El Intransigente entrevistó a Jorge García Cuerva, sacerdote de la parroquia Santa Clara de Asís, del barrio San Pablo, en el partido de Tigre
BUENOS AIRES.- Uno de los próximos debates que tendrá lugar en el Congreso de la Nación será el del proyecto para despenalizar la tenencia para el consumo personal de drogas. Los Diputados Ricardo Gil Lavedra (UCR), Diana Conti (FPV) y Victoria Donda (FAP) ya han presentado un borrador para avanzar en el proceso legislativo. “Se permiten todos los actos derivados del consumo, tanto la tenencia de drogas como el cultivo de marihuana y las semillas”, dijo el Diputado Radical. Pero como se trata de un tema sensible y central, las voces disidentes ya se hacen escuchar.
Desde la Iglesia católica, quienes han marcado una diferencia son los sacerdotes que viven y trabajan en las villas de la ciudad de Buenos Aires y las del conurbano bonaerense. Se trata de los asentamientos más grandes, poblados y conflictivos del país. Desde su labor diaria, los llamados “curas villeros” conviven con el narcotráfico y el consumo adictivo de drogas en los jóvenes que allí viven, y las dramáticas consecuencias que tienen en sus vidas.
entrevistó a Jorge García Cuerva, sacerdote de la parroquia Santa Clara de Asís, del barrio San Pablo, en el partido de Tigre, de la provincia de Buenos Aires. El padre Jorge narra una desgarradora realidad que, según él, no está contemplada en la discusión por la despenalización del consumo de drogas que se plantea en el parlamento argentino: “en la villa, el futuro de los pibes empieza con C: cárcel o cementerio”.
El Intransigente: ¿Cómo es el barrio San Pablo, donde usted trabaja todos los días?
Jorge Gacía Cuerva: “Yo trabajo en la parroquia Santa Clara de Asís, en los Barrios Almirante Brown, San Pablo, El Sapito, que es una parte del partido de Tigre, que si bien es muy conocido por el Delta, yo estoy en el otro extremo del partido, metido en el conurbano bonaerense, muy en el límite con Malvinas Argentinas, otro distrito del conurbano. Es una población de villas, monoblocks y casa bajas, de gente que seguramente sus abuelos alguna vez soñaron con un Gran Buenos Aires totalmente distinto a lo que es hoy, un conglomerado urbano con un bolsón de pobreza muy importante”.
E.I: ¿Cuál es la relación que tienen los jóvenes de esos barrios del conurbano bonaerense con la droga y el narcotráfico?
J.G.C: “Es brutal la relación, el acercamiento es enorme. Nosotros trabajamos fundamentalmente en tres áreas. Una es el área preventiva, con aquellos jóvenes que seguramente saben lo que es la droga. Por eso no hay peor publicidad ni pérdida de tiempo en decirle a un joven lo que es la droga y el mal que le puede causar, porque ya lo sabe, porque lo experimentó él o algún amigo. En segundo lugar trabajamos en lo asistencial, con un montón de pibes que han quedado afuera de todo, del estudio, del deporte, del mercado laboral. Muchas veces me da risa cuando desde el Estado se organizan programas deportivos, cuando en realidad ellos no pueden hacer ni deportes, porque están totalmente tomados por la droga. Los podés ver jugar a la pelota, pero a los 15 minutos ya no dan más, y tienen 16 años. Y por último, tratamos de trabajar con la familia, con las relaciones más inmediatas que tienen los pibes. Y por último, trabajamos con la comunidad, porque el problema de la droga es un problema comunitario, es una enfermedad biopsicosocial”.
E.I: ¿Llevan algún tipo de estadística de mortalidad juvenil por la droga o por casos relacionados con el narcotráfico?
J.G.C: “En realidad, no tenemos datos precisos. Es más, te diría que prefiero no tenerlos. Porque una vez me puse a contar cuantos eran los pibes menores de 18 a los que les había hecho el velorio –yo tengo 15 años de sacerdote- y tuve que frenar y no quise seguir contando, porque es algo horrible. Y cuando a un pibe de 16 años le preguntás como se ve de acá a un año, te responde levantando los hombros: “y, me veo muerto”.
