NUEVO ANIVERSARIO DE LA GUERRA DE MALVINAS

Malvinas, memorias de aquellos días

La fecha del 2 de abril recuerda el desembarco en 1982 de las tropas argentinas en islas Malvinas
Malvinas, memorias de aquellos días
Los soldados argentinos en la Isla
sábado, 02 de abril de 2016 · 01:02:00 p.m.
ARGENTINA - Nos alcanzó aquella madrugada del 2 de Abril de 1982 en el puesto de guardia. Despuntaba el día cuando nos enteramos de que "la Argentina está en guerra con Gran Bretaña” porque "anoche se realizó el desembarco en las Islas Malvinas”, según se nos informaba.
 
Dejamos las armas y nos dieron hasta las cuatro de la tarde para volver a casa, despedirnos de nuestros padres y retornar para alistarnos. No teníamos una idea clara de qué estaba ocurriendo, pero el uniforme nos convertía de pronto en una suerte de personajes importantes, ni la nafta nos querían cobrar aquella tarde.
 
Al regreso, en el ingreso del extinto Blindado V, los camiones y los Panhard se alineaban con todos los bolsos porta equipos listos, y nos mandaban a encolumnarnos con los soldados que se alineaban frente a la Sala de Armas para retirar los pertrechos. El mismo espectáculo se repetía en V de Caballería y la Compañía de Ingenieros.
 
Estas Unidades saldrían con destino a Olacapato y Socompa, "porque los chilenos pueden aprovechar el momento”, resquemores que duraban desde aquella infausta Navidad de 1978 en que casi "cruzamos la Cordillera, partimos a Chile en dos y en dos días nos estamos bañando en el Pacífico”, según se decía habría dicho Luciano Benjamín Menéndez, "El Cachorro”, entonces Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba.
 
Lo que siguió, fueron cuarenta o más días durmiendo en una colchoneta, sobre el piso, porque "a lo mejor mañana salimos”.  Había un gran entusiasmo de la tropa en aquellos días, todos queríamos ir a las Islas, en parte por un firme sentimiento patriótico, en parte porque no sabíamos cómo eran las cosas allá…, hasta que comenzaron a llegar los radiogramas.
 
Por mis conocimientos de dactilografía y de inglés terminé destinado en una oficina donde pasaba todo el movimiento de información, y la realidad en ese lugar no era la misma que contaban las exitistas tapas de Gente que decían: "Estamos ganando”, "Vamos a atacar”, "Media flota inglesa fuera de combate”, mucho menos de otras "revistuchas” que ridiculizaban a la Primer Ministro británica, Margaret Tatcher como pirata y similares.
 
El frío de junio congelaba las orejas y la nuca desprovista de cabello bajo el casco a la madrugada en el puesto de guardia, y eran necesarios dos pares de guantes para que los dedos no quedasen duros acariciando el FAL, la "novia” del soldado, y estábamos en el norte, en Salta, ¿cómo estaban entonces aquellos muchachos en las Islas del Atlántico Sur?, que tenían la misma vestimenta, el mismo entrenamiento de cinco disparos de fusil a la semana, pero sin la comida caliente y tranquila del mediodía, o el fueguito que armábamos a la noche donde se colaba alguna "tirita”. Hay que estar en un polígono disparando un arma de guerra para sentir la adrenalina del disparo sobre un blanco, ¿qué sentían aquellos soldados que recibían fuego enemigo sobre sus personas?.
 
Una mañana, mientras tipeaba radiogramas, por la galería aparecieron dos mujeres de edad mediana y algo más. Venían del brazo, caminando con la mirada fija en algún punto, así llegaron hasta mi lado y preguntaron de modo lacónico, sin mirarme: "Dónde puedo retirar los restos de mi hijo”, sin saber qué decir, las hice pasar a ver al Jefe de Unidad. Nunca supe qué les habrán dicho, pero en mi memoria aún están aquellos ojos vacíos de sentimiento.
 
La visita del Papa Juan Pablo II anticipaba el final que el Presidente Galtieri confirmaría con aquellas palabras: "El combate de Puerto Argentino, ha finalizado”. La Guerra se había perdido.
 
Nunca nos movilizaron  hacia las Islas Malvinas, la muerte fue sólo un papel que llegaba con nombres de muchachos, suboficiales o de oficiales del Ejército Argentino que nunca conocí, pero que dolían como familiares directos, porque solamente quienes vistieron en aquellas jornadas el Uniforme Nacional, pueden saber qué se sentía y cómo se vivían aquellas horas inciertas.
 
La declaración y conducción de la Guerra de Malvinas es cuestionable, pero el sentimiento fue genuino, la historia nos dio la oportunidad de sentir en la piel lo que es la Patria, de saber cuánto de razón tiene aquel axioma que dice que "El soldado no odia lo que tiene en frente, sino que ama lo que tiene detrás”. Por eso, para nosotros, la Gesta de Malvinas, hasta el último hálito, seguirá siendo una Causa Nacional.
 
Ernesto Bisceglia
 
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