julieta Díaz

En la comedia de Diego Kaplan que se estrenó, dos matrimonios amigos llegan a una situación de intercambio de parejas. Pero los actores –que comparten cartel con Adrián Suar y Carla Peterson– aseguran que no se trata de “una comedia de swingers”.

  • jueves, 23/08/2012 | 13:23 hs
Dos más dos

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BUENOS AIRES.- Entrevista a Julieta Díaz y Juan Minujín. Crítica
En la comedia de Diego Kaplan que se estrenó, dos matrimonios amigos llegan a una situación de intercambio de parejas. Pero los actores –que comparten cartel con Adrián Suar y Carla Peterson– aseguran que no se trata de “una comedia de swingers”.

“Es una excusa para hablar de cómo somos en la intimidad”
El intercambio de parejas (o “swinging”) puede resultar placentero para mentes abiertas y desprejuiciadas. O una pesadilla en otros casos. Este es el nudo del conflicto de Dos más dos, largometraje dirigido por Diego Kaplan que, en clave de comedia, aborda los comportamientos de las personas cuando deciden intercambiar sexo con otras parejas.

Y el film lo hace desde cuatro actitudes posibles: la liberada, el superado, la curiosa y el prejuicioso. Estos roles son ejercidos por Carla Peterson, Juan Minujín, Julieta Díaz y Adrián Suar, respectivamente. Pero la característica que adoptan esos roles en la película producida por Patagonik es que no son estáticos sino que, a medida que la trama avanza, las conductas de los personajes se van modificando. Entonces, la que parecía tan liberada, de pronto se vuelve bastante conservadora. Y la que no quería dar rienda suelta a sus fantasías, cree encontrar un posible estímulo para fortalecer su relación. Dos más dos juega con el sexo, pero va más allá de la mera anécdota de la práctica swinger para indagar, siempre en tono de comedia, sobre la lealtad y la fidelidad, las fantasías sexuales y los deseos de las personas, la comunicación en la pareja y, en un nivel más macro, sobre las idas y vueltas de las relaciones humanas.

“Me resultó muy atractiva la historia misma. Me parece un tema interesante el de una pareja que se ve enfrentada al intercambio, a esa situación en la que uno de los integrantes quiere meterse en eso”, comenta Juan Minujín. En Dos más dos, el actor compone a Richard, un cirujano cardiovascular casado con Betina (Peterson). Ellos son swingers hace tiempo y son viejos amigos de otra pareja, la de Diego (Suar) –también cirujano– y Emilia (Díaz). En una noche de celebración, Richard y Betina les confiesan a Diego y Emilia que son swingers y les plantean que les gustaría intercambiar sexo con Emilia y Diego. “Me encantó el guión”, comenta Díaz, quien asegura que se divirtió “mucho” al leerlo. “Me encantó el personaje porque tiene mucho desarrollo. Toda la película le pasa al personaje por el cuerpo y por las emociones. Todo lo que va pasando en la película a ella le va repercutiendo, y eso me gustó”, agrega la actriz. –Minujín, su personaje parece el menos conflictuado de todos.

¿Cree que es lo que se suele llamarse “un hombre superado”?

Juan Minujín: –Por fuera tiene un aspecto que parece eso. Creo que el punto vulnerable de él es su mujer. Betina pone en duda ciertas cosas que pasan con él y él siente que llegó demasiado lejos y no midió las consecuencias de lo que hizo. Cuando pasa eso, es el punto vulnerable del personaje. Como es un cirujano cardiovascular, que todo el tiempo se enfrenta a situaciones en que la gente puede morir o seguir viviendo, me da la impresión de que conoce cómo funciona la máquina y sabe que deja de funcionar. Tiene un espíritu de que la vida se acaba pronto, que uno está de paso y que tiene que disfrutarla. Después, obviamente, la vida tiene consecuencias y él no las mide, pero ése es el espíritu que tiene.

–Díaz, su personaje, al principio, parece conservador, pero la curiosidad es más fuerte, ¿no?

Julieta Díaz:–Sí. Los personajes tienen todo el tiempo esos “lados B” que son tan interesantes de ir descubriendo a medida que va pasando la película y cómo las decisiones que van tomando los van llevando a diferentes lugares. Y eso está bueno.
 
–¿Cómo los construyeron?

J. D.:–Yo trabajé mucho en casa con el personaje buscando todo ese proceso que iba haciendo, ese caminito que es una de las cosas que más me interesan cuando hago un personaje. Y después, el trabajo con el director, los ensayos, y el trabajo con Adrián. Fue un proceso interesante de buscar bien cada escena que se estaba contando, por qué estaba ahí. Y también pensar algo que me gusta pensar siempre cuando me dan un guión o una historia para contar: qué rol cumple el personaje en la historia. Y en esta película, está muy claro qué rol cumple cada personaje y después cómo van rotando esos roles.