Hace unos días, vino un pibe de 17 años a la capilla –al que estamos acompañando para que se recupere de la droga- y me dijo que la iglesia tenía la pared húmeda, que había que arreglarla. Entonces, le respondí que no teníamos plata, pero que no entendía porque se preocupaba, ya que él no nunca presenciaba misa. Y me dijo: “pero cuando yo me muera, quiero que me velen acá”. Nosotros decimos que para muchos de estos pibes, el futuro comienza con C: Cárcel o Cementerio. Yo soy capellán en el complejo penitenciario San Martín, una cárcel nueva en cuanto a su construcción y vieja en los métodos de encierro, y los pibes que no están en el cementerio, están ahí. Creo que se trata de los desaparecidos de los que nos van a hacer cargo a nuestra generación. Yo en los 70 tenía 2 años, y no puedo hacerme cargo de esos desaparecidos. Pero yo me tengo hacer cargo de los desaparecidos que tengo a mi lado todos los días, y que hay una sociedad que prefiere no verlos, los considera peligrosos, pero en realidad están en peligro”.
E.I: ¿Qué peso tiene el narcotráfico en la vida diaria de las villas?
J.G.C: “En general, los pibes de las villas son los Tranza Chiquitos. En Buenos Aires se conoce al Tranza como el que vende droga. Bueno, el Tranza Chiquito son los pibes que llevan y traen a los que vienen de afuera a comprar a la villa, y como no entran por miedo a que los roben, estos pibes entran y compran. Y esto lo hacen por unos mangos”.
E.I: ¿Cuál es su opinión respecto al proyecto de ley de despenalización del consumo de drogas que se debatirá en el Congreso de la Nación?
J.G.C: “En las villas, el consumo y el tráfico ya están despenalizados de hecho. Por eso, cuando desde el gobierno o desde el Poder Legislativo se habla de despenalización, hay que pensar en que sujetos están enfocados ellos. Me da la sensación que están pensando en algún pibe que sale de la facultad de Filosofía y se fuma un porro en Plaza Francia, en Recoleta. Pero no sé si están pensando en los pibes cuyas vidas están en riesgo constantemente, que la marihuana ha sido la puerta de entrada –junto con el alcohol- a las drogas. Y que hoy, la mejor propuesta que tenemos es despenalizar. Señores, yo les digo que el tráfico está despenalizado y la consecuencia la sufrimos todos los días”.
E.I: Desde los sectores que promueven la despenalización, sostienen la necesidad que el adicto sea tratado como enfermo y no como delincuente. ¿No aceptan ese punto desde la iglesia?
J.G.C: “Eso es verdad y yo los tengo todos los días en la parroquia. Y te aseguro que no los trato como delincuentes. Lo que sucede es que hay una ley de 1989 que sugería a los jueces que diferencien entre las personas que delinquen consumiendo de la que consume para delinquir. Y en el caso de aquel que delinca porque ya era adicto, el Estado debía proponer las medidas curativas necesarias y construir centros de rehabilitación. Me pregunto, ¿Cuántos centros de rehabilitación construyó el Estado? Creo que en la provincia de Buenos Aires se construyeron más cárceles que centros. Y eso es una decisión política y económica. Cuando nosotros tenemos chicos para internar en los barrios, a veces no tenemos recursos para hacerlo. Claramente el pibe es un enfermo y no un delincuente. Y es muy raro encontrar un pibe en la cárcel sólo por consumir. Pero si encontré pibes que a consecuencia de la droga han delinquido, y la mejor respuesta del Estado es la cárcel. Y ahí el Estado faltó”.
E.I: Si el tráfico y el consumo están despenalizados de hecho en las villas, ¿Por qué cree que la despenalización legal empeorará la situación?
