“Topos” explora un mundo en el que los desplazados de siempre quedaron aislados bajo tierra.
La Cola, la película que interpreta
Alejandro Awada y en la que actúa junto a
Antonio Gasalla y Ana María Picchio, cuenta la historia de un colero que lucha denodadamente para dignificar su trabajo.
Topos
Emiliano Romero explora el mundo subterráneo del ser humano
En “Topos”, su opera prima, Emiliano Romero propone una oscura metáfora de una sociedad dividida en dos clases enfrentadas -los que viven en la superficie y los excluidos que sobreviven debajo de la tierra- a través de la historia de un marginal que quiere convertirse en bailarín y representa “la oscuridad del ser humano y hasta dónde puede llegar en función de sus sueños”.
“La película apela a metáforas y alegorías de la sociedad para generar emociones en los espectadores, pero también con la intención de que la gente piense y reflexione acerca de la oscuridad del ser humano y sobre las posibilidades de hacer daño que tiene” explicó Romero, quien en 2003 ya había incursionado en el mismo universo con el corto “El topo”, también protagonizado por Lautaro Delgado.
De tinte fantástico, “Topos” -que se estrena mañana en salas- transcurre en una ciudad subterránea donde los marginados permanecen aislados, condenados a arrastrarse por túneles en donde los techos son tan bajos que nadie puede estar nunca de pie y donde viven de las sobras que llegan de la sociedad de la superficie.
En ese mundo oscuro y olvidado, el hijo del líder de un grupo de resistencia tiene el fetiche de espiar lo que ocurre arriba, en un instituto de danza, y gracias a las conspiraciones del padre se entera de la llegada de un nuevo alumno, Amadeo, y planea un secuestro para ocupar su lugar y convertirse en un gran bailarín.
La película está protagonizada por
Lautaro Delgado, Leonor Manso, Gabriel Goity, Osqui Guzmán, Pompeyo Audivert, María Figueras y Mauricio Dayub, quienes en todos los casos encarnan a personajes “ambiguos, ya que ninguno es bueno ni malo, porque para mí el ser humano es así".
"La película -agrega Romero- tiene muchas lecturas pero habla del ser humano, de su oscuridad y de hasta dónde puede llegar su ambición”.
En una entrevista con Télam, Romero -que estudió en la Universidad del Cine, pero se formó desde niño con sus padres, el maestro de actores Néstor Romero y la actriz Teresa Calero- señaló que “el código de las actuaciones era estar siempre en el borde, en el filo de un grotesco verosímil, creíble”.
“Este grotesco también está vinculado con el barroquismo visual del trabajo del arte y la excelente fotografía de Martín Frías. Pero a pesar de ser grotesco, la historia y los personajes no pierden profundidad, están conectados y hay mucha verdad en lo que hacen”, añadió el cineasta, quien ideó una estrategia de estreno y distribución que, además de los cines Cosmos y Gaumont, incluye teatros y centros culturales.
Romero destacó que “en la película hay un montón de lecturas sociales y políticas posibles. También hay una mezcla entre el universo visual de Emir Kusturica, Jean-Pierre Jeunet y Terry Gilliam, y cierta estética del teatro argentino durante la dictadura militar, donde gente como Gambaro, Pavlovsky y Tito Cossa lograron superar la censura y decir muchas cosas desde un lugar más metafórico”.
“Quería jugar con los códigos de un cine que no se hace mucho acá, pero con la pasión y la sangre de la cultura latinoamericana, porque los latinoamericanos tenemos una cuestión muy sufrida donde los sueños son muy difíciles de alcanzar porque siempre hay alguien que nos pone obstáculos”, añadió el director, que ya había brillado con cortos como “Cantautor” y “Tiernizado, limpio y a picar”.
En ese sentido, Romero agregó que “la película habla de la rebeldía y la lucha de clases, y plantea una metáfora acerca de la sociedad, que está dividida entre los poderosos y los excluidos, los que están apartados y deben vivir en las profundidades y la oscuridad, como si fueran topos”.
Ganadora del premio a la Mejor Película Iberoamericana en el Fantaspoa 2012, Festival Internacional de Cine Fantástico de Porto Alegre, “la película bordea lo surrealista y lo grotesco creando una alegoría de la sociedad argentina, sus sombras, sus fantasías y sus pesadillas”, añadió el realizador.