J. M.: –En gran parte, mi personaje tiene que ver con alguien que no se hace demasiado problema por las cosas más mundanas y cotidianas. En realidad, tiene la cabeza en que uno está de paso en la vida. Tiene esa cosa de aspecto medio libertino y expansivo de personaje contento. No es posesivo con su mujer ni con las cosas. Cree que el amor y las relaciones que va compartiendo y viviendo son experiencias y que la vida es la sumatoria de experiencias y no un camino por el cual uno tiene que llegar a un lugar o a otro. –En la pareja que compone junto a Carla Peterson, ¿hay tanta pasión como transmiten al exterior o se ponen máscaras frente a los amigos?

J. M.: –Creo que suceden las dos cosas. Tienen mucha pasión, pero algo del chiste para ellos es poder hacerlo enfrente de otros. Parte del morbo y de lo que los enciende a ellos es poder darse un beso enfrente de otros. Pero no es solamente para los otros, sino que parte del goce está puesto ahí.

–Díaz, ¿por qué su personaje se toma la propuesta swinger como un desafío?

J. D.: –Por alguna razón, Emilia pensaba que estaba todo bien y cuando ve a la otra pareja, es como dicen los gringos: “El pasto del vecino siempre es más verde”. Siempre lo que tiene el otro nos gusta más. Bueno, le pasa un poco eso. Pero creo que, básicamente, eso le sucede a mi personaje porque siente que hay algo que está perdiendo con su marido, que es la complicidad, el juego, la conversación. Y, de repente, por alguna razón, ella siente que eso los va a sacar de la rutina.
 
–¿Hay aburrimiento en esa pareja?

J. D.:–Más que aburrimiento, creo que es que no se cuentan todo. No es que uno tenga que contarle todo al otro, pero hay algo de la fantasía y de la complicicidad en que siento que pasa eso. Algo tan simple como una fantasía sexual –o tan complicado, si se quiere– se puede hablar en la pareja. Y Diego no se lo puede contar a Emilia, mi personaje. No puede ni decirle una fantasía. Ahí es donde me parece que empieza el conflicto y ella siente que es por eso. En un momento, el personaje de Carla, Betina, dice: “Emilia quiere, yo quiero, Richard quiere. ¡Soltate, dejate llevar!”. Y Diego no sabe si quiere o no; después se da cuenta de que en realidad sí, pero que no, que tiene miedo. Lo interesante de la película es ver cómo esos cuatro personajes, esas dos parejas, llegan a realizarlo y ver qué pasa después. Eso está bueno, porque, a veces, las pelis terminan en esos momentos y acá me gusta que eso sucede a la mitad de la historia. Y podés disfrutar en esta comedia el ver qué pasa después, al otro día, con los personajes que tienen que desayunar después de haber tomado la decisión de hacerlo.

–¿Cómo trabajaron las escenas de sexo, teniendo en cuenta que eran esenciales para la historia que cuenta Kaplan?

J. M.:–Las trabajamos desde un lugar muy divertido. Creo que lo sensual ya lo teníamos un poco incorporado. Adrián conocía mucho a Carla y Julieta. Fue muy fácil el trabajo de comunicación entre los cuatro. Y las trabajamos lo más reales posibles, pero teniendo en cuenta que la película es una comedia y que tenía que tener un ojo puesto en ese sentido. O sea, el sentido de las escenas era que pudieran calentar, ser sensuales, ser excitantes, pero también graciosas. Se puede ir hacia un lugar más realista, hasta sórdido puede ser. En este caso, el punto era ir hacia un lugar gracioso. Y desde el punto de vista del personaje de Adrián, lo gracioso es un tipo que no quiere que su mujer esté con su amigo y él no quiere estar con la mujer del amigo. Y, sin embargo, va cediendo porque la situación lo lleva.

J. D.:
–Algunas escenas las decidimos en el momento, otras las habíamos ensayado mucho previamente. Estaban muy charladas. Con Adrián ya habíamos actuado de pareja, así que teníamos confianza. Con Juan no habíamos trabajado nunca, pero es un tipo muy relajado, que está muy bien conectado con su cuerpo. Por suerte, pudimos relajarnos y sabíamos que estábamos los cuatro tan expuestos y frente a un tema que era necesario que mínimamente nos jugáramos un poco, porque no es una película erótica, pero si contábamos el tema teníamos que exponernos.

–¿El director dio alguna directiva respecto de que no se tomara la práctica swinger como algo paródico o burlón?