J.G.C: “Porque si creemos objetivamente que la droga es un mal, al mal no se le hacen concesiones. Y menos en nombre del Estado y con la ley. Y si ya te estoy avisando lo que pasa hoy, sin tener la ley que lo despenalice, imaginémonos con la ley. Lo que pasa en los barrios pobres hoy no queremos que pase más. Necesitamos una ley que favorezca el proyecto de vida y la contención de estos pibes, y no que despenalice. Porque se está concediendo al mal.
Estamos escribiendo el libro por la última página, y hay muchas anteriores que no se escribieron. Lo dicen los curas de las villas de capital. Cuando cualquiera de estos pibes entra en conflicto con la ley, tenemos que tener en claro que primero entraron en conflicto con su barrio, con la escuela, con la iglesia, su familia y con ellos mismos. Entonces, si el Estado plantea como solución la despenalización, creo que estamos muy mal”.
E.I: ¿Qué protección tienen las cocinas de cocaína y los narcos que están en las villas de parte de la policía y la política?
J.G.C: “Acá hay una connivencia política y policial brutal. A veces es muy difícil de demostrar, pero existe”.
E.I: ¿Están amenazados los curas que trabajan en las villas?
J.G.C: “Hay algunos que se han sentido más amenazados que otros. Está el caso emblemático del padre Pepe de hace unos años, pero nosotros contamos con el apoyo de la gente y la institución. Pero nosotros trabajamos con la demanda, no con la oferta. Es decir, nuestro trabajo es que cada vez haya menos pibes que quieran consumir. Me parece que los que tienen que trabajar directamente contra el narcotráfico son la justicia, la política y la policía. Nosotros trabajamos en la otra parte. Yo le dije una vez a un Tranza del barrio, que mi trabajo era sacarle clientes”.
E.I: ¿Vio la película Elefante Blanco (del director Pablo Trapero y protagonizada por Ricardo Darín, que cuenta la vida de dos curas villeros en un asentamiento de Buenos Aires)?
J.G.C: “Sí, la vi y me gustó mucho. Tristemente me gustó, aunque me hubiera encantado decir que lo que muestra la película no es verdad, que no sucede, que no hay tanto nivel de corrupción, narcotráfico y violencia en los barrios. Pero eso es real. Rescato de la película que vi gente comprometida en el barrio, y me emocionó recibir mensajes de gente que hace mucho que no veo, pero después de ver la película se acordó de mi. La película habla de una realidad muy triste, pero también de mucha gente que quiere hacer algo por la vida del otro”.
E.I: ¿Qué deseas para tu barrio en el futuro cercano?
J.G.C: “Desearía tres cosas. En primer lugar, creo que en el cambio de uno a uno. Porque el narcotráfico y el poder de la droga es brutal y enorme. A mí y a todos nos pasa por encima. Creo en el vínculo y en que cualquier pibe pude cambiar. Madre Teresa contaba la historia de un chico que, viendo que el mar traía un montón de estrellas a la playa que se secaban, las devolvía de una al mar nuevamente. Un señor le dijo que, aunque tirara de a una, todas esas estrellas se iban a morir. Y el pibe le respondió, mientras devolvía una al mar: “la vida de esta estrella se la cambié para siempre”. Por otra parte, pensando en lo preventivo, tenemos que tener una educación de calidad para los más pobres. Nosotros tenemos una educación que dista mucho de ser de calidad para los más pobres, y muchos de los bolsones de pobreza que tenemos en el país tienen que ver con lo educativo. Sueño con eso, con las mejores escuelas, los mejores maestros en los barrios más pobres. Y por último, seguir trabajando lo asistencial con los pibes, con un fuerte llamado de conciencia en la sociedad.
Desgraciadamente tomamos conciencia de este drama cuando un pibe nos asalta o comete un crimen aberrante. Estos pibes están en peligro antes de ser peligrosos, y creo que como sociedad estamos mirando para otro lado. La discusión de la despenalización es una discusión de todos, no sólo de los diputados y de los que trabajamos en las villas, debe ser de toda la sociedad”.
Redacción

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