ARGENTINA.-
Clarín y
La Nación montaron un
escándalo sobre la referencia
presidencial a la
Universidad de La Matanza, con oportunas columnas de
sus respectivas estrellas,
Jorge Lanata y Beatriz Sarlo, pero informaron
en forma
parcial y/o distorsionada sobre qué había dicho y en respuesta
a qué pregunta.
Un estudiante argentino preguntó en forma respetuosa sobre la
inflación y el
“cepo cambiario”. Cristina le contestó también en forma
muy seria sobre la
necesidad de asignar las divisas a fines
útiles para
el conjunto de la sociedad y no al
atesoramiento de algunos sectores,
como ocurrió en las
crisis históricas que arruinaron a millones. También
mencionó a los
miles de argentinos que acudieron a
Las Vegas para
alentar a
Maravilla Martínez y al propio autor de la pregunta:
–
Estás acá, problemas de
dólares no debés tener. ¿Vos sabés la
cantidad de
argentinos que ni siquiera podrán llegar a la Universidad de
La Matanza, nunca? Vos tenés la suerte de estar estudiando en
Harvard.
La segunda mención fue en respuesta a la pregunta de otro argentino
que se consideró
privilegiado por poder preguntar.
CFK se detuvo en la
“frasecita” que “no se lo contesté a tu anterior compañerito, sobre el
tema de que ‘soy uno de los pocos privilegiados`”. Recién entonces dijo:
–Chicos, estamos en
Harvard, por favor, esas cosas son para
La Matanza, no para Harvard.
No fue una de sus respuestas
más precisas y es
inevitable que se
abra a
interpretación, como es frecuente con el lenguaje hablado. Pero
la única lectura que se impuso en los diarios accionistas de
Papel
Prensa fue que Cristina había
menoscabado a la Universidad y a los
estudiantes del más nutrido municipio del país. Nadie
arriesgó ni
siquiera como hipótesis que hubiera sido una continuación del
razonamiento anterior, con un contraste implícito entre el supuesto
privilegio de preguntar y el
verdadero privilegio de estudiar en
Harvard, que a mí me parece
evidente, dada la cantidad de veces que en
la Argentina CFK se ha referido con orgullo a ésa y otras universidades
del conurbano, a las que acceden por
primera vez hijos de familias
obreras que nunca antes habían pisado un aula universitaria y a la
fuerte
inversión del gobierno nacional en esos felices vehículos del
ascenso social.
"Una descalificación propia de una
señora gorda”, la
desdeñó mi viejo compañero en la guerrilla peronista
Ricardo Roa.
Sarlo,
cuya actividad principal es el análisis del discurso en la
literatura y
en los
medios, interpretó que fue “una
ironía barata y ambigua, que las
preguntas no eran dignas de esa universidad, sino de La Matanza”.
Lanata (quien siempre se presenta como fundador de
Página/12, diario al
que otros hemos hecho perdurar un cuarto de siglo, y nunca como fundador
de
Crítica,
XXI o
Data54) citó la frase “
Estás acá, ¿no? ¿qué problema
tenés con el dólar?” pero omitió la referencia inmediata a
La Matanza
que da sentido a lo anterior y lo posterior. Y renglón seguido mencionó a
un estudiante sanjuanino “que terminó la conferencia con
lágrimas en
los ojos y
temeroso de una eventual
reacción presidencial”, porque
Cristina le había preguntado de dónde era. Con esa introducción, pasó a
referirse a cómo se construye el
miedo: “El miedo a preguntar, a decir
su nombre, a dar referencias personales planeaba por quienes
cacerolearon en
Nueva York y quienes preguntaron en
Boston. ¿Miedo a
qué? Como siempre sucede con el miedo, no pueden describirlo con
precisión: la
AFIP, la
familia en Buenos Aires,
miedo”.