En ese sentido, Romero considera que su protagonista “es un ser ambiguo, ambicioso e individualista. En una época en la que muchos jóvenes argentinos se están uniendo e interesando por la política y la militancia, él va en el sentido contrario, porque se evade de la lucha rebelde de su padre y sus iguales, y lo único que le importa es triunfar y convertirse en un bailarín”.
En relación con su estrategia de distribución alternativa en teatros y centros culturales, Romero señaló que eso se debe a que la suya es “una película independiente y de bajo presupuesto que fue dejada de lado por las grandes pantallas. La idea surgió para hacer frente a todos estos obstáculos y porque sé cómo muchas pelis mueren en las salas sin ser vistas”.
Su idea es llegar a un público distinto, que normalmente recorre el circuito cultural under para ver teatro, poesía o música, y las salas elegidas para exhibir la película son la Ciudad Konex, el Chacarerean, el Centro Cultural Borges, el Centro Cultural Matienzo, Casa Brandon, La Casona iluminada, La Usina y otros espacios, donde se podrá ver “Topos” durante septiembre, octubre y noviembre.
Fuente: Télam
CRÍTICA DE "TOPOS": La danza de la muerte
Topos (2012), dirigida por Emiliano Romero y última ganadora del New York City International Film Festival 2012, es una película atípica y poco común para el cine argentino por lo arriesgado en cuanto a estética y argumento. Sin embargo, tiene fuerza visual, tanto en la puesta de cámara como en las actuaciones, además de una progresión dramática atrayente.
Los topos viven en las cloacas de una ciudad ambientada en el pasado, que también podría ser el futuro, pero es un tiempo indeterminado (apocalíptico) donde la sociedad se divide entre los de arriba y los de abajo. Comandados por un padre y su hijo, los topos se arrastran por túneles subterráneos que los mantienen encorvados sin estar nunca de pie. Ahí se alimentan del basural y de todo lo que consigan. Siempre reunidos cerca del paso del tren, visten ropajes rotosos y están armados como si se preparasen para una guerra futura. El hijo, el topo protagonista, se dedica a espiar, y por una ranura asoma a un internado de danza. Y con el tiempo, se siente tan atraído por el ballet que decide escapar. Entonces ayudado por su hermana secuestra a Amadeo -pues espiando se ha enterado de la llegada de un alumno nuevo (precisamente llamado Amadeo)- y se hace pasar por él. Así el topo, tendrá que aprender a bailar, a caminar derecho, al mismo tiempo que irá descubriendo el mundo hostil que se vive en el internado, sobretodo porque algunos parecen saber que está suplantando al verdadero Amadeo.
Construida como una tragedia clásica, la película tiene aires de expresionismo. Al inicio parece un mundo extraído de una película fiel al estilo de Terry Gilliam , pero después hace más hincapié en una iluminación llena de claroscuros, posiciones de cámara extrañas y actuaciones propias del cine mudo, precisamente del expresionismo alemán. Aún más plantea una estética cerca de lo grotesco, refinada por la idea del ballet, y por la manera como el topo tendrá que adiestrar su cuerpo para el baile y para no dejarse superar por los compañeros.
La actuación de Lautaro Delgado, en el papel principal, es destacada por su nivel de transformación. También las de Leonor Manso y Gabriel Goity ambos encargados del internado que se asemeja a un internado militar donde el “guardián” y “portero” está encarado por Pompeyo Audivert cuyo personaje oculta misterios para la resolución. En sí, el nivel actoral de Topos es de gran valor, y no sólo bastaría con los ya mencionados también puede incluirse al resto de los demás alumnos de ballet, pues logran la abstracción necesaria para esta historia marcada de imágenes surrealistas y muchos momentos de tensión. Sin duda, una película que hay que ver porque es sorpresiva y altamente recomendable.
Por José Carlos Donayre Guerrero
Fuente: Escribiendo Cine
LA COLA
ALEJANDRO AWADA: "Mi fe está puesta en saber que el presente es infinito"
Enfrentar una hilera infinita esperando un turno y no perderse en un letargo eterno es un propósito difícil de lograr para Félix Cayetano, un colero profesional que intenta huir del estigma de ser siempre el último de la fila. Esa sensación de postergado lo alienta a invitar a sus colegas a agruparse y armar el sindicato que los represente. En La Cola, la película de Enrique Liporace y Ezequiel Inzaghi que se estrena esta semana, Alejandro Awada es Félix, el gestor que promueve su servicio como una ofrenda del propio tiempo. “Félix es un hombre con buenas intenciones pero sucede que le ganan las circunstancias y a partir de ese sentirse tomado por las necesidades personales comienza a hacer cosas que desde su punto de vista ético y moral no son correctas”, define el actor.
