La “pueblada” que el jueves último ensayó en las calles de todo el país una buena porción de la sociedad, no fue otra cosa -es mi lectura- que un mensaje
ARGENTINA.- A veces la soledad, si es serena, conduce a la sabiduría. Es el destino que eligen los que están dispuestos a indagar los pliegues desparejos, por momentos misteriosos, de la condición humana. Es una vida difícil la de ellos, porque escapa de ese universo de las tareas y propósitos cotidianos.
En cambio, cuando la soledad es fruto de una soberbia insatisfecha o de un orgullo lastimado, apenas abre un sendero que lleva de manera inevitable al fracaso. Porque se reemplazó la búsqueda de verdades hondas en la espesura del pensamiento, por verdades que se suponen ya conquistadas y que sólo hay que imponerlas a los demás.
Algo de esto, se me antoja, está sucediéndole a la Presidenta de la Nación en esa soledad que de repente le disparó el destino y que ella, en vez de transformarla en sabiduría, convirtió en un espinoso desafío.
El implícito mensaje
La “pueblada” que el jueves último ensayó en las calles de todo el país una buena porción de la sociedad, no fue otra cosa -es mi lectura- que un mensaje: “Baje sus tonos, Cristina, repliegue su crispación, comprenda que un país siempre alberga una diversidad de intereses, de índices culturales, de situaciones económicas y de apetencias tan variadas como legítimas. No hay ninguna nación con sociedad uniforme. La sola presencia de individuos no lo hace posible.
Tenga, por favor, la claridad y la paciencia como para decirnos a los argentinos que si armonizamos esfuerzos y afinamos conceptos, en pocos años, esté o no esté usted, ya iremos en la marcha hacia una comunidad más justa y equilibrada. Dispóngase a recuperar el diálogo con todos los sectores políticos y es seguro que en ellos encontrará dirigentes honestos, bien intencionados y capaces. Nos encantaría que se aleje usted de los especuladores, de los buscadores de sueldos y contactos ventajosos; que quiera usted ser la Presidenta de todos; que borre, en gente de su elenco, los agravios furiosos y gratuitos; que no divida instituciones que forman parte de nuestra historia y no revise nombres ni cuestiones de un lejano pasado para suplantarlos por otros que aún ni siquiera son pasado”.
De autor anónimo
Esta “pueblada” no puede haber sido en vano. Porque nadie la organizó institucionalmente. En ella no hubo dirigentes conocidos, ni políticos ni gremiales, ni empresariales. Resulta pues más equilibrado reconocer que una parte bien ancha de la sociedad nacional, que ya está respirando un aire enrarecido, se haya entregado a presagios y buscó aventarlos de la forma más sencilla: marchas y ningún incidente.
Su balance, pues, tiene sello de una población que toma conciencia de que la argentina anda con el paso cambiado y que el temor que plantea la atmósfera de estos tiempos había que mostrárselo en las calles no sólo a los que gobiernan sino también, en igual medida, a una oposición que ha visto reducida su labor a “esperar, a ver qué sucede”. Entre la desmesura de unos y la opacidad miedosa de otros, la República es un cuerpo que transpira su fiebre, sufre la esclerosis de sus miembros y tal vez se acurruca para que no se descubra su llanto.
Por Dardo Nofal para
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