Hablemos del miedo, entonces. Como si fueran poca cosa los
insultos y
deseos mortuorios que prevalecieron en la marcha del
13 de septiembre
en la Capital Federal, esta semana se convocó a las cacerolas no a sonar
en la plaza pública sino a la puerta del
domicilio de Guillermo Moreno,
con un afiche en el que aparece dentro de un
ataúd y con un
disparo en
la frente.
Clarín dedica una columna al
presunto malestar judicial por
la excusación de
Norberto Oyarbide (porque también él padeció un
escrache frente a su domicilio) y recién al final y sin subtítulo ni
foto consigna la
denuncia del Gobierno por la explícita
instigación a
matar a Moreno y a su madre, que formó parte de la convocatoria.
Incluso, conjetura que el verdadero propósito del
Ministerio de Justicia
sería “
investigar oficialmente en las
redes sociales porque cree que
las
protestas sociales son convocadas por una
organización y no son
espontáneas”, cosa que a esta altura no es opinable.
Otra nota se titula
“Moreno
insultó a los caceroleros y el Gobierno les hizo una
querella”,
en una
reinterpretación poco sutil de los hechos, pasando por alto que
los acusados no fueron quienes se manifestaron frente al domicilio del
secretario, sino algunos de quienes convocaron a matarlo con el
tétrico
cartel.
La Nación, cuya postura
política e ideológica aún no ha sofocado
por completo el oficio periodístico, consignó recién ayer que la
denuncia fue contra una “
organización mafiosa” de la que formarían parte
treinta blogueros y no contra quienes golpearon las cacerolas en
Constitución. Pero el viernes tituló “
Alak cargó contra los
caceroleros: ‘Hay personas que han matado ídolos para trascender’” y la
foto que ilustró la nota fue la de “unos pocos caceroleros que se
acercaron a la casa de Moreno” y no la del
afiche criminal. También
destacó la frase de
Moreno sobre la
anatomía de los caceroleros por
sobre la
amenaza contra su vida.
Ninguno de esos medios consignó tampoco
que del
escrache frente al hotel de Nueva York participaron los
hijos
de dos socios del estudio
Martínez de Hoz, Grondona & otros, que
desde
2002 litigan en el
Ciadi contra la
Argentina en representación de
empresas extranjeras. Ni le asignaron más que unas líneas a la presencia
en
Harvard para impulsar el cuestionario a
Cristina de la
Fuerza de
Tareas Argentina (ése es su nombre real) creada por los
fondos buitre,
que pretenden cobrarle al país
100 dólares más
intereses por cada título
de deuda que compraron por monedas luego de la moratoria de
2002.
También minimizaron el rol en la preparación de las preguntas del
funcionario del gobierno de la
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Juan
Maquieyra. Clarín sólo lo nombró para afirmar que partidarios del
gobierno “lo
demonizaron” en
Facebook y
Twitter y ninguno informó sobre
su rol en la instalación de la
carpa verde que las patronales
agropecuarias plantaron frente al
Congreso mientras se discutían las
retenciones en
2008 y en la oposición a la recuperación del
sistema
provisional que el menemismo había entregado a los bancos.
Nada de esto
lo inhibe de
preguntar y opinar, cosa que hizo con la misma
libertad de
la que gozan todos quienes detestan a este gobierno que otros valoramos.
Pero agraviarse por las
frontales respuestas de
CFK y su decisión de
defender con todos los argumentos posibles tanto las buenas como las
malas
políticas de su gobierno, mientras se ocultan estos
datos y se
trivializa la circulación de un afiche aún más sórdido que el histórico
“Viva el Cáncer” (que celebró la muerte de Evita pero no invitó a
causarla), es una burda
incongruencia, propia de lo que
Sebastián
Etchemendy (politólogo de la
Universidad de San Andrés, cuya idea de
excelencia se inspira antes en Harvard que en el conurbano) caracterizó
como el
progresismo liberal y/o el institucionalismo vacío. Lo menos que
puede decirse es que el nombre de La Matanza ha sido invocado
en vano o
en el
debate equivocado.