–¿Para Félix el fin justifica los medios?
–Sí, seguramente Félix pensará que el fin justifica los medios, cosa que yo no acuerdo. Pero su causa es noble, porque su deseo más profundo es la felicidad de su hija y espera el reencuentro con ella por un lado, y por el otro tiene un compromiso muy grande con su oficio, por el que de verdad tiene una construcción intelectual distinta a lo que vulgarmente se conoce como colero. Él trata de transformar el oficio de colero en la de una especie de gestoría, trata de transformar un trabajo que existe fuera de la ley en algo legalizado con todo lo que eso significa en relación a estar adentro del sistema.
–El sabe que si se organizan puede dejar de ser un rebusque.
–Sí, para Félix sí, sin lugar a dudas. Él habla mucho de la organización, invita a organizarse como trabajadores al servicio de la profesionalización de la prestación del tiempo, él se lo toma muy en serio y muy honestamente. Lo que sucede es que en el transcurrir de la peli se va encontrando con la dificultad del agruparse. Asunto que yo entiendo nos sucede a todos en la vida real, si observamos nuestra historia y quiénes somos, vemos que nos cuesta mucho organizarnos como sociedad. Entiendo que Félix tiene esa intención pero se encuentra con sus propias contradicciones, y luego se encuentra con que los otros en verdad están más al servicio del salvarse ellos que de agruparse.
–Pero él mantiene su convicción de que vale más el nosotros.
–¡Claro! Porque el nosotros existe, podés vivir distraído pero el nosotros existe y en tanto y en cuanto no comprendamos el “nosotros”, seguiremos padeciendo unos cuantos dolores.
Cuando Awada se enfrenta a las preguntas, no decide tan sólo responderlas. Para él una entrevista puede ser una oportunidad de reflexión, antes de repetir sonidos en una oración monótona y repetitiva, Awada indaga en sus pensamientos, atiende su franqueza y lanza sus ideas con claros fundamentos. La excusa del encuentro con Tiempo Argentino es su trabajo en La Cola, la historia presenta muchas interpretaciones de metáforas y alegorías que servirán de elementos para conducir la entrevista.
El plan de Félix para rearmarse en pos de lograr mayor bienestar para todos comienza a desarmarse en un viaje del 106. Precisamente allí empieza a descubrir que el recorrido para concretar un colectivo de trabajo tendrá varias paradas que habrá que superar para llegar a destino. Félix se llama Cayetano porque su madre estaba haciendo la cola en San Cayetano de Liniers en el momento de parirlo.
–La película también habla de las creencias. ¿Cuál es tu definición de fe?
–Hay un corazón y un pensamiento en comunión en mí desde donde nacen los deseos. La palabra pecado significa ir en contra de lo que uno verdaderamente ama y desea. Mis deseos están siempre al servicio de tener una vida cada vez más feliz. Mi fe está puesta ahí, en el aprender, en el comprender, en la transformación. Mi fe está puesta en saber que el camino y el presente es infinito. Mi fe está puesta en el estar vivo, estar atento, mirar, observar y estar al servicio de generar y generarme buenos momentos. Me equivoco mucho, pero a veces lo consigo.
–Hay un pensamiento algo instalado en ciertos lugares de que la Argentina es "el culo del mundo". ¿Coincidís en que ese no es un pensamiento argentino?
–Seguramente esa es la visión de un argentino que tiene la mirada puesta en Europa, no creo que el criollo sienta que esté en el culo del mundo. Yo no estoy en el culo del mundo. Además, si así fuera ¿dónde está la cabeza? Esas son construcciones intelectuales que surgieron al servicio de intereses malintencionados. El mundo no tiene ni principio ni final, es una esfera. Estamos en Argentina y Latinoamérica. Hay mucho por trabajar para deshacer esa construcción cipaya que tiene que ver con deshacer lo nuestro para que se instale lo europeo. Lo nuestro, desde los pueblos originarios siguiendo por los criollos hasta nuestros días, es sumamente valioso como para colocarlo en el lugar donde debe estar. Hay que pensar en Argentina desde Argentina y Latinoamérica.