J. M.:–Sí, absolutamente. No sólo el director, también los guionistas y todos estábamos muy en eso. Algo que me gusta mucho de la película es que siento que la mayor parte es graciosa por las situaciones que tiene, pero no hay cosas paródicas ni hay chistes que estén por fuera de las situaciones. Es muy gracioso ver padecer al personaje de Adrián. Es uno de esos personajes a la Woody Allen, en los que uno se ríe de los padecimientos del protagonista. Y cuanto peor le va, más te reís, porque él tiene ese espíritu y es muy gracioso en ese sentido. Pero los chistes no están tirados hacia la cara del espectador. Están las situaciones. Y, además, tratamos de abordarlo desde el verosímil total. No hay un personaje que sea una maqueta o una caricatura.
J. D.: –En realidad, la práctica swinger es una excusa para disparar fantasías, para hablar de cómo somos en la intimidad, no sólo en la cama, sino también con nuestra pareja, qué hablamos con nuestra pareja y qué decimos o no después en una cena con amigos.
 
–¿Creen que Dos más dos aborda más la conflictividad en la amistad que el conflicto en la pareja?

J. M.: –Las dos cosas tienen mucho peso porque el quilombo que se arma entre el personaje de Adrián y el mío como socios, como profesionales, como colegas, todo eso pesa. Es difícil saber si es más de una cosa o de la otra, pero tengo la sensación de que es una película que habla mucho de las relaciones humanas en ese sentido.

J. D
.: –La película habla de la pareja, pero también de la amistad. Y también de cada uno de los personajes como individuos: qué le pasa a cada uno, las contradicciones de cada uno y de las consecuencias de lo que sucede cuando uno toma una decisión. Y para mí, también habla de una mirada femenina y de una masculina.
 
Minujín, el personaje de Carla parece el más liberal, pero guarda concepciones conservadoras. ¿Cómo lo observa?

J. M.: –Es interesante el arco que hace el personaje de Carla, porque arranca de una manera y se da cuenta de que por el paso del tiempo o por alguna situación, ella dice que cree que es mucho más osada y audaz de lo que en un punto es. O hasta dónde llegó. Y en un momento, de pronto se da cuenta de que quiere bajar un cambio y que hay cosas que sí le interesan. En ningún momento la película pone en tela de juicio la conducta social de ninguno de los personajes: ni de las mujeres si están con más tipos o menos tipos, ni tampoco de los tipos. Y en cuanto a ser conservador o liberal, me parece que tampoco hay una bajada de línea. Sí hay un sinceramiento de ese personaje de decir: “Bueno, viví todo esto y ahora quiero vivir otra cosa”.

–¿Creen que el único objetivo de Dos más dos es hacer reír?

J. M.:–No, para nada. Me parece que la película habla mucho de la amistad, de la paternidad, de la pareja. No me parece que sea una película de chistes. Es una buena comedia, donde te reís de las situaciones que pasan. –No son gags.

J. M.: –Claro, es más extrema la situación porque es el intercambio de parejas. No es: “Se me desató un cordón”. Es una cosa más rara. Pero no es una comedia de swingers. Es una comedia donde una persona se ve enfrentada a eso, y eso es la excusa para hablar de las fantasías, del amor en una pareja, de cómo se sostiene una pareja después de diez o quince años. Una sociedad conservadora

“El tema del intercambio de parejas no es actual ni moderno, para nada”, plantea Juan Minujín. “Surgió en los ’80 en la Argentina y en los ’60 o ’70 en Estados Unidos. Con lo cual no es una novedad”, comenta. El actor cree que la sociedad argentina “sigue siendo súper conservadora, en un punto”. “Hubo muchos avances en la sociedad que después se vieron reflejados en leyes que tienen más que ver con la identidad de género y con la sexualidad. En ese sentido, hay mucha más apertura, pero sigue siendo una sociedad que tiene raíces conservadoras, desde el peso que sigue teniendo la Iglesia en general”, señala el actor. A la vez, reconoce que hay más apertura, “porque hay algo que está empezando a salir mucho más afuera y está más en todos lados. Ahora, el intercambio de pareja no me parece que haya ni avanzado ni retrocedido porque es como algo más encapsulado y particular. No tiene que ver con la apertura”.


