ARGENTINA.-
Halcones contra
palomas. Agravios en las palabras y
moderación en los actos. Todo coexiste en el interior de un gobierno
aparentemente
homogéneo. Sin embargo, el
kirchnerismo no ha procesado
definitivamente la novedad de las cacerolas como un nuevo e inesperado
protagonista político. Las ideas que circulan en la nomenclatura son a
veces contradictorias y, otras, muy distintas. Es una pelea de todos
contra todos, explicó una fuente segura del oficialismo. La propia
Presidenta oscila entre discursos más
amables (ya sin la cadena
nacional) y frases que revelan un
fastidio íntimo y profundo contra
algunos sectores sociales.
El kirchnerismo no sabe moverse sin la certeza de la
hegemonía. Aquel viejo concepto imperial de la política chocó de frente
con su refutación cuando algunos kirchneristas quisieron convocar a una
inmediata
contramarcha. El entusiasmo de contrastar en las calles a
oficialistas contra opositores surgió del núcleo duro del
cristinismo y
de sus
jóvenes jacobinos.
Varios intendentes del conurbano dieron un prudente
consejo: es mejor no hacer
nada, dijeron. Argumentaron con sus razones:
nunca una marcha cristinista reuniría la misma cantidad de gente que
convocaron los
cacerolazos; la multitud de colectivos para el traslado
de manifestantes oficialistas contrastaría seriamente con la
espontaneidad de los opositores, y ellos mismos, los intendentes, deben
precaverse ante futuros cacerolazos.
Temen ser el destino de nuevas manifestaciones. De
hecho, hubo cacerolazos en varias ciudades del
conurbano en la noche del
jueves 13, aunque en el cinturón bonaerense se congregó un número
pequeño de personas en todos los casos. La llama piloto quedó encendida,
se alarmó uno de los
poderosos caudillos de Buenos Aires. Los
caceroleros del conurbano protestaron contra la
Presidenta y su
gobierno, no contra las administraciones municipales. Un exceso de
cristinismo podría colocarlos a ellos en el centro de la
bronca social.
Los intendentes suelen curar esas heridas suturando y vendando, nunca
confrontando. La exploración dentro de los gremios amigos le trajo al
kirchnerismo la misma conclusión.
Ninguno quería ir más allá de la
prudencia.
Perón nos enseñó a terminar con la lucha de clases. Esta no
es nuestra bandera, señaló,
malévolo, uno de los dirigentes sindicales
del
antimoyanismo. Los empujó, en verdad, el pragmatismo más que la
doctrina.
Antonio Caló, el más notorio de los antimoyanistas, aunque no
el más decidido, acaba de tener un serio revés electoral. A pesar de que
fue reelecto como jefe nacional de la
UOM, su candidato perdió las
elecciones del gremio en
Córdoba, una de las tres provincias con más
afiliados metalúrgicos.
Buenos Aires y
Santa Fe son las otras dos
provincias con fuertes filiales de la UOM. Dirigentes sindicales de
Córdoba aseguran que el ahijado de
Caló cayó empujado por las cercanías
cristinistas de su padrino nacional.
Había que retroceder. ¿Para qué serviría un acto
kirchnerista con la renuencia previa de los barones del conurbano y de
los sindicatos? ¿Los grandes espectáculos populares del oficialismo no
se hicieron siempre, acaso, con la activa participación de gremios y de
aparatos políticos? Era sólo el principio del retroceso. La retirada más
espectacular fue la de la provocadora propuesta de re-reelección de la
Presidenta.
Aníbal Fernández suele cargar de pólvora su arma verbal para
terminar deslizando algunas verdades, escondidas entre la balacera. No
hay proyecto ni votos para la reforma de la
Constitución, aseguró el
jueves, después de ningunear a los caceroleros. Fue la notificación más
clara de que ese proyecto se metió en algún cajón cercano, fácil de
acceder en cualquier momento más oportuno que éste.