–Hay otra autocrítica al estigma instalado de que el argentino es vago.
–Yo no creo eso de que el argentino sea vago. No creo que nos falte voluntad en lo más mínimo. Para progresar hay que asegurar primero que estén satisfechas las necesidades básicas para cada integrante de esta comunidad. Segundo, ofrecé la posibilidad como Estado para que cada uno de nosotros pueda desarrollarse profesional e intelectualmente. Y en lo que a mí respecta, sería mucho mejor que todos puedan desarrollarse en lo que cada uno desea y ama. Yo terminé el secundario en el '79 y me anudaron de una manera tremenda.
–¿Te anudaron?
–(Asiente con la cabeza) Era muy difícil poder desarrollarse en la Argentina de esos años, con La Noche de los Bastones Largos se inició el éxodo de grandes intelectuales. Sucede luego el aniquilamiento de grandes realizadores de un mundo mejor. No había lugar para preguntarse demasiado qué quiero hacer, qué puedo hacer, estaba más esa concepción triste de andá a trabajar y no importa el cómo y en qué ganarte el mango. Yo soy artífice de lo que me sucede. Trabajo mucho conmigo al servicio de construirme una buena vida, en términos de calidad de vida. Trabajo mucho en ese sentido. Ahora, esto me vino a mí de la mano de la comprensión y para acceder a la comprensión, tuve que pedir ayuda y contar con gente que pudiera llegar a impulsarme en el desarrollo de mi voluntad. La voluntad se desarrolla al servicio de un deseo profundo.
–¿Quienes ayudaron?
–Cuento con un psicoanalista desde hace 27 años, tengo una relación extraordinaria donde aprendo mucho, siempre. Pasamos por todas y es un hombre al que admiro profundamente. Ahora vengo de allí. A mí no me gusta levantarme a las 6 de la mañana para ir a trabajar, te soy sincero. Pero hay algo que supera eso para que yo me levante y vaya a trabajar. Ahora, ¿levantarme a esa hora sólo para satisfacer la alimentación de mis hijos? Es un tema complejo, por eso deseo profundamente una Argentina para todos, para que el que se levante a trabajar vaya con gusto.
–Para que la motivación sea otra, no la sopa.
–¡Exactamente! La motivación tiene que ser otra, no la sopa. Tiene que ser la felicidad, la alegría y la dicha. La sopa tiene que estar siempre, no hay ni que pensar en trabajar para comer, para así poder pensar en otras cosas. «
Pensar la sociedad como una verdadera cooperativa
“En términos de sociedad somos una cooperativa. La cosa es que hay uno que dice 'me llevo todo yo' y decide por la totalidad”, sentencia Alejandro Awada con tono adusto. “Lo que es nuestro es de todos y yo amo la frase que la tierra es del hombre que la trabaja”, expresa ahora y se ríe. “Para que este cenicero exista, por ejemplo, el trabajador debió construirlo ¿Por qué el capitalista tiene que ser el dueño del cenicero? Hay mucho por deshacer en términos de comprensión en ese sentido. Estamos muy sometidos a ese pensamiento berreta, viejo, gastado, deshilachado e inservible.”
–Pero la extrema derecha sigue firme en algunos lados.
–Sí, pero están asustadísimos, de verdad hay una conciencia planetaria muy distinta a la de hace 20 o 30 años. El sistema se cayó a pedazos , está muerto, no funciona.
–¿Y por qué aún surgen candidatos?
–Es que hay gente que se cree dueño de los otros. Gente profundamente desconocedora de lo humano, ni que hablar de lo espiritual. Serán felices a su manera. Yo soy feliz cuando me encuentro en el otro y con el otro. Vivimos en una sociedad y hay que aceptar que la sociedad es diversa, hay gente que comprende y gente que no, o que tiene su mirada puesta en otro sitio o considera que lo mejor para ellos es mejor para todos, sin preguntarle al otro, además. Dando por sentado que el otro piensa así.
"necesito andar suelto en la vida pero con conciencia del 'nosotros'"
El personaje que encarna en La Cola pretende armar el sindicato de los coleros. La conversación deriva invariablemente al Sindicato de Actores.
–¿Participaste alguna vez del sindicato?
