Lo peor que puede ocurrir en un sistema democrático es la eternización de un grupo dirigente en el poder porque se destruye el espíritu de las Instituciones democráticas y se favorece la corrupción de una oligarquía en desmedro del crecimiento de la mayoría, toda vez que el fin último del Sistema, que es el Bien Común, pierde sentido y proyección.
Así, cuando un grupo político declara su intención de perpetuarse en el poder, inmediatamente atenta contra los principios que promueven los valores democráticos y que son la fuente de inspiración de las leyes fundamentales de la Nación.
El primero de esos valores que se resiente es el de la legitimidad, que no pasa únicamente por el número de votos, sino por el apego de ese grupo dirigente al espíritu de la Constitución Nacional. Por lo tanto, tratar de reformar la Carta Magna para acomodarla a los propios caprichos, lesiona de suyo esa legitimidad ya que se tuerce el consenso y se abre la puerta a la imposición de un pensamiento único y propio, lo cual es una forma usurpación del poder: el Gobierno se transforma en el “Régimen”.
Ése fue el camino que siguió la Revolución Francesa, que naciendo popular y reivindicativa de los derechos individuales, terminó asesinando a todos los que no pensaban como la “Voluntad General” imponía que debía pensarse.
El segundo elemento que se violenta es el “Consenso”, es decir, esa opinión mayoritaria que debe residir y ejecutar libremente el electorado. Este consenso se complementa con el “Disenso” que le proporciona racionalidad y equilibrio. Los gobiernos que se proyectan hacia la hegemonía y eternización del poder, necesariamente caen en la tentación de manejar la opinión pública eliminando todo tipo de disenso, como ya es posible observar en los discursos presidenciales.
Más dudosa se torna todavía la “Representación”, ya que una reforma constitucional en las condiciones actuales no sería jamás un acto de voluntad popular a través del sufragio universal, sino una componenda de corporaciones legislativas, con lo cual, se avasalla la soberanía popular, el control político y la necesaria alternancia en el poder, eje que equilibra al ejercicio del poder.
Una Reforma inmoral
Tratar de prolongar el uso y ejercicio del poder, como dicen las voces cada vez más insistentes sobre la intención del Modelo Kirchnerista de quedarse un periodo más, es subestimar la dimensión moral de la representación que consiste básicamente en gobernar para beneficio de todos y no de un grupo en particular, utilizando a todos y sumiéndolos en el caos de la cuestión social.
Lord Ashton señaló con toda razón que el “poder corrompe y el poder absoluto, corrompe absolutamente”; de esa manera, el Gobierno “K” se ha convertido en el muestrario más acabado de todas las formas de corrupción posibles, agravado por el vínculo, se podría decir, ya que los actos corruptos no sólo serían en beneficio propio sino que dañan la credibilidad en el Estado de Derecho.
Demostraciones demagógicas como la supuesta ONG, “Vatayón Militante”, la “Agrupación Negros de Mierda” y la misma “Cámpora”, representan una de las fases más execrables de un régimen totalitario; en la práctica se asemejan a los “fasci italiani di combatimento” que estableció Benito Mussolini, grupos de choque luego convertidos en partidos políticos.
Esta política de “ligas” termina imponiendo los impulsos de las minorías sobre la media de lo que el común del Pueblo entiende por decencia. Estas organizaciones saludadas con entusiasmo por la Presidente Cristina Fernández, contribuyen a que el ciudadano pierda la fe y la esperanza en la Justicia, ya que un criminal puede participar libremente y con anuencia del Estado en el mismo acto político que un ciudadano decente. Para peor, con mayor consideración política que ese hombre que trabaja honestamente.
“Maten a la Información”
El rasgo más expuesto de que un Gobierno ha girado hacia el totalitarismo es la intolerancia para con la información pública. Esto se demuestra no sólo en la campaña contra medios de comunicación antagónicos, sino también, contra funcionarios o ciudadanos comunes que expresan públicamente su descontento. Esta forma de represión suele evidenciarse aún más en los tramos terminales de un régimen. Y el Kirchnerismo ya está transitando ese camino.
La siembra a los cuatro vientos de planes de trabajo y ayuda no resuelven la cuestión social sino que la agravan toda vez que ya existe una generación completa de argentinos que no sabe lo que es trabajar y no le interesa conocer. La educación destruida sistemáticamente, con docentes mal preparados frente a las aulas es otra hipoteca que están dejando que requerirá por lo menos medio siglo en repararse.
A la anomia existente en la sociedad, le agregan estas demostraciones de relajación del sistema carcelario que encierran un contenido sádico.
Y para terminar de sembrar el caos, ahora pretenden que los adolescentes que no tienen preparación ni para responder a sus obligaciones escolares, puedan votar, pero no ser responsables penalmente por los delitos que comentan: una incongruencia.
La Constitución Nacional es la última reserva política que le queda a un país, no puede ser manoseada según sean las apetencias del gobernante de turno.
Alguna vez habrá que aprender de aquellas palabras de George Whasington, cuando señaló: “La Constitución debe respetarse, no porque sea buena o mala, sino porque es la Constitución”..-
Por Ernesto Bisceglia
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