Otro senador kirchnerista,
Miguel Pichetto, jefe del
bloque, fue el más razonable cuando explicó por qué no debía hacerse una
contramarcha. No es conveniente. Siempre hay sectores que no concuerdan
con un gobierno, apuntó. Le hablaba a la disputa interna más que a la
opinión pública. Es que a algunos hay que explicarles cómo funciona la
democracia, interpretó un peronista cercano al
Gobierno. Luego, la
posición de
Pichetto resultó perdedora dentro del bloque que él mismo
comanda; Pichetto proponía que el voto de los jóvenes de 16 años fuera
obligatorio. El
kirchnerismo más cerril quería que ese sufragio fuera
optativo, porque supone que irán a votar sólo los jóvenes movilizados
por la enorme estructura del Estado. Ganó el voto optativo y perdió el
mandato constitucional.
La
Constitución dice (
artículo 37) que "el sufragio es
universal, igual, secreto y obligatorio". ¿Por qué algunos argentinos
podrían desobedecer a la Constitución? ¿Amañar una elección vale más,
acaso, que cumplir con el precepto constitucional? ¿Vale más también que
profundizar la notoria crisis de la escuela secundaria? Más de 800 mil
argentinos abandonan el secundario antes de terminarlo, según reconoció
en el Senado el
Ministro de Educación, Alberto Sileoni. Y ahora nosotros
nos vamos a meter ahí para hacer campaña electoral, se lamentó un
dirigente opositor.
Otro retroceso importante se dio, casi imperceptible,
en
Mendoza. El gobernador cristinista
Francisco Pérez ("Paco", como lo
llama en público la Presidenta) presionaba para reformar la Constitución
mendocina, una de las más sabias del país. En
Mendoza no hay reelección
consecutiva, ningún familiar directo del gobernador saliente puede
aspirar a sucederlo y el gobernador no puede ser senador nacional
inmediatamente después de su mandato. En Mendoza hubo un enorme
cacerolazo. El número de gente que se manifestó fue sólo comparable a
los cierres de campaña de
1983. Algunos caceroleros protestaron contra
el gobernador.
En el acto y públicamente, el gobernador enterró su
presión por la
reforma constitucional. Era una presión más que un
proyecto serio, porque en esa provincia hay un radicalismo en
condiciones de trabar el cambio constitucional. De todos modos, una
noche de cacerolazos consiguió en
Mendoza lo mismo que una consulta
popular en
Misiones, cuando un gobernador, el también kirchnerista
Carlos Rovira, perdió hace casi seis años la posibilidad de reformar la
Constitución. El kirchnerismo tomó nota de lo que sucedió en Mendoza. El
"
caso Pérez", como lo citan, abundó en las controversias del
kirchnerismo nacional.
Ricardo Echegaray echó a una directora zonal de la
AFIP
porque mandó a los countries del
Gran Buenos Aires un documento con
preguntas que metían miedo por el grado de intromisión del Estado en la
intimidad de las personas.
Echegaray echa a cualquiera antes de que lo
echen a él. Personal de la AFIP aseguró que esa directora no hubiera
tomado jamás tal decisión sin la aprobación expresa del jefe del
organismo. O pecó, en todo caso, por haberse dejado llevar por el clima
de la época. ¿Qué diferencia hay entre esas intromisiones y las que
ejecuta Echegaray para autorizar la venta de dólares a los que viajan al
exterior?
La orden presidencial que recibió el jefe de la AFIP
fue clara: se sigue con lo que se hacía, pero no se deben agregar nuevas
agresiones a los sectores medios de la sociedad. La única excepción fue
Guillermo Moreno, que sigue ejerciendo el despotismo con la perfección
de un artista. Nadie sabe lo que
Cristina Kirchner ha perdido por el
capricho de conservar al más impopular de los funcionarios de su
administración.
La propia presidenta retrocedió. Anunció modificaciones
a la ley de riesgos de trabajo que ella misma propuso hace tres años.
Cambió las retenciones a las exportaciones de
biodiésel que su zar de la
economía,
Axel Kicillof, había fijado hacía pocas semanas. Los anuncios
parecieron cambios profundos de viejas y ajenas decisiones. Eran todas
decisiones suyas. Las retiradas fueron atropelladas, casi sin vocación
ni ganas. Las palabras la traicionaron a la
Presidenta, aunque tal vez
necesitaba confirmar ante la militancia la línea política seguida por
sus funcionarios.
También ella fustigó verbalmente a los sectores
medios. Se puede entregar cualquier cosa, menos el
capital político e
intelectual del kirchnerismo. Esa dirección la estableció ella misma:
hay que retroceder disimuladamente con los actos, pero se debe avanzar
con palabras de
diatribas, de
fracturas y de
combates.