–No, porque mi militancia la desarrollo todos los días desde que me levanto. Yendo al súper, al bar, estando con mi hija y mis amigos y también, y fundamentalmente, desarrollando mi trabajo, milito con mi trabajo, en mi trabajo, además trabajo mucho, no tendría tiempo para dedicarle tiempo y espacio, y yo no dispongo de eso. Y mi compromiso es un compromiso social, me importa mucho lo social y trato de manifestarlo, como en este caso particular que tengo la chance de poder ofrecer algo en relación a lo que considero necesario para vivir en una sociedad mejor. Pero si no, este punto de vista de la necesidad de la construcción de lo social de verdad existe en mí desde que me levanto hasta que me acuesto con infinidad de errores y de trastabillar, pero soy partidario del ensayo y error. Pero además desconozco la militancia sindical, no es mi palo, no participé, salvo algunos debates o en la resolución de conflictos puntuales e importantes. Pero no tengo vocación por la militancia gremial, necesito andar suelto por la vida. Y no sé si está bien o mal pero a mí me gusta así. Suelto, pero con conciencia del "nosotros". En el "nosotros" está mi felicidad.
Guionista, director y actor
LIPORACE
La Cola es un proyecto original de Enrique Liporace, quien además de escribir el guión, y actuarlo, compartió la dirección con Ezequiel Inzaghi. Liporace convocó a Antonio Gasalla, que hace de un cura muy particular, con quien comparte además en teatro el éxito de Más respeto que soy tu madre.
El film cuenta también con las actuaciones de Ana María Picchio, Alberto Anchart y Aldo Barbero.
Pore Analía Rivas
Fuente y Más información: http://tiempo.infonews.com/
CRÍTICA: Esperar sin esperanzas
La cola (Argentina/2012). Dirección y guión: Enrique Liporace y Ezequiel C Inzaghi. / Fotografía y cámara: Ignacio Torres. / Música: Alexander Ezquer. / Edición: Miguel GonzáLez Massenio. / Elenco: Alejandro Awada, Lucrecia Oviedo, Ana María Picchio, Antonio Gasalla, Enrique Liporace, Alberto Anchart, Aldo Barbero. / Distribuidora: 3C Films Group. / Duración: 104 minutos. / Calificación: apta para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: buena
Abonar cierta suma de dinero para que alguien ocupe un lugar en alguna de esas interminables filas en las que muchos hombres y mujeres esperan turno para realizar trámites es algo que ya se volvió cotidiano. Y tan cotidiano que muchos desocupados deciden hacer de esa tarea un negocio que, en definitiva, les da una ganancia que apenas les permite vivir con cierta comodidad. Uno de estos "servidores públicos" es Félix Cayetano Gómez, un hombre que nació exactamente un 7 de agosto, Día de San Cayetano, patrono del trabajo, y que frente a una situación extrema, y al no poder conseguir una situación laboral más rendidora, se presta diariamente a acomodarse en esas colas para sustituir, en las largas horas, a aquellos que aguardan turno para resolver problemas burocráticos o lograr un buen lugar en funciones teatrales o cinematográficas.
Félix vive con una mujer que se somete a sus caprichos (un buen trabajo de Ana María Picchio) y, junto con sus colegas, sueña con formar un sindicato que proteja los derechos de esos "trabajadores", y con sus casi nulos ahorros fantasea con viajar a París para reencontrarse con su hija Yanina. Los directores y guionistas Enrique Liporace y Ezequiel C. Inzaghi posaron sus atentas miradas en esos seres angustiados que se esfuerzan por salir adelante en medio de un micromundo en el que día a día les devora sus más íntimas ilusiones.
De esta manera, La cola se transforma en una gran metáfora que refiere a una Argentina letárgica. Si por momentos el film cae en algunas reiteraciones, no son ellas las que impiden descubrir en esta historia un soplo de calidez, una ráfaga de amor, un sólido afán por mostrar, quizás, el otro lado de las cosas cotidianas que, muchas veces, pasan inadvertidas por la mayor parte de la gente.
Los realizadores tuvieron en Alejandro Awada a un actor de enorme capacidad para ponerse en la piel de ese Félix que, finalmente, descubrirá que el problema y la solución no es ser "el último en la cola", sino saber qué se puede esperar cuando se deja de esperar. Por el elenco transitan también, en breves y sustanciosas apariciones, Antonio Gasalla, Alberto Anchart y el propio Liporace, a los que se une una meritoria participación de Lucrecia Oviedo, como esa hija que trata de vencer a la adversidad a través de la mentira
Por Adolfo C. Martínez
Fuente: La Nación