Por Oscar Ranzani
Fuente: Página 12 



Crítica: Unos “swingers” made in Argentina
Confirmado: la asociación Patagonik-Suar-Diego Kaplan-Juan Vera funciona. Y funciona bien. Bien en términos artísticos, que es lo que importa (los comerciales son de incumbencia de los contadores). Ya había sucedido con la bastante subestimada Igualita a mí, producida por Patagonik, dirigida por Kaplan, protagonizada por Adrián Suar y coescrita por Vera junto a Daniel Cúparo, que vuelve a acompañarlo ahora. Algo así como una sitcom ampliada, narrada con gracia, timing y savoir faire, Igualita a mí estaba en las antípodas de la clase de ignominias que por aquí dan en llamarse “comedias”. Sin abandonar el género ni mucho menos, Dos más dos da un paso más, sumando a los méritos de aquélla temas polémicos: la libertad sexual, los matrimonios abiertos, la moral burguesa, la práctica del swingueo. Es verdad que llegado el punto la película se cuida muy bien de no pasar los límites de lo tolerable (lo tolerable para el público masivo, que es al que con todo derecho apunta). Aun con esos límites autoimpuestos, la nueva producción Suar es no sólo dignísima, técnicamente impecable y sumamente disfrutable, sino inusualmente lograda y provocativa, para los menesterosos estándares del cine industrial argentino.

La película está narrada desde los ojos del personaje de Suar, Diego, encumbrado cirujano cardiovascular y socio de una clínica, junto a Richard (Juan Minujín). Esos ojos se abren, entre asombrados y escandalizados, cuando, durante una cena (en restaurante caro: Dos más dos transcurre enteramente en un mundo ABC1), Richard y su esposa, Betina (una castaña Carla Peterson, en plan desaforado) se trenzan en un beso de lengua digno de una porno. También se abren, con un toquecito más de deseo, los ojos de Emilia, esposa de Diego y meteoróloga de la tele (la infalible Julieta Díaz). Que sean amigos no quiere decir que sus parejas sean iguales. Diego y Emilia tienen un hijo adolescente (que, por su cancherez superada, parece salido de una de Hollywood; en realidad, toda la película parece salida de una de Hollywood), una vida estructurada, una moral sin cuestionamientos y una cama que deja que desear. El típico “él ronca, yo tengo sueños eróticos”.

Decidida a no tener hijos por un buen rato, Betina no se queda con ninguna gana, y el muy descontracturado Richard (Minujín está excelente) la acompaña. Un día, Betina le cuenta a Emilia cómo hace para mantener vivo el fuego: desde hace tiempo que ella y Richard practican el swingueo. De ahí en más, ofrecimiento, curiosidad, dudas, miedos, negativa rotunda de Diego, insistencia de Emilia y allá vamos. Plagado de los más graciosos temores, ansiedades, prejuicios e intolerancias, el personaje de Suar es una tan notoria como exitosa traslación porteña del de Woody Allen. “No me hagas que tenga ganas de coger, por favor” es uno de los pedidos más extraños que se hayan oído en mucho tiempo. Así como la utilización de la palabra “suspicacia”, como clave compartida para salir corriendo, si en medio de la primera fiesta swinger él o Emilia se sienten incómodos. Obviamente que ella va a sentirse mucho más cómoda que él, y ahí empezarán los problemas. Pero no exactamente por tener que bancarse que se enfiesten a la patrona ante sus ojos, que es una condición básica del swingueo, sino porque tarde o temprano dos de los miembros del cuarteto terminarán infringiendo una de las reglas del juego: la de no enamorarse.

Con el personaje de Suar como representante del espectador medio (gran acierto estratégico del guión, para lograr identificación) y cuatro grandes actuaciones (incluida la de Suar, cada día mejor comediante), hay más de un reparo para hacerle a Dos más dos. Que tal como está presentada, la práctica del swingueo parece un berretín de ricos, snobs y/o tilingos (tal vez lo sea), que el turning point se basa en la idea romántica de que a la corta o a la larga, el sexo sin amor no es posible, que el cuidado puesto en la no exposición de desnudeces llega al ridículo (sobre todo una escena, en la que cada parte del cuerpo de ellos tapa exactamente cada zona erógena de ellas), que las libertades que la película se toma son más charladas que ejecutadas, que las zonas más risqués están cuidadosamente elididas (que el swingueo es pansexual se dice, pero no se hace). Lo que no puede discutirse (bah, sí, todo puede discutirse) es que Dos más dos fluye y crece con una fluidez, necesidad, coherencia y organicidad que demuestran que “mainstream argentino” no tiene por qué ser un insulto. Encima, la película de Patagonik-Suar-Kaplan-Vera promueve la discusión, lo cual ya es como un lujo inmensurable.

-DOS MAS DOS
Argentina, 2012.
Dirección: Diego Kaplan.
Guión: Juan Vera y Daniel Cúparo.
Fotografía: Félix Monti.
Música: Iván Wyszogrod.
Intérpretes: Carla Peterson, Adrián Suar, Julieta Díaz, Juan Minujín y Alfredo Casero.

Por Horacio Bernades
Fuente: Página